REDENCION NO CONTESTA

Por George H. White

 

PERSONAJES

Femando Balmer - Teniente de la 3º Compañía de Tropas Especiales.

LeonorAznar.- Capitán de la misma compañía.

Ricardo Albert. - Teniente.

Juana Aznar. - Teniente.

Francisco Raga. - Sargento.

María Luz Rodrigo. - Sargento.

Don Marcelino Aznar - Comandante jefe del 8º Batallón de Tropas Especiales (infantería Aérea).

El autoplaneta Valera regresa a Redención después de haber luchado en la Tierra contra la Bestia Gris y la Armada Imperial de Nahum. El Ejército Expedicionario Redentor expulso a la Bestia Gris de la Tierra. Pera los nahumitas, enemigos mortales de los "thorbod", llegaran de improviso y. en su irrevocable propósito de aniquilar a la Bestia Gris, arruinó a los planetas terrícolas envenenando radio activamente las atmósferas de la 7¡,erra, Venus y Marte.

Valera logro evacuar a mil millones de supervivientes de la Tierra, y después de un viaje de treinta anos llega la vista del sistema solar de Redención, donde espera encontrar la otra rama de la Humanidad que allí dejó al partir hacia la reconquista de la Tierra.

 

CAPITULO 1

REDENCION NO CONTESTA

La alegría era la nota dominante por aquellos a bordo del autoplaneta Valera. El final del largo viaje desde la Tierra se anunciaba inminentemente cerca. EI Sol del sistema de Redención era ya visible, brillando como una pequeña luciérnaga en las negras profundidades del espacio.

Se esperaba recibir de un momento a otro una respuesta a las llamadas de radio lanzadas por la poderosa emisora de Valera. Con este motivo reinaba gran animación en las veinte populosas ciudades, así como en los millares de pueblos y campamentos que se tuvieron que improvisar para dar acogida a los mil millones de evacuados de los planetas terrícolas.

Como otros millones de hombres, Fernando Balmer se sentía feliz por esta causa. Era un valerano, es decir, nacido en este pequeño mundo de tres mil doscientos kilómetros de diámetros exterior; una esfera hueca de "dedona" que encerraba veintiocho millones trescientos mil kilómetros cuadrados de superficie.

Excepto la cáscara de "dedona", obra y regalo de la Naturaleza, el resto de Valera era producto de la mano del hombre.

Hombres como Fernando Balmer, abuelos y tatarabuelos de su mismo apellido, hablan contribuido con su esfuerzo a crear este mundo maravilloso, capaz de burlar las leyes de la mecánica unive5al y trasladarse a voluntad de un extremo a otro del universo.

Hombres de origen terrícola descubrieron Valera, cerraron las grietas que comunicaban su interior vacío con el inhóspito exterior; abrieron túneles y les pusieron ciclópeas compuertas. Construyeron el sol artificial de Valera, gigantescos reactores nucleares, sus poderosos motores iónicos, su atmósfera y el agua de sus mares interiores. Levantaron las ciudades, crearon las industrias, plantaron los bosques y dieron a este original mundo su fisonomía y carácter tan peculiares.

Un mundo viajero, donde la luz, la temperatura, la humedad y la pureza del aire eran controlados a voluntad, sólo podía ser un paraíso. Pero Valera estaba lejos de serlo en las circunstancias actuales.

Concebido para albergar cómodamente hasta cien millones de habitantes, se habla visto desbordado con la llegada de mil millones largos de refugiados, a los que había que añadir otro centenar de seres nacidos durante los treinta años que ya duraba el viaje desde la Tierra a Redención.

Valera había pasado así a convertirse en un incómodo hormiguero humano, desbordados todos los servicios habla graves problemas de alojamiento. Faltaban viviendas, escuelas y hospitales, y en igual medida resultaban insuficientes las cárceles y hasta las fuerzas de Policía.

Los mil millones de refugiados eran en su inmensa mayoría analfabetos, gente inculta e indisciplinada, antiguos eslavos de la Bestia Gris embrutecidos en un trato y trabajo de bestias, que no sabían hacer uso de las libertades ni las comodidades que encontraron al llegar al autoplaneta.

~ forma estúpida e inconsciente los refugiados estropeaban los alojamientos, destrozaban el mobiliario y los aparatos electrodomésticos, derrochaban el agua y la electricidad, arrasaron con los parques y jardines y ensuciaban la ciudad. Se quejaban de los alimentos, de la calidad de los vestido y calzado, de la asistencia sanitaria y de la falta de libertad, entendiendo por libertad el hacer cada uno lo que le viniera en gana, sin reparar en los perjuicios que la conducta de cada individuo ocasionaba al total de la comunidad.

La vida no era c6moda en estas circunstancias, habiéndose creado una especie de barrera social entre los cultos valeranos y aquella chusma incivil y levantisca, donde prosperaban la violencia, el crimen y el pillaje. Los valeranos por librarse de los refugiados, y estos por sacudirse la rígida disciplina que había a bordo del auto-planeta, todos estaban deseando llegar cuanto antes a Redención.

Tomando cl suburbano en el Centro de Ciudad Arcángel, donde agentes especiales provistos de guantes blancos empujaban al gentío embutiéndolo en los trenes, Fernando Balmer tuvo que sufrir empujones y pisotones hasta que el vagón se fue vaciando poco a poco en los sucesivos apeaderos de los suburbios.

La gran ciudad de los rascacielos de acero y cristal reunía en su entorno más de diez millones de habitantes hacinados en un cinturón de pequeñas barracas prefabricadas, donde los servicios de agua y alcantarillado eran deficientes sin remedio posible.

FI tren surgió del túnel a la brillante luz del sol artificial de Valera y corri6 durante kilómetros y kil6metros a través de estos poblados improvisados, condenados a desaparecer tan pronto los refugiados pudieran trasladarse a Redención.

Las barracas quedaron finalmente atrás y el tren corrió un largo trecho bordeando un gran lago de aguas azules, entre bosques tupidos y prados donde pastaban manadas de búfalos, hasta que, finalmente, se detuvo en un pequeño apeadero donde, por contraste, brillaban el orden y la limpieza más escrupulosa. Era el campamento de la Quinta Legión de infantería Aérea.

EI campamento del Octavo Batallón estaba desparramado bajo los árboles, viéndose al fondo cl lago. En este momento, los altavoces suspendidos de las ramas de los árboles, difundían las notas e un clarín dando el toque de alto. Por aquí y allá se veían pasar grupos de soldados que regresaban de los ejercicios camino de sus alojamientos.

En la oficina de la Plana Mayor del Batallón, que ocupaba una barraca de elementos prefabricados, un sargento atendió a Fernando Balmer y recibió la orden de destino. Buscó luego en un fichero, sacó una cartulina que unió a la orden con un sujetapapeles y dijo:

- Le anunciaré al comandante.

Fernando esperó hasta que al cabo de un minuto reapareció el sargento anunciando:

- Puede pasar, cl comandante le recibirá ahora. Femando traspuso la puerta del despacho y se cuadró ante un hombre alto y fuerte, de cabellos rojizos, el cual vendría a representar unos 30 años de edad y se puso en pie para estrecharle la mano.

- ¿Teniente Balmer? Tanto gusto, tome asiento. Fernando ocupó la silla que el comandante le ofrecía. Sus ojos se detuvieron en la placa que, cerca del borde de la mesa, indicaba: "Cte. MARCELINO AZNAR".

El comandante había advertido la mirada del nuevo oficial a la placa, y tal vez también alguna leve mueca que Fernando hiciera sin poderlo evitar.

Como los Montescos y Capuletos inmortalizados por el inglés Shakespeare en su obra "Romeo y Julieta'" dos familias se disputaban la influencia sobre el pueblo redentor. Eran los Aznar y los Balmer, dos apellidos estrechamente vinculados a la epopeya del éxodo del pueblo terrícola y la colonización del planeta Redención.

La rivalidad entre las dos familias todavía no alcanzaba el grado de violencia de Montescos y Capuletos, si bien causaba graves perturbaciones en el seno de la colectividad.

Los fundadores de ambas dinastías habían estado unidos por estrecha amistad. Los hijos de aquellos hombres contribuyeron con sus esfuerzos aunados al desarrollo y la prosperidad del nuevo mundo. Pero a partir de la tercera generación las fraternales relaciones entre ambas familias comenzaron a enfriarse, haciéndose en las sucesivas generaciones más ostensible su rivalidad.

Otros apellidos, como los Castillo, formaban la gran familia de los científicos, y otros, como los Ferrer, conservaban la tradición de los grandes inventores, técnicos e ingenieros a partir del primer miembro de la familia que llegó a Redención con los exilados del Rayo. Pero estas familias, a las que tanto debía el pueblo redentor se mantenían al margen de la política y rara vez intervenían en los asuntos públicos.

Buenos soldados, tenaces, ambiciosos e imaginativos, los Aznares poseían en grado sumo la rara cualidad que había distinguido a los grandes caudillos de la Historia, ejerciendo una especie de místico magnetismo que arrastraba consigo a las masas.

No existía explicación clara para este fenómeno, y un ejemplo lo constituía el caso del autoplaneta Valera.

Aunque Valera era obra de todo el pueblo redentor, fruto de ocho generaciones que se sucedieron en un titánico esfuerzo, general y unánimemente se consideraba al autoplaneta obra exclusiva y personal de los Aznar.

Excepcionalmente dotados para el mundo, los Aznar se habían distinguido especialmente en la Astronáutica. Hasta tal punto era así, de que el ochenta por ciento de todos los mandos de la Arma a Sideral estaban en manos de la familia. Aunque menor, también la proporción de Aznares era considerable en el Ejército.

Los Balmer, mientras tanto, intrigaban en la política y las Fuerzas Armadas por superar esta situación de inferioridad. Porque también los Balmer eran ambiciosos y buenos soldados, aunque les faltaba quizás aquella chispa de atractivo personal que arrastraba a la masa detrás del apellido Aznar.

Ahora, el comandante Aznar examinó la ficha que tenía ante sí.

- Veo que ha servido durante dos años en la Policía Militar. ¿Porqué lo dejó?

- Estaba cansado de intervenir en revueltas y repartir porrazos. Aparte eso, he oído decir que las unidades de Policía Militar serán disueltas tan pronto desembarquemos a los refugiados. No serán necesarias. Mi deseo es continuar en el Ejército si ello es posible. No concibo el resto de mi vida sin tener nada que hacer.

Un punto de vista que le honra afirmó el comandante -. La vida moderna ofrece pocos alicientes, excepto que uno haya nacido con dotes excepcionales para ser un campeón en deporte, o distinguirse en las artes o la ciencia. En todo caso es preferible ser un oscuro soldado a nada.

- Al menos en el Ejército le queda a uno la esperanza de viajar y visitar otros mundos dijo Fernando como hablando consigo mismo -. He oído decir que después de algún tiempo Valera partirá a la busca de los planetas de Nahum. ¿Lo cree usted posible?

- Los nahumitas nos jugaron una mala pasada y esa felonía no puede quedar impune contestó el comandante Aznar. El Estado Mayor General desea elevar una petición al Gobierno, en e sentido de que debemos conocer mejor a los Nahumitas haciéndoles una visita en sus propios planetas. Pero, naturalmente, todo queda supeditado a lo que el Gobierno de Redención disponga al respecto.

El comandante removió los papeles y añadió en otro tono:

- Su nuevo destino es la Tercera Compañía la manda la capitana Leonor Aznar.

Esta vez Fernando no pudo evitar una mueca de desagrado.

- Lo siento - dijo el comandante con cierta reticencia -. Resulta difícil librarse de los Aznar, tanto si se trata de la Armada como del Ejército.

- No tiene que recordármelo - contestó Fernando poniéndose en pie -. Como casi todo el mundo, también intenté ingresar en la Armada.

- ¿De veras?

- Pero me rechazaron. No pude superar el examen de ingreso.

Esa gente de la Armada es muy exigente en la selección del personal.

Fernando contestó con una leve sonrisa irónica. El comandante Aznar lo advirtió y dijo:

- ¿Quiere que le confíe algo que muy pocos saben? Cuando tenía veinte años también quise ingresar en la Armada. Me rechazó un tribunal en el que figuraba un tío carnal... un maldito Aznar. Tuve muy mala suerte. Mi tío me declaró más tarde que me había rebajado la nota... sólo para que los restantes miembros del tribunal no pensaran que me favorecía en razón de nuestro parentesco. ¿No quiere creerlo usted?

- Si usted lo dice...

Don Marcelino Aznar hizo un ademán, dando por terminada la entrevista.

- Sea bienvenido al Batallón. Ordenaré que alguien le conduzca hasta su unidad.

Poco después Femando se encontraba sobre un pequeño automóvil eléctrico que, conducido por una guapa chica, corría entre las interminables filas de barracones.

- Aquí es, dijo la conductora deteniendo el auto. Y señalando un árbol, bajo cuya sombra habla un pequeño a grupo añadió - Los oficiales suelen reunirse bajo aquel árbol antes de almorzar.

- Muchas gracias gruñó Femando tomando su saco y la bolsa color caqui.

Las oficiales de la Tercera Compañía estaban sentados en taburetes en tomo a una rústica mesa de campaña, sobre la que había algunos botellines de zumo de naranja empañados de vaho. Entre las ramas del árbol debía haber un altavoz que difundía música sinfónica. La llegada del automóvil había despertado la curiosidad de los oficiales, que observaron críticamente a Femando mientras este se acercaba.

Femando aguantó impertérrito el peso de aquellas miradas. Era alto, esbelto y no feo. Sus ojos verdes formaban un curioso contraste con su piel tostada. Sus movimientos eran ágiles, como hombre acostumbrado al ejercicio diario en el campo de adiestramiento.

Las oficiales que se encontraban bajo el árbol eran dos mujeres y un hombre. Las tres vestían ropa de faena; es decir, un simple mono color pardo con las barras distintivas de su mando sobre el bolsillo izquierdo del pecho.

La hembra que lucía las tres barras de capitán era una moza esbelta, morena, con grandes y bonitas ojos negros. En realidad, era una mujer guapa, aunque Balmer no la vio así en el primer momento.

- ¿Capitana Aznar? - Preguntó Femando llevándose los dedos a la visera de la gorra militar.

La oficial se puso en pie. Ni siquiera el severo mono la faena bastaba para ocultar sus espléndidas formas de mujer.

- Sí.

- Se presenta el teniente Femando Balmer, destinado a su unidad.

Los grandes ojos de la capitana se fijaron en el emblema que el teniente lucia en la manga derecha; Una cabeza de búfalo en rojo sobre el campo azul dentro de un triángulo, una alegoría al vigor y el ímpetu de los miembros de la familia Balmer.

También la capitana lucía su propia emblema; un rayo dorado sobre fondo rojo enterrado en un circulo, la antigua enseña del fabuloso autoplaneta, Rayo con el que llegaron a Redención los exilados de la tierra acaudillados por Miguel Angel Aznar de Soto.

En principio la capitana no pareció muy contenta de tener un Balmer en su unidad. Pero lo disimuló con una desmayada sonrisa. Contestó al saludo de Femando y tomó la orden de destino que éste le entregaba.

- Sea bienvenido - dijo la Aznar - ¿Tuvo un buen viaje?

- No fue muy largo, aunque sí incómodo. Legué con el suburbano.

- Le presento a sus nuevos compañeros. Tenientes Juana Aznar y Ricardo Albert.

Albert se paso en pie para estrechar con abierta cordialidad la mano de Femando. No así Juana Aznar, que continuó sentada haciendo una mueca y diciendo entre dientes:

- ¡Hola!

La conducta de la teniente Aznar pareció dejar caer una cortina de hielo entre el recién llega doy los otros.

-¿De qué unidad procede usted? - Preguntó la capitana, en un esfuerzo por romper la tirantez de aquel momento.

- De la Policía Militar.

El teniente Albert dejó escaparan largo silbido.

- ¡Vaya empleo! ¿Eso ha debido ser muy duro, no es cierto? Siempre bregando con esas chusmas levantiscas, exponiéndose a ser linchado, golpeado e insultado.

No fue agradable. Por eso solicité otro destino. Femando hablaba con concisión, contestando solamente a aquello que se le preguntaba.

 

-¿No quiere acompañarnos? - invitó la capitana -. ¿Le apetece un refresco de naranja o limón?

- No, gracias. Si alguien me indica mi alojamiento, iré a desembarazarme de los bártulos antes de almorzar.

- Yo le acompaño - se ofreció Albert -. - Deje que le eche una mano.

Pese a las protestas de Fernando, el otro le tomó la bolsa y echó a andar hacia un barracón próximo.

El barracón no era distinto de los restantes del campamento. Aunque se trataba de un alojamiento provisional estaba instalado al máximo confort que podía exigirse en las actuales circunstancias. Constaba de un salón que era a la vez comedor y sala de recreo, una pequeña cocina con su despensa, su nevera y algunos aparatos electrodomésticos. El pasillo conducía a las habitaciones individuales de los oficiales, pequeñas pero provistas de baño individual, con agua fría y caliente.

- Esta será su habitación - dijo Albert abriendo una puerta -. El oficial que la ocupó antes acaba de ingresar en la Armada. Me pregunto cómo puede haber individuos que prefieran el servicio en los buques de la Armada a las instalaciones en Tierra. ¡Lo que tuvo que estudiar ese muchacho para superar el examen de ingreso!

- Yo también intenté ingresar en la Armada - confesó Fernando poniéndose colorado.

Albert le examinó con mirada critica.

- ¿De veras? En fin, supongo que tiene que ser de ese modo. Si no hubiera gente como ustedes, ¿quién iba a tripular nuestras aeronaves? Y la Armada es, por lo menos, tan necesaria como el Ejército. Le ayudaré a deshacer el equipaje.

Fernando dejó su saco sobre la cama.

-¿Qué tal es la capitana? - preguntó.

- ¿La señorita Aznar? Es un buen elemento. Fría, cerebral y eficiente, lo cual no quiere decir que no sea humana. Pero en ese último aspecto no la conozco. La ética es muy estricta en ese aspecto en esta unidad. Un capitán, es un capitán, aunque tenga cosas de mujer.

- En la Policía Militar no teníamos oficiales femeninos - dijo Fernando -. Temo que vaya a resultarme difícil acostumbrarme a ser mandado por una mujer. ¿De qué puede charlar uno en presencia de una dama?

- Ya se acostumbrará - dijo Albert riendo -. La comida es a la una. La queda el tiempo justo para ducharse.

Media hora más tarde, todavía con el cabello húmedo, las botas relucientes y la casaca abrochada hasta el cuello, Fernando Balmer comparecía en el comedor donde ya se encontraban esperando el capitán y los dos tenientes, todos vestidos con sus ropas de faena.

- No pensé en preguntarles si se vestían para comer - se excusó Fernando.

- Sólo para cenar - dijo la capitana -. Hace calor, puede quitarse la guerrera, si con ello se encuentra más cómodo.

Fernando conservó puesta la guerrera.

La comida estaba formada de los artículos acostumbrados: algas verdes, huevos, pollo y fruta.

EI cabo de la cocina me ha asegurado que tendremos bistec para cenar - dijo la teniente Aznar, como quien cita un manjar pocas veces asequible

Aunque los tripulantes del autoplaneta disponían de algo más de 28 millones de kilómetros cuadrados de superficie en el interior del planetillo, sólo una faja de terreno de dos mil kilómetros de anchura a lo largo de la línea imaginarla del ecuador era utilizable.

Esto era debido a que en el interior del Valera no existía fuerza de gravedad. El planetillo tenía que girar sobre su eje a una velocidad constante, calculada para crear una fuerza centrífuga. Esta fuerza tenía su valor máximo sobre el ecuador, donde era mayor la velocidad lineal de giro del autoplaneta, e iba en disminución al alejarse del ecuador hacia los trópicos, para ser prácticamente nula en los polos.

Debido a esta circunstancia, impuesta por la especial naturaleza de Valera, la vida toda se desarrollaba sobre unos diecinueve millones de kilómetros cuadrados, de los que dos millones estaban ocupados por las aguas interiores.

El área habitada era, naturalmente, aquella donde la fuerza centrífuga se hacía sentir en valores aproximadamente iguales a la gravedad terrestre, quedando todas las ciudades en una línea que se apartaba poco de la línea del ecuador.

Los bosques, que ocupaban unos doce millones de kilómetros cuadrados, desempeñaban en la actualidad la importante tarea de regenerar la atmósfera de Valera, absorbiendo el anhídrido carbónico y produciendo oxigeno. Más allá de los bosques, los musgos cubrían en su totalidad la dura consistencia del suelo de Valera.

En Valera la mayor parte de los alimentos eran obtenidos artificialmente. Hidratos de carbono, proteínas y compuestos vitamínicos se producían en enormes cantidades en instalaciones indústriales. Además, se cultivaban grandes cantidades de algas en los dos millones de kilómetros cuadrados de sus mares interiores, y existían enormes granjas avícolas donde se repetía incesantemente el ciclo ave-huevo-ave, para contribuir a una mayor variedad en la dieta un tanto monótona de los mil doscientos millones de habitantes.

La ganadería se explotaba en proporciones mínimas, debido a la falta de pastos naturales y a la dificultad de obtener abonos.

Valera era una esfera hueca de tres mil doscientos kilómetros de diámetro exterior, enteramente de "dedona", un metal de peso específico veinte mil. Por lo tanto, debajo de los pies de sus habitantes, sólo existía una delgada capa de tierra vegetal traída desde Redención, apenas suficiente para servir de sostén a las raíces de los árboles.

Durante los treinta años de viaje de Valera desde la Tierra a Redención los tripulantes del autoplaneta habían estado sometidos a un racionamiento implacable de los alimentos. Excepcionalmente, por encontrarse al término de su viaje, la Comisaria de Abastecimientos había empezado a liquidar sus existencias, abriendo la mano y proporcionando una dieta dietética más abundante y sabrosa a la población.

En unos días más todas las dificultades habrían llegado a su fin. Redención era un planeta muy grande, casi el doble que la tierra en superficie, y allí esperaban encontrar la abundancia en todos los órdenes: comida, espacio y facilidades para alojar a los mil millones de refugiados.

Mientras Valera iba y regresaba de la Tierra en sesenta años, en Redención se calculaba debían haber transcurrido casi catorce siglos. En mil cuatrocientos años, la civilización debería haberse desarrollado hasta extremos que los tripulantes de Valera apenas eran capaces de imaginar.

La conversación de aquel mediodía entre Fernando Balmer y sus nuevos compañeros de unidad versó principalmente sobre este tema. ¿Qué sorpresas les aguardaba, en Redención después de catorce siglos?

La televisión solía dar un boletín de noticias de sobremesa a la una y media. El teniente Albert fue a encender el aparato, esperando todos con cierta ansiedad el momento en que apareció en pantalla un conocido comentarista.

-"Buenas tardes a todos. Las esperanzas del pueblo de Valera quedaron defraudadas hoy una vez más. Nuestro autoplaneta acorta hora tras hora la distancia que nos separa de Redención. La emisora de radio de Valera insiste una y otra vez en sus llamadas, pero Redención no contesta.. Nuestro Estado Mayor General, haciéndose eco de la inquietud popular, ante el silencio de Redención despachó, en las primeras horas de esta madrugada, un crucero sideral, no tripulado, que anticipándose en algunos días a Valera investigará las causas del insistente mutismo de las estaciones de radio del planeta.

"Ciertamente, el silencio de Redención es preocupante. Sin embargo, es prematuro todo intento por tratar de adivinar sus motivaciones. Conviene recordar a este respecto que, en tanto que Valera invertía sesenta años en su viaje de ida y vuelta, en Redención deben haber transcurrido casi catorce siglos. Mil cuatrocientos años es mucho tiempo. De hecho, los valeranos seremos una generación de gente enormemente atrasada cuando nos encontremos con los habitantes de Redención. Allí, la Ciencia debe haber progresado hasta niveles que ni siquiera podemos imaginar. Es perfectamente posible que nuestro anticuado sistema de comunicaciones haya sido superado por otros medios más avanzados, lo cual podría ser causa de que no fuéramos capaces de captar las señales de Redención, o bien al contrario, las señales de nuestra anticuada radio no encuentren en el planeta receptores capaces de recogerlas.

"Los valeranos debemos prepararnos para recibir más de una sorpresa, pero en que aspecto seremos sorprendidos, resulta de todo punto imposible anticiparlo".

En la pantalla de televisión la imagen del comentarista fue sustituida por unas escenas de los preparativos para lanzar la aeronave al espacio.

Se trataba de un crucero de la Flota, idéntico a cualquier otro de los que en número de cientos de miles formaban la Armada Sideral de Valera. Su forma recordaba la de un esturión de líneas estilizadas.

Las aeronaves de la Armada Sideral recibían el nombre genérico de "buques", conservándose aún hoy, a través de los siglos, la clasificación clásica de las ya desaparecidas flotas de guerra naval. Así, había acorazados, cruceros, destructores y portaaviones, otras aeronaves más pequeñas recibían el nombre de "aerobotes", o, simplemente, "botes" y "falúas".

Por idéntica reminiscencia se conservaban en los mandos las graduaciones según la escala clásica: Alférez de fragata, teniente de fragata, teniente de navío, capitán de corbeta, capitán de fragata, capitán de navío, contralmirante, vicealmirante y almirante.

Sin embargo, en esta ocasión, el crucero "Oropesa" no llevaría dotación humana. Tal como iba a desarrollarse la misión del crucero, ningún ser humano sería capaz de sobrevivir a las aceleraciones, las deceleraciones y cambios de rumbo que realizaría la aeronave, primero para adelantarse al autoplaneta Valera, y luego, para frenar al llegar a las proximidades de Redención para girar varias veces alrededor del planeta.

Las limitaciones del hombre eran ahora las mismas que pusieron a prueba a los primeros astronautas del siglo XX. Su constitución no había cambiado.

EI ser humano era una criatura frágil, condicionada a la fuerza de gravedad de su planeta de origen, a la presión atmosférica y las variaciones climáticas de su solar terrícola. Esta era la razón por la cual el autoplaneta Valera, morada y vehículo del hombre de la Tierra, necesitaba semanas para frenar la enorme velocidad adquirida en un tiempo, igualmente largo, de continua aceleración. Esta deficiencia física la superaba el hombre construyendo máquinas capaces de operar en condiciones prohibitivas para el ser humano.

Constituido de una robustez a toda prueba, mandado por un ordenador electrónico, el crucero sideral aceleraría, frenaría y giraría en torno a Redención emitiendo a la vez señales en Morse, un mensaje hablado grabado y un programa de televisión.

Mientras tanto sus cámaras tomarían miles de fotografías y kilómetros de filme. Detectores de rayos infrarrojos investigarían la existencia de vida en el planeta. Cualquier objeto, animal o cosa que emanara el más leve calor, quedaría automáticamente localizada sobre un plano ortofotográfico. Detectores de neutrinos localizarían la existencia y situación de los reactores atómicos que funcionaran sobre el planeta.

Todo reactor nuclear era una fuente inevitable de neutrinos. Los neutrinos, partícula estable de masa muy pequeña y de carga nula, tenían tal potencia de penetración que eran capaces de atravesar una muralla de plomo de un espesor de un millón de años luz, y podían ser detectados hasta en los antípodas, a través de todo el espesor del globo de la Tierra.

Todas las características del crucero sideral, así como de los aparatos especiales instalados a bordo, fueron minuciosamente detallados por el comentarista de la televisión, mirando más a la divulgación entre los refugiados, de bajo nivel cultural, que a los cultos.

EI documental terminó con la salida del "Oropesa" por uno de los "tubos" que comunicaban con la superficíe exterior y una vista última del buque cuando se alejaba acelerando hasta perderse de vista.

Después del entrenamiento diario de la mañana, los soldados tenían libre toda la tarde. Los que querían y estaban libres del servicio de guardia se marchaban a la ciudad, aprovechando la proximidad de la urbe y la excelente comunicación por el suburbano, y el resto solía dedicarse a la practica de su deporte o su afición favorita, quedando como último recurso sentarse ante la televisión y buscar entre veinte canales algún programa de su gusto.

Pero lo primero que se hacia en el barracón de los oficiales, después de comer, era fregar 1os platos y limpiar y asear la casa. Esto tenían que hacerlo los propios inquilinos del barrancón, pues ni en el Ejército ni en la vida civil existía servicio doméstico.

Dispensado de ayudar en el fregadero de la cocina, Fernando Balmer se dedicó a limpiar su propia habitación y distribuir sus cosas entre el armario y los cajones de la cómoda.

Cuando regresó a la sala-comedor halló a Juana Aznar arrellanada en un sillón ante la pantalla de televisión. El teniente Albert y la capitana habían salido para presenciar un partido de rugby que iba a tener lugar entre la Tercera y la Quinta Compañías del Batallón.

Como la teniente Aznar no daba pie a entablar conversación, Fernando optó por sentarse en el diván y seguir las incidencias de la película que daba la "tele".

La televisión era en Valera el medio de evasión más difundido. Cada una de las veinte grandes ciudades del planetillo tenía su propio canal, y cualquiera de ellas podía sintonizarse con un receptor corriente. Filmes, teatro, conciertos, atracciones musicales, competiciones deportivas, documentales, conferencias culturales y programas de divulgación cultural, así como lecciones de todas las ramas del saber se sucedían desde las seis de la mañana a las doce de la noche

El ocio era como un castigo para esta sociedad moderna, donde las máquinas realizaban la mayor parte del trabajo. La escolaridad era obligatoria para toda la juventud, desde los siete a los dieciséis años. Aquellos que demostraban aptitudes y lo deseaban podían seguir la segunda enseñanza entre los dieciséis y los veinte años, recibiendo preparación para ingresaren la Universidad.

Excepto los universitarios, que estaban dispensados de toda otra obligación, hombres y mujeres eran alistados en el TOP (Trabajo Obligatorio Personal) donde permanecían encuadrados durante seis años.

Según sus estudios, su capacidad física y sus aptitudes, determinados por una serie de "tests" y sancionados por un tribunal calificador que atendía todas las reclamaciones, esta juventud podía ser destinada al Ejército, la industria, la agricultura o los servicios.

El Estado, que proveía gratuitamente a los ciudadanos de educación, habitación y mobiliario, ropas, alimentación, atención sanitaria y social, no abonaba salario alguno por estas prestaciones. Cumplido su servicio en el ciudadano quedaba libre de trabajo para el resto de su vida, salvo que una emergencia nacional obligara al Estado a una movilización temporal de los recursos humanos. ¡Y la duración media de la vida era de doscientos años!

Este ocio prolongado pesaba como un castigo sobre la sociedad moderna, jubilada a los veintiséis años para el resto de sus vidas. El Estado Social hacía cuanto podía por señalar una trayectoria al ser humano. Ya desde niños, en la escuela, trataba de inculcarles un afán de superación. Un hombre o una mujer podían destacar de la masa uniformemente gris en gran número de actividades. Un científico eminente, un inventor, un cirujano, un investigador, podían alcanzar tanta fama como un cantante de opera o de música moderna, o como un poeta, un escritor o un periodista.

El cine, el teatro, la misma televisión ofrecían oportunidades para destacar a los mejores. Y luego estaban el Ejército y la Armada, cuyos cuadros de mandos gozaban de gran prestigio y ofrecían el atractivo de sus vistosos uniformes y sus brillantes paradas.

Sin embargo era en los deportes donde un mayor número de hombres y mujeres encontraban ocasión propicia para descollar.

El deporte se practicaba masivamente desde la infancia a una edad más que madura, pero era en el campo profesional donde brillaban rutilantes los ases de primera magnitud.

Aunque todas las especialidades tenían sus adeptos eran el fútbol y el rugby los que despertaban mayores entusiasmos entre una enorme masa de seguidores. Las ligas, campeonatos y copas se sucedían sin interrupción arrastrando a las multitudes a los estadios repletos a bien ante las pantallas de televisión en color y tres dimensiones.

Las veinte populosas ciudades de Valera tenían su equipo en Primera, Segunda y Tercera División. Pero también lo tenían las universidades, la Armada y el Ejército, desdoblados en categorías masculina y femenina.

Colegios, institutos de enseñanza profesional, fábricas y unidades de las Fuerzas Armadas competían igualmente entre si en campeonatos locales que, no por intrascendentes, dejaban de tener su interés.

El teniente Albert regresó solo terminado el partido.

- ¿Donde está la capitana? - preguntó la teniente Aznar.

- La llamaron para que se presentara en el barracón de la Plana Mayor, pero de eso ya hace rato. ¿Qué hay para cenar?

Albert y la teniente Aznar se metieron en la cocina para preparar la cena y Fernando puso el mantel y distribuyó los platos y los cubiertos, la capitana llegó cuando los otros se disponían a sentarse a la mesa.

- Todo el Batallón va a disfrutar de dos días de permiso a partir de mañana - anunció la capitana -. Los que quieran, podrán ir a despedirse de sus familiares.

- ¡Cómo! - Exclamo Albert sorprendido -. ¿Qué ocurre?

- No se sabe nada en concreto. Pero, según sean los resultados de la investigación del crucero que salió la madrugada pasada, nuestra Brigada puede ser llamada a efectuar una operación de desembarco.

- ¿Significa eso que las cosas no marchan bien? - interrogó Fernando Balmer.

- Sólo se trata de una medida preventiva. Posiblemente nos embarquen en un disco portaaviones y salgamos rumbo a Redención, anticipándonos en unos días a Valera.

Los días en Valera tenían una duración de catorce horas y diez horas las noches en todo tiempo. A las siete y media de la tarde el sol artificial de Valera empezó a atenuar su brillo. A las ocho era de noche.

* * *

CAPITULO II

"OPERACION AGUILUCHO"

El Batallón, con uniforme de paseo, formó en la explanada después del desayuno. Se recordó a la tropa que todos deberían estar de regreso en el campamento antes de la puesta del sol del día siguiente, se nombraron las guardias y se dio la orden de romper filas.

De regreso hacia su alojamiento, Ricardo Albert acomodó su paso al de Fernando y le dijo:

- A Juana Aznar le ha tocado guardia para mañana. Ella tiene su familia en Barcelona y hace más de un mes que no veía a sus padres.

- Bien, - ¿y qué? Contestó Fernando, sospechando por donde venían los tiros.

- Tú te despediste ayer de los tuyos y decías durante el desayuno que vas a quedarte en el campamento descansando. Podrías hacerle un favor a Juana tomando su guardia.

- ¿Por qué he de hacerlo? Ella puede estar de vuelta mañana para hacer el servicio.

- Bueno, silo pones de ese modo...

Albert iba a alejarse cuando Fernando le detuvo.

- Espera. Haré la guardia en lugar de Juana. ¿Pero por qué no me lo pidió ella?

- Como eres recién llegado y no os conocéis apenas, a Juana le daba reparo pedirte ese favor.

-¿Y te mandó a ti en su lugar, no es eso? Bueno, no importa - dijo Fernando de mal talante.

Poco después, en el barracón, Fernando se dirigió a su habitación para quitarse la ropa de paseo y ponerse cómodo. Al salir halló a la capitana y los dos tenientes con sus bolsas en la mano, listos para marcharse. Juana Aznar se acercó con aire embarazado a Fernando y le dijo:

- Gracias por este favor, Fernando. 1o tendré en cuenta.

- Eso espero Contestó Fernando algo secamente.

Los tres oficiales se marcharon y Fernando se quedó solo, contento ante la perspectiva de dos días tranquilos en el casi desierto campamento.

A media mañana se dirigió al almacén de pertrechos para poveerse de un "back"

El "back" formaba parte del equipo tradicional de las Fuerzas Espaciales o "Infantería Aérea". A grandes rasgos consistía en una caja de "dedona", especie de mochila que se fijaba a la espalda del portador. Esta caja estaba hecha del mismo metal que los cascos de los buques de la Armada Sideral, siendo sumamente pesado, y tenía la propiedad de crear un campo magnético antigravitacional bajo determinada inducci6n eléctrica.

La caja contenía un aparato receptor de ondas energéticas. La electricidad, que estaba en el aire emitida por poderosas emisoras, llegaba hasta la caja por una delgada antena de vidrio flexible por cuyo interior corría un hilo muy fino de "dedona". La energía así captada electrificaba la mochila de "dedona", controlada por un reostato alojado en el antebrazo del soldado, y según la intensidad de la corriente hacía que la caja actuara con energía variable, elevando al portado a mayor o menor altura.

La electricidad recibida se utilizaba en parte para hacer funcionar un motor de partículas ionizadas, con dos toberas de salida que impulsaban al "back" por reacción.

Una armadura completa de cristal formaba el complemento del equipo, incluyendo escafandra, zapatos y guanteletes. Este cristal, llamado "diamantina" por su extraordinaria dureza, era flexible en los zapatos y guantes, y rígido en las restantes partes de la armadura.

Era inatacable por los ácidos, azul para proteger al portador de las radiaciones solares y ultravioleta del espacio exterior, y aislaba completamente al hombre de tal modo que podía utilizarse indistintamente como traje espacial, o submarino, o simplemente para proteger a los soldados contra los gases deletéreos, el humo y las partículas contaminantes que quedaban flotando en el aire después de una deflagración nuclear.

Entre las dobles paredes de esta armadura (forrada interiormente de goma espuma) se almacenaba una provisión de oxígeno suficiente para doce horas. Pero en caso necesario se podía cargar también un par de pequeñas bombonas de "diamantina" con una reserva adicional de oxígeno para otras ocho horas.

En el equipo de las Fuerzas Especiales no figuraba la más pequeña pieza de metal que no fuera "dedona". Si algún elemento tenía que ser necesariamente de otro metal, éste quedaba encerrado dentro de la mochila, como el aparato de radio en miniatura.

No se trataba de un capricho, sino de una necesidad impuesta por la existencia de un arma demoledora; los "Rayos Z" o desintegradores, desarrollados a partir del "láser". En síntesis, el "Rayo Z" era un chorro de fotones excitados eléctricamente que desarrollaban un gran poder de penetración lumínica. Atravesaban limpiamente el cristal y podían producir graves quemaduras a hombre a corta distancia. Pero, generalmente, a una distancia grande, sus efectos sólo eran aplicables al metal. Cuando un "Rayo z" tocaba un metal sometía a éste a un bombardeo muy intenso de electrones, que actuaban a modo de un martillo golpeando millones de veces por segundo.

El metal, bajo los "Rayos Z", se calentaba, peno éste era un efecto secundario de la tremenda vibración a que el metal estaba siendo sometido. En la práctica, esta tremenda vibración actuaba rompiendo la cohesión de las moléculas, a las que acababa dispersando en una explosión mucho antes de que el metal líe gana a fundirse. Sólo el metal conocido por "dedona", debido a su extraordinaria densidad, podía resistir a los "Rayos Z" sin ser desintegrado.

Por esta razón, se habían eliminado al máximo todas las piezas de metal del equipo de los soldados, haciendo de "dedona" aquellas de las que no se podía prescindir. Hasta las armas - subametralladoras y pistolas - era forzoso hacerlas de cristal.

También podrían haberse hecho de "dedona" y tenerlas constantemente conectadas a la red eléctrica, ya que en tanto estuviesen inducidas eléctricamente la "dedona" no pesaba nada. Pero, por contra, cuando un "back" se averiaba y dejaba de circular por la "dedona" la corriente eléctrica, este curioso metal se tornaba súbitamente pesado, de un peso tal que la caja de la mochila impediría moverse a quien la llevara. Un fusil, una simple pistola de "dedona" no podría ser sostenida por la mano del soldado, ni podría levantarse del suelo.

En el almacén de pertrechos los "backs" colgaban de las vigas del techo formando hileras, cada uno conectado por un hilo eléctrico a la red. En esta situación apenas si pesaba un kilo cada uno, pero, si por cualquier causa se hubiese producido un corte de corriente, todos los aparatos se irían al suelo, atravesarían el piso de madera y se clavarían profundamente en la tierra haciendo un agujero.

Como veterano de la Policía Militar, donde casi a diario tenía que vestirse de "diamantina", Fernando sabía de la importancia de llevar una armadura bien acoplada al cuerpo. Una armadura con holguras podía ocasionaren el que la llevara graves fracturas en caso de caída o golpe muy fuerte.

Después de dos horas de probar armaduras, Fernando encontró al fin una que se ajustaba bien a su anatomía. Hizo que le llenaran de oxigeno el espacio entre las dobles paredes del traje. Este formaba en la espalda una especie de joroba que terminaba en una superficie plana, sobre la cual se ajustaba el "back".

Acoplado el "back" a la espalda y hechas las conexiones eléctricas, Fernando comprobó el buen funcionamiento de la radio, así como los auriculares y el tornavoz exterior, la válvula de entrada de oxígeno y la de salida del aire viciado, el sistema de calefacción y refrigeración, decidiéndose finalmente a probar el aparato.

La armadura era pesada y el que la llevaba se sentía dentro de ella más o menos como un caballero medieval dentro de una armadura de hierro. Fernando salió andando con ella y al llegar afuera se puso la escafandra.

Los mandos del aparato venían en el antebrazo izquierdo de la armadura y eran de fácil manejo; un botón moleteado para graduar el paso de la corriente eléctrica, y otro de iguales características que regulaba la salida de partículas ionizadas del reactor impulsor.

Haciendo girar uno de los botones Fernando sintió cómo la caja de "dedona" tiraba de él hacia arriba, hasta que sus pies se despegaron del suelo. Ascendió a una altura de quinientos metros, desde la cual se dominaba una amplia perspectiva del campamento, el lago contiguo y la ciudad que brillaba al sol con sus rascacielos de acero y cristal en la distancia.

Moviendo el segundo botón sintió como si una mano poderosa le empujara por la espalda impulsándole hacia adelante.

Realmente el "back era un invento maravilloso, algo sencillo y tan eficaz que hacía al hombre sentirse un pájaro. Armadura y caja, molestos y pesados en el suelo, eran de una ligereza increíbles en el aire. En este elemento, el hombre para dirigirse tenía que valerse de sus músculos. Era más o menos como si uno nadara en el fondo de una piscina. Un giro de cintura, un quiebro del cuerpo, le llevaban de un lado a otro con facilidad.

Fernando voló hasta casi los arrabales de Ciudad Arcángel, dio medía vuelta y se dirigió al lago para probar la hermeticidad de su traje: Se dejó caer de pies en el agua, descendió hasta unos cincuenta metros de profundidad y abrió de nuevo el reactor.

Impulsado por detrás por el reactor, Fernando se deslizó velozmente entre dos aguas como un torpedo, sorprendiendo a los peces que a su alrededor no podían competir en velocidad con aquel extraño ser.

Al hacer girar bruscamente y casi a tope el botón del reostato, la caja de "dedona" le hizo salir disparado del agua entre un surtidor de espuma. Se elevó a cinco mil metros desde aquella altura echó una mirada complacida a su alrededor antes de regresar al campamento.

Disfrutó del resto del día en la soledad del barracón, en la quietud de un campamento casi desierto. Encendió la televisión mientras cenaba para escuchar el boletín de noticias, pero no había novedad alguna.

Ante las reiteradas llamadas de la radio de Valera el planeta Redención seguía sin dar respuesta.

Fernando apagó el aparato, cogió un libro de Historia y se acostó. Empezó a llover. Este fenómeno meteorol6gico se repetía todas las noches en Valera aproximadamente hacia media noche. El vapor de agua levantado por el calor del sol de los lagos artificiales de Valera, se condensaba al descender la temperatura y se precipitaba en forma de abundante lluvia, lavando las calles de las grandes urbes, limpiando el polvo de la atmósfera y remozando bosques, prados y jardines.

Se durmió escuchando el grato golpear de la lluvia sobre las planchas onduladas del techo, y el chorrear del agua en los aleros.

A la mañana siguiente tomó su guardia, que habría de durar hasta que lo relevaran a la puesta e sol.

Hacia la mitad de la tarde, el campamento hasta entonces tranquilo, empezó a animarse con el regreso de la tropa que había disfrutado dos días de permiso.

En el cuerpo de guardia, instalado a la entrada del campamento, Fernando Balmer recibió una orden telefónica del Comandante Jefe:

- Ordene tocar a asamblea a las siete de la tarde.

Desde el cuerpo de guardia Fernando vio llegar a Ricardo Albert, que se detuvo para charlar con él breves instantes. Poco después entraron la capitana Aznar y la teniente Juana, que venían formando grupo con media docena de otros oficiales.

En el espacio de dos horas todo el Batallón se había reintegrado al campamento. A las siete en punto el corneta dio el toque de asamblea, que fue difundido por todo el campamento a través de los altavoces profusamente instalados en árboles y postes.

Fernando se dirigió a la gran explanada donde de ordinario se realizaban los ejercicios en orden cerrado. La tropa formó por compañías con sus oficiales al frente. El comandante de cada unidad vino a dar las novedades al oficial de guardia. Faltaban una veintena de rezagados.

El Comandante Jefe del Octavo Batallón se presentó.

Fernando Balmer le saludó y le dio las novedades. Don Marcelino Aznar hizo un gesto de asentimiento, tomó un megáfono eléctrico portátil y se dirigió al Batallón:

- Siento comunicarles que no hay buenas noticias respecto a Redención. No se me ha comunicado oficialmente que es lo que ocurre, pero las impresiones son pesimistas

Salvo contraorden de última hora, este Batallón estará listo para embarcar mañana a las ocho horas. Los jefes de cada unidad se ocuparán personalmente de que la tropa tenga su equipo y armamento listo para la revista. No se permitirán equipajes voluminosos. Unicamente la bolsa de combate. Eso es todo.

El comandante entregó el megáfono al cornetín de órdenes, saludó marcialmente a Fernando Balmer y dijo:

- Pueden romper filas.

Fernando correspondió al saludo del comandante, se cuadró ante la tropa y ordenó:

- ¡Rompan filas, ar!

Fernando Balmer se dirigió al cuerpo de guardia para esperar el relevo.

A las siete y media de la tarde el sol artificial de Valera empezó a atenuar su brillo. Fernando entregó la guardia al oficial de turno y se dirigió a su barracón, donde sus compañeros preparaban la cena.

Fernando se dirigió a su cuarto para dejar el sable y la gorra, se lavó las manos y regresó al comedor, donde Leonor Aznar estaba distribuyendo los cubiertos sobre la mesa.

-. ¿Qué rumores corren por la ciudad? - preguntó Fernando.

- Los hay para todos los gustos - contestó la capitana -. Hay quien dice que los nahumitas llegaron a estos planetas poco después de la partida de Valera y se apoderaron de Redención. Otros aseguran que nuestra colonia fue destruida por los Hombres de Silicio.

- ¿Cuál es su opinión personal?

- Cualquier opinión tiene el valor de la gratuidad. Nadie sabe lo que ha ocurrido en Redención, ni siquiera el Estado Mayor General. Pero algo ha debido ocurrir en el tiempo que Valera estuvo ausente de este sistema solar. Personalmente considero muy remota la posibilidad de que los nahumitas llegaran hasta aquí.

- ¿Entonces está pensando en una resurrección de la civilización de Silicio?

- Los Hombres de Silicio estaban allí. Nunca conseguimos echarles. El Reino de Silicio es tan enorme y laberíntico, que nuestras fuerzas nunca llegaron a explorado en su totalidad. La acción de nuestros antepasados se limitó a una serie de "razias" que destruyeron las ciudades y la mayor parte de la industria del Reino de Silicio. Se dio por segura la desorganización del Mundo Tenebroso, pero esto no quiere decir que se exterminara hasta la última criatura de silicio. Si ya es difícil exterminar una plaga de animales dañinos sobre la superficie de la tierra, piense en las dificultades para sacar de sus madrigueras a una raza de seres inteligentes que disponen de millones de recovecos oscuros donde ocultarse.

Juana y Ricardo llegaron con la cena y la capitana encendió la televisión. El boletín informativo de aquella tarde fue muy breve. "Se espera que el crucero explorador Oropesa alcance dentro de pocas horas la superficie de Redención".

Estas noticias coincidían con las palabras del comandante del Batallón. Quizás el Estado Mayor General sabía algo más, puesto que el crucero explorador debería encontrarse a estas horas muy cerca del planeta, pero lo poco que hubiera investigado el buque no debía ser muy bueno.

Después de comentar brevemente el asunto, los oficiales retiraron a sus habitaciones, habida cuenta que a 1a mañana siguiente tenían que madrugar.

En efecto, a las seis de la mañana ya estaba la capitana despertando a todos los ocupantes del barracón. Desayunaron y se equiparon con las pesadas armaduras de cristal y el "back".

- ¿Donde están sus armas? - preguntó la capitana a Fernando Balmer.

Fernando no las había retirado del depósito. Necesitaba una autorización firmada por su capitán. Esta le extendió la nota y Fernando se dirigió al almacén.

En el depósito entregaron a Fernando una pistola automática y una subametralladora, así como munición corriente (cartuchos de cristal llenos de pólvora para impulsar proyectiles también de cristal).

Fernando regresó a los barracones, delante de los cuales estaban formadas ya las secciones que componían 1a Compañía.

La capitana, que pasaba revista a su tropa llevando bajo la escafandra de cristal azulado, especial para impedir el paso de las mortales radiaciones ultravioleta del espacio, acogió a Fernando con una mueca de impaciencia.

- Ha tardado usted mucho - dijo. Y sin esperar a que el teniente se justificara, añadió: - Venga usted conmigo, le presentaré a su sección.

Fernando siguió a Leonor hasta un grupo de hombres que estaban formados de a tres. La capitana le presentó brevemente a los tres sargentos de la tercera sección.

- Sargento Francisco Raga. Sargentos Salvador Castillo y María de la luz Rodrigo.

Fernando quedó al frente de su sección. La capitana dio la voz de marcha y la compañía salió marcando el paso hacia la gran explanada donde ya estaba reunido el Octavo Batallón. La Tercera Compañía formó en su puesto bajo la crítica mirada de don Marcelino Aznar, comandante jefe del batallón. Este hizo una seña a un cornetín de órdenes, y al toque de "calen escafandras", todos se encasquetaron sus esferas de cristal azulado.

Todos los hombres estaban en comunicación directa por radio, de forma que todos podían oírse unos a otros. Fernando se ajustó su escafandra y conectó la radio. Apenas lo hubo hecho dejó de percibir ningún ruido exterior, porque el caparazón cerraba con absoluta hermeticidad.

- ¡Atención! - Gritó la voz del comandante por los auriculares incrustados en el interior de las escafandras: - Sin perderla alineación. ¡Elévense a trescientos metros!

Hubo un sincronizado movimiento de manos que se dirigían hacia los botones de mando, situados en el antebrazo izquierdo de cada soldado.

- ¡Atenciónnnn! ¡Arriba!

Los mil quinientos hombres y mujeres que formaban el batallón se elevaron formando un bloque compacto, que se inmovilizó al alcanzar la altura prevista. la voz del Comandante sonó a través de todos los auriculares:

- Vamos a volar al Norte en formación de Uve. Velocidad de crucero quinientos kilómetros a la hora. Sigan al guía.

El guía llevaba un banderín rojo. Siguiendo al estandarte, la Compañía se desplegó en dos alas adoptando la forma de una uve.

Abriendo los reguladores, la formación siguió al guía ganando altura sobre el lago. Este quedó pronto muy atrás. A quinientos kilómetros por hora la oposición del aire era muy fuerte y empujaba las piernas de la tropa hacia atrás, de modo que los pájaros humanos volaban casi en posición horizontal.

Naturalmente, la formación no habría podido sostener, ni siquiera alcanzar aquella velocidad, a no ir los hombres protegidos por sus armaduras de cristal. De aquí que la armadura constituyera el equipo obligado de las tropas especiales o Infantería Aérea.

Al alejarse de la línea del ecuador valerano se apreciaba desde el aire el efecto de una progresiva falta de gravedad. Los grandes bosques quedaron atrás, siendo sucedidos por extensas praderas de alta hierba. Más adelante se acabaron las praderas. La dura consistencia del suelo de Valera aparecía aquí cubierta de una uniforme capa de musgo.

El Batallón se dirigía hacia una cordillera no muy elevada, la cual traspusieron por un amplio valle. A lo lejos se vía una compacta nube roja, verde y gris. Era una de las bases de la Armada Sideral. El batallón se dirigió hacia un determinado lugar señalado por un círculo de balizas rojas. Estas balizas señalaban los bordes de un dirigió hacia un determinado lugar señalado por un círculo de balizas rojas. Estas balizas señalaban los bordes de un enorme pozo de quinientos metros de diámetro. Era un túnel de los que comunicaban con el exterior de Valera.

Desde el aire se advertía, en una ladera próxima un círculo blanco de más de doscientos metros e diámetro con un número de enormes caracteres rojos de pintura fluorescente.

- Ese es nuestro túnel - le oyó decir al Comandante a través de la radio -. Reduzcan la velocidad a cien kilómetros hora. Aproxímense las alas, entraremos en columna. Y procuren mantenerse alejados de las paredes del túnel.

Como una nube de avispas, las dos alas de la "uve" se aproximaron una a la otra, siguiendo al guía que picaba desde el aire para introducirse en el pozo.

El túnel, de unos cien kilómetros de longitud estaba profusamente iluminado con hileras de luces ámbar cada diez metros. Estos focos, impecablemente alineados, parecían converger en la distancia como los raíles de una vía férrea. La marcha por este túnel le pareció a Fernando Balmer interminable, una hora para atravesar todo el espesor de la corteza del planetillo, hasta que al fondo aparecieron unas balizas rojas destellantes formando un círculo.

Estas balizas señalaban el fin del viaje y la entrada directa a la aeronave de transporte que estaba posada sobre la superficie exterior del planetillo.

El acceso al "disco volante medía ciento cincuenta metros de diámetro. Su compuerta era del tipo de diafragma, es decir, formado de gigantescas piezas móviles de "dedona" que cerraban como el diafragma de una cámara fotográfica.

Una orden del Comandante puso la velocidad de la columna en veinte kilómetros a la hora. Poco después la velocidad era reducida de nuevo a diez kilómetros por hora.

- Lleven cuidado ahora, vamos a entrar en el transporte - ordenó el Comandante.

Poco después el Batallón penetraba en un enorme hangar cuyo techo se elevaba a ochenta metros de altura.

- ¡Formen las compañías! - ordenó el Comandante.

El transporte, uno de los quinientos de la dotación del autoplaneta, era un enorme disco de doce kilómetros de diámetro por uno de altura. Interiormente dividido en cien pisos cada uno de estos tenía una superficie de ciento trece kilómetros cuadrados, siendo la suma de todos ellos de once mil trescientos kilómetros cuadrados.

En la cara exterior del planetillo, cada uno de estos "discos volantes" ocupaba una depresión circular comunicada por un túnel con el interior de Valera.

- ¡Atenci6n! - bramó un altavoz -. Que el Comandante de las Fuerzas Especiales dé la novedad. Vamos a zarpar en cinco minutos.

El Batallón ya estaba formado. Cada oficial contó a sus hombres, los tenientes dieron el "sin novedad" a sus respectivos capitanes, y estos al Comandante don Marcelino Aznar. No faltaba nadie.

El Comandante se dirigió a un teléfono, comunicó con el puente de mando y regresó junto al Batallón.

- Esperen aquí hasta que vengan a buscarles para guiarles hasta sus alojamientos - dijo por la radio.

Don Marcelino abandonó el hangar en uno de los montacargas. Poco después llegaban un grupo de sargentos y oficiales que acompañaron a las Fuerzas Especiales hasta los dormitorios.

Un "disco volante" era inmenso como una ciudad. Los puentes estaban comunicados entre si por medio de amplias rampas, gigantescos montacargas y un laberinto de escaleras. Por todas partes surgían las sólidas puertas estancas. Un millón de habitantes podrían haber encontrado cómodo alojamiento en uno de estos gigantes, pero estas máquinas no estaban acondicionadas como ciudades. Eran los transportes del Ejército Autómata, formado de millones de "soldados" robot, con su acompañamiento de "tanques" y artillería.

Para Fernando Balmer, entusiasta de todo lo que se relacionara con la Armada Sideral, el encontrarse a bordo de esta aeronave era un acontecimiento feliz.

En cambio, para sus compañeros, el transporte era como un laberinto donde un hombre podía perderse y morir de hambre antes de ser encontrado. Sin embargo, la abundante señalización hacia imposible que esto ocurriera. La monotonía de los interminables corredores, todos iguales, era lo que confundía la mayoría de las veces.

Como el espacio sobraba, oficiales y tropa fueron alojados en camarotes dobles, cada uno con sus servicios sanitarios, su ducha y sus armarios. E compañero de camarote de Fernando fue el teniente Albert. Ambos se desembarazaron de sus armaduras y "back" para salir después a dar una vuelta por la nave.

I>spués de andar varios kilómetros, asomarse a los hangares donde estaban almacenadas las máquinas del Ejército Autómata y curiosear aquí y allá, los altavoces llamaron a las Fuerzas Especiales al comedor.

El comedor era enorme y, aunque carecía de lujos superfluos, resultaba de una elegancia desconocida para los soldados, pues los restaurantes públicos eran cosa que no existía desde hacia dos milenios en las ciudades, ni en la Tierra, ni en Redención ni en Valera.

Para colmo, aquí las mesas estaban servidas por personal del "disco volante", hombres y mujeres jóvenes con chaquetillas blancas; una atención muy delicada de la Armada para con sus huéspedes. La comida, en cambio, no era diferente de lo que los soldados estaban acostumbrados, pero no esto no era culpa de la Armada, sino de la carestía que alcanzaba a todo el mundo. Pero estaba tan bien preparada y tan vistosamente presentada que hasta sabia mejor.

- Atención - clamaron los altavoces -. Se ruega a los oficiales del Octavo Batallón de las Fuerzas Especiales que comparezcan en la sala de reuniones del puente cuarenta y cinco dentro de media hora.

Esto ocurría cuando se servían los postres.

- ¿Para qué nos querrán? - preguntó el teniente Albert.

- Tal vez se ha y a recibido ya información de Redención apuntó el capitán. - Es obvio que el Estado Mayor General ha recibido información hace horas. De lo contrario no estaríamos aquí - dijo la capitana Leonor Aznar. Seguramente nos van a dar a conocer en detalle cuál será nuestra misión.

- Y digo yo - preguntó la teniente Juana -. ¿Cuál va a ser nuestra misión? -¿ Para qué nos quieren?

Naturalmente, nadie conocía la respuesta a esta pregunta. Después de un rato de divagaciones, la capitana Leonor Aznar dijo poniéndose en pie:

- Mejor vayamos ya. ¿Cómo se hace para llegar al puente cuarenta y cinco?

- Vengan, yo les guiaré - se ofreció Fernando, que se conocía al dedillo la distribución en planta y alzado de cada buque de la armada

Un espacioso montacargas les dejaba poco después en el puente cuarenta y cinco. Siguiendo las indicaciones de la abundante señalización llegaron hasta la sala de reuniones, a cuya puerta les esperaba un oficial de la Armada.

La sala era muy espaciosa, climatizada, como todas las dependencias de la gigantesca aeronave. Una larga mesa ocupaba el centro, viéndose en una de las paredes del fondo una gran pantalla. Los oficiales fueron invitados a sentarse a un lado de la mesa, en las elegantes y cómodas butacas rojas de fibra de vidrio.

Un poco intimidados, los hombres de las Fuerzas Especiales se entretuvieron en admirar las pinturas que cubrían la mayor parte de los muros, excelentes óleos representando escenas de las batallas en que probablemente el "disco volante" había intervenido en el pasado.

Como todas las artes, la pintura moderna rayaba a gran altura, como probablemente no se había conocido jamás después de los clásicos de la antigüedad.

No pasó mucho rato hasta que las puertas se abrieron de nuevo y entró el Comandante don Marcelino acompañando a un grupo de altos mandos de la Armada, entre los que figuraban un Almirante, un Contralmirante y un Capitán de alto bordo, además de otros seis oficiales, todos con sus impresionantes entorchados en la bocamanga. Los oficiales se pusieron respetuosamente en pie.

- Siéntense, por favor - dijo el Almirante yendo a ocupar la presidencia de la mesa.

Los mandos de la Armada ocuparon uno de los lados de la mesa, quedando de pie el Comandante don Marcelino para decir:

- Excelencia, le presento a mis oficiales. Caballeros, preside el Almirante Jaime Aznar, asistido por su hijo el Contralmirante Miguel Angel Aznar.

Aunque era un Balmer que detestaba profundamente a la "tribu" de los Aznar, no pudo evitar Fernando cierta sensación de pequeñez ante el peso histórico de aquel noble apellido. El Almirante Jaime era hijo de Fidel Aznar, el hombre que puso los cimientos del Imperio de Redención e "hizo" al autoplaneta Valera. Era, a su vez, nieto - por descendencia directa de Miguel Angel Aznar, el fundador de la dinastía, el héroe fabuloso que condujo a los exilados del autoplaneta Rayo a Redención para formar la primera colonia extragaláctica de origen terrestre.

El Almirante Jaime Aznar era el actual comandante del autoplaneta y jefe supremo del Ejército Expedicionario Redentor. Para distinguirlo de los demás, este cargo llevaba implícito el título de "superalmirante". Pero todavía el "superalmirante" seguía siendo Fidel Aznar.

Fidel Aznar, muy viejo y mermado en su salud, era mantenido en estado de hibernación, con el propósito de reanimarle cuando Valera llegara a Redención, donde el viejo Fidel deseaba morir y ser enterrado.

- Caballeros. - Empezó diciendo el Almirante - seré breve en mi exposiciones. Hace una hora el pueblo de Valera ha sido informado de la triste noticia. Nuestro crucero sideral Oropesa exploró el planeta Redención, obtuvo millares de fotografías y nos radió la información obtenida. No hay vida en Redención, si exceptuamos algunas especies animales. Nuestras ciudades, nuestras industrias, todo lo que representaba a nuestra civilización fue destruido, y la avanzada cultura que esperábamos encontrar a nuestro regreso no existe.

El Almirante pasó la mirada de sus penetrantes ojos sobre los rostros crispados de los hombres que le escuchaban entre sorprendidos y aterrizados. luego siguió:

- Sin embargo, el planeta no está deshabitado. Nuestros detectores registraron la existencia de una gran actividad en el interior hueco de Redención, donde estuvo y probablemente sigue estando el Reino de Silicio. Vamos a asistir a una proyección de uno de los filmes más interesantes obtenidos por nuestro crucero explorador. Yo ya lo he visto pero quiero que lo vean ustedes para su mejor información.

El Almirante hizo una indicación a un oficial que estaba de pie a sus espaldas. Mientras el oficial se dirigía al muro donde estaba la pantalla de televisión de gran tamaño, el Almirante hizo girar su butaca para ver la filmación.

Se atenuaron las luces de la sala y se encendió la pantalla de televisión.

El film debía tratarse de una selección montada posteriormente en forma de resumen. Con gran interés vieron los oficiales varias escenas de aproximación al planeta.

Redención era un mundo muy bello. Como la Tierra, también lucía con un brillo azul en el espacio. El diámetro de Redención era de veintidós mil kilómetros, contra los doce mil ochocientos kilómetros que medía la Tierra. La superficie de Redención era tres veces mayor que la de la Tierra y estaba cubierta por extensísimos océanos y enormes continentes.

Con todo, la masa de Redención era sólo ligeramente mayor que la del planeta Tierra. Redención era un planeta hueco. La superficie del mundo interior del planeta se estimaba en unos mil trescientos millones de kilómetros cuadrados; dos veces y media mayor que toda la superficie de la Tierra,

En este misterioso y enorme mundo interior habitaba, desde tiempos muy anteriores a la llegada de los exilados terrícolas, un mundo de naturaleza de silicio iluminado por un sol que emitía radiaciones ultravioleta, invisibles para el ojo humano.

En el filme que Fernando Balmer veía desarrollarse ante sus ojos, el crucero sideral Oropesa parecía aproximarse en sucesivos saltos al gigantesco y espléndido planeta. La aeronave penetró la atmósfera del planeta y descendió hacia tierra.

- Este fue el antiguo Reino de Saar - informó el capitán que se encontraba junto a la pantalla -. El crucero fotografió las ruinas de la antiquísima ciudad de Umbita... aquí pueden verlo.

En efecto, una imagen ampliada a través de un telescopio electrónico mostraba una montaña en la que se apreciaban restos de un antiguo templo cuyas columnas aparecían segadas casi a ras del suelo. Al pie de la montaña se apreciaban otras ruinas casi totalmente cubiertas por la vegetación.

- Aquí estuvo Madrid - indicó el capitán.

En la imagen, en tres dimensiones y color, aparecían grandes moles de cemento, restos de grandes muros y edificios derruidos entre los que crecía la maleza.

- Los árboles que arraigaron entre los bloques de cemento parecen indicar que han transcurrido varios siglos desde que la ciudad fue destruida.

A esta imagen sucedió otra de difícil interpretación. Era una Imagen electrónica en la que aquí y allá se iban encendiendo pequeñas luces fluorescentes.

La pantalla de nuestro detector de rayos infrarrojos, capaz de detectar el calor emitido por un conejo desde diez mil metros de altura. Hay vida en el planeta, especialmente vida animal. Pero es casi seguro que encontremos también seres humanos. Vean ahí esa señal. Parece corresponder al calor emanado por una fogata.

- Después de un silencio, el oficial informó:

- Ahora viene la prueba del detector de neutrinos. La pantalla se tomó súbitamente negra. Pero en esta lobreguez era perfectamente visible el flujo de una especie de lluvia formada por pequeñísimas partículas luminiscentes, que se movían como una corriente ligeramente ondulatoria.

- El campo magnético del planeta desvía las partículas. El flujo de neutrinos procede del interior del planeta y atraviesa todo el espesor de la corteza para perderse en el espacio - explicó el oficial.

La película llegó a su fin, se encendieron las luces de la sala y el Almirante Aznar hizo girar su butaca para mirar a los sorprendidos oficiales.

- Nuestras conclusiones son altamente pesimistas a la vista de esta información - dijo don Jaime Aznar. No cabe pensar que, por alguna razón desconocida, nuestra colonia abandonara la superficie del planeta y se trasladara al interior.

El sol del interior de Redención es un sol ultravioleta, altamente perjudicial para nosotros, ¿no es así? - preguntó el Comandante don Marcelino Aznar.

- La naturaleza del sol interior de Redención no había sido científicamente explicada en los tiempos que Valera zarpó rumbo a la Tierra. Parece que se trata de un fenómeno electromagnético, en contra de la idea generalizada de un núcleo fluido a semejanza del Sol. Cabría imaginar que en los siglos transcurridos aquí, nuestra Ciencia podría haber si capaz de modificar la estructura de aquel sol, o hallar algún medio para hacer inofensivos sus rayos ultravioleta. Pero lo sensato en este caso es desechar toda ilusión al respecto. Si nuestra humanidad hubiera conquistado el mundo de silicio, no existe razón aparente para que abandonara el mundo exterior. La lógica más aplastante nos indica que no fue esto lo que ocurrió. La Humanidad de Silicio ya estaba aquí cuando nosotros arribamos a este planeta, incluso había desarrollado una tecnología a nivel de la que tuvo la Tierra hacia finales del siglo veinte. En los dos siglos que siguieron a la arribada del Rayo a este planeta, nuestra colonia estuvo demasiado atareada para ocuparse de los hombres de Cristal. No tuvimos problemas con ellos y casi llegamos a olvidar que existían. Pero los Hombres de Silicio seguían allí. Si esperaban una oportunidad para atacar a nuestra colonia esa oportunidad debió presentárseles a poco de haber partido Valera, pues con el autoplaneta partió nuestra flamante Armada Sideral y el recién creado ejército Autómata. Además, el propio Valera la única fuente de "dedona" con la que acorazamos a nuestros buques. No sabemos a ciencia cierta qué ocurrió aquí, y vamos a tratar de averiguarlo. Para ello hemos montado la "Operación Aguilucho". En este momento volamos hacia Redención con un acompañamiento de cien mil buques de combate. Efectuaremos un desembarco en la isla de Nueva España, donde estuvo la primera ciudad fundada por los terrícolas. Esperamos encontrar entre las ruinas indicios y documentos sobre los cuales reconstruir los hechos que allí tuvieron lugar. Pero ese trabajo de investigación ha sido encomendado a otro grupo de especialistas. La misión de ustedes será otra. Se trata de penetrar hasta el mismo corazón del Reino de Silicio y obtener toda la información posible acerca de estos puntos esenciales; potencialidad industrial, desarrollo tecnológico y composición de las fuerzas armadas del enemigo, especialmente en lo tocante a si disponen de una fuerza aérea.

El Almirante Aznar miraba al Comandante al pronunciar estas palabras, pero se dirigió a todos al añadir:

- Los Hombres de Silicio, al menos que sepamos, no conocían el arte de volar en los lejanos tiempos de la conquista de Redención por nuestros antepasados. Sin embargo, es difícil admitir que nuestras ciudades fueran destruidas sin un dominio del aire. Creemos que en la actualidad los Hombres de Silicio disponen de una flota aérea, tal vez sideral, y nos interesa mucho conocer el número, la potencia y composición de su flota. Se trata de una misión difícil y muy arriesgada, y también creemos que ustedes son los únicos capaces de llevarla a cabo con éxito. Su información ha de resultar en extremo valiosa para el futuro de las operaciones, y por supuesto, para el futuro de nuestro pueblo. Redención ha de ser reconquistada, pero antes de incidir toda acción necesitamos saber el precio que tendremos que pagar por esta reconquista... si es que esta a nuestro alcance el poder llevarla a cabo. El Comandante Aznar ha sido instruido acerca de los detalles de la operación, la cual podrán preparar en los días que faltan hasta que lleguemos a Redención.

Don Jaime Aznar se puso en pie, y todos se levantaron en señal de respeto.

- Caballeros - dijo el Almirante -, ha sido un honor conocerles. Buenas tardes.

El Almirante salió acompañado de su hijo y de algunos oficiales. El resto permaneció en la sala para estudiar conjuntamente con los comandos la operación.

* * *

CAPITULO III

ENCUENTRO CON LOS HOMBRES DE CRISTAL

En los días siguientes, mientras la Flota se aproximaba al planeta, los hombres del Octavo Batallón estudiaron concienzudamente cada detalle de la operación.

De los viejos archivos, de Valera se habían traído los escasos planos que existían de las entradas al Mundo de Silicio. Se suponía que existían millares de grietas en forma de túneles, pozos, simas y laberínticos pasadizos que comunicaban con el interior hueco de Redención, pero los que se conocían con certeza no llegaban al centenar, y de estos apenas si se habían explorado una docena en su totalidad.

Como consecuencia de esta falta de información los "comandos" no tenían mucho donde elegir. Se estudiaron con detalle cuatro pasadizos entre los más próximos a la isla de Nueva España, y se obtuvieron de ellos copias para ser distribuidas entre los miembros de la expedición.

También se escogió el material y las armas.

En el mundo de Silicio, que los aborígenes del planeta conocieron en el pasado como "Reino de las Tinieblas", un sol eléctrico emitía radiaciones ultravioleta, invisibles para el ojo humano. Era aquel, ciertamente, un mundo aparentemente tenebroso para el ser humano, pero la utilización de anteojos especiales para captar las radiaciones ultravioleta, demostraron la existencia de un mundo exótico donde se desarrollaba una vida muy rica en variedad de especies... de silicio.

Después de comparar ventajas e inconvenientes, se decidió que, puesto la tropa iba a moverse en un medio donde prevalecerían las radiaciones ultravioleta, se adoptarían anteojos especiales para ver en aquellas condiciones -

Estos anteojos o visores consistían en una especie de pequeña pantalla panorámica que daba una imagen luminiscente de origen electrónico, y estaban alimentados eléctricamente desde el receptor de ondas electromagnéticas de la caja del "back".

Otro problema a considerar era el suministro de energía eléctrica, sin la cual no funcionarían los visores ni siquiera los "backs".

Se sabia que los Hombres de Silicio utilizaban de antiguo las ondas energéticas producidas y enviadas a través de emisoras, pero no se tenía la seguridad de que estas ondas pudieran ser utilizadas también por los "backs" de manufactura. terrestre -

Pero había más, y era que incluso en el más favorable de los casos, esta energía no llegaría al fondo de los túneles. El comando tendría que llevar consigo su propia fuente de energía, o bien renunciar a la utilización de los utilisimos "backs" durante la mayor parte de su recorrido en el interior de los pasadizos.

Se dispuso, pues, que un reactor nuclear acompañara a los comandos.

Gracias a Dios no hubo que improvisar nada a este respecto, pues este tipo de reactores formaban en gran número en las divisiones del Ejército Autómata.

En efecto, el Ejército Autómata estaba formado por máquinas que se movían en el aire utilizando los mismos principios básicos que los "backs", alimentados por ondas energéticas de transmisión a distancia.

En una operación de desembarco, el Ejército Autómata tenía que ser acompañado por gran cantidad de plantas eléctricas móviles, a fin de garantizar el funcionamiento y la autonomía de las máquinas en todo momento y circunstancia.

Estas plantas eléctricas funcionaban en el interior de grandes esferas de "dedona", que a su vez estaban dotadas de los elementos indispensables para la autopropulsión y dirección. Normalmente se autodirigian siguiendo a las unidades de tierra, pero podían ser dirigidas igualmente por control remoto desde otra esfera guía, o desde tierra a través de un aparato de radio.

Otro problema a considerar era la falta de oxígeno en el mundo de Silicio. La atmósfera del interior hueco del planeta estaba constituida especialmente de argón.

Por lo tanto, el comando tendría que llevar su propia provisión de oxigeno, lo cual venía a complicar más las cosas, pues además limitaba el tiempo de permanencia de los hombres en el interior del planeta.

Se decidió que acompañaría al comando una planta móvil de energía, que seria dirigida por otra esfera blindada, la cual serviría a su vez para transportar una provisión de oxigeno de reserva. Si las ondas energéticas e os Hombres de Silicio era utilizable por los "backs" de los comandos, la planta de energía propia seria abandonada o se la haría regresar.

Con todos estos preparativos y el adiestramiento intensivo de la tropa, los días transcurrieron rápidamente y la Flota llegó a la vista del planeta.

Fueron aquéllas unas horas de gran tensión, pues, de hecho, se ignoraba todo acerca de los Hombres de Silicio. Si tenían una fuerza aérea, cómo estaría organizada y de que medios de defensa y ataque dispondría.

Pero la aproximación al planeta se realizó sin contratiempos, una escuadra fue enviada en descubierta a rodear el globo y regresó sin novedad. Si los Hombres de Silicio tenían una fuerza sideral, esta debería encontrarse en sus bases en el interior hueco del planeta.

La orden, largamente esperada, brotó al fin de los altavoces, profusamente distribuidos en todo el buque:.

- ¡Atención a las Fuerzas Especiales! Prepárense para desembarcar en una hora. Diríjanse con su equipo y pertrechos al último puente.

Aunque disponían de tiempo suficiente, todos corrieron como locos hacia sus camarotes en busca del equipo. Al teniente Albert la voluminosa escafandra de cristal. Le temblaban las manos.

- Tranquilo, Ricardo - le dijo Fernando -. ¿Qué te ocurre?

- Estoy muy nervioso, no puedo evitarlo. Será la primera vez que entre en combate. ¿Sabes lo que eso significa?

- Claro, que pueden matarnos.

- No pienso en eso. No tengo miedo, es otra cosa distinta, me preocupa hacer las cosas mal. ¡Soy un bisoño! Lo que ocurra hoy allá abajo será distinto de todos los ejercicios que hemos realizado durante años.

Esto era cierto. Sin embargo, aún siendo también bisoño, Fernando no se sentía preocupado hasta este extremo. Debía ser cosa de su temperamento.

Los dos oficiales se enfundaron en sus sólidas armaduras de cristal, ayudándose uno al otro al colocarse el "back" en la espalda. También se pusieron los anteojos especiales para luz ultravioleta, pero sobre la frente, listos para ser bajados sobre los ojos con un simple movimiento. Tomaron sus armas y la escafandra y se dirigieron al montacargas -

En el enorme hangar del puente inferior formaron las compañías. Los soldados estaban muy nerviosos y los oficiales les sometieron a una inspección muy rigurosa, tanto de las armas, como la dotación de municiones y el resto del equipo.

- Loa altavoces anunciaron:

- ¡Atención, acabamos de penetrar en la atmósfera del planeta! Vamos a abrir la escotilla principal, pero manténganse alejados de ella. Que las Fuerzas Especiales se pongan las escafandras. La atmósfera es todavía muy pobre en oxígeno a esta altura.

- ¡Batallón, cálense las escafandras! - ordenó el comandante.- ¡Y no vayan a olvidarse de abrir la válvula del oxígeno! Enciendan la radio.

La tropa se ajustó las escafandras, se abrieron las válvulas y se conectaron las radios individuales. En estas condiciones cada soldado quedaba herméticamente encerrado en su estuche de cristal, respirando de su propia provisión de oxigeno y escuchando solamente las voces de mando que le llegaban a través de los auriculares del interior de la escafandra.

En el centro del piso del hangar empezaba a abrirse la escotilla. El redondo agujero se hacía cada vez más grande a medida que se movían las enormes piezas de "dedona".

- ¡Atención el Batallón! - gritó el Comandante a través e la radio- Comprueben sus backs.

La tropa comprobó el funcionamiento de sus aparatos elevándose uno o dos metros y volviendo a bajar al suelo. La escotilla tenía completamente abiertas sus fauces. Después de una corta espera el altavoz anunció:

- Nos encontramos a diez mil metros de altura. Pueden empezar a saltar. ¡Buena suerte!

A una orden del Comandante la Primera Compañía avanzó en formación detrás de sus oficiales hacia el borde del enorme agujero. Un capitán saltó al vacío con los pies juntos y la mano derecha sobre el botón del reostato del antebrazo izquierdo. Tras él empezaron a saltar los demás.

El Comandante seguía junto al borde del agujero apremiando a la tropa para que se diera prisa. Cuando le tocó el turno a la Quinta Compañía la tropa salió corriendo desordenadamente detrás de la capitana Aznar. Los hombres rompieron la formación rodeando los bordes del agujero y empezaron saltar.

Desde el borde de la escotilla, el teniente Balmer pudo ver el verde lujuriante de la vegetación que cubría la isla a unos siete mil metros por debajo del buque. El cristal azulado de su escafandra amortiguaba la luz, pero aún así podía apreciarse que el brillo del Sol natural era mucho más intenso que el del sol artificial de Valera. Era otro sol distinto.

Saltó al vacío con los pies por delante, en el más puro estilo de las Fuerzas Especiales, y enseguida hizo girar el botón del reostato para que la fuerza de rechazo del 'back" impidiera acelerar la velocidad del descenso.

A su alrededor vio numerosas esferas que salían del fondo del "disco volante" por una serie de agujeros y descendían también hacia tierra. El cielo parecía una verbena con todos aquellos globos amarillos, azules y rojos cayendo rápidos y seguros hacia tierra. Descendían directamente sobre las ruinas de una ciudad, en el vértice de la tierra entre dos grandes ríos -

Moviendo los botones de control, Fernando fue a posarse sobre la cima de un montículo. Junto a él se posaron los soldados que le habían seguido. Miraron a todos lados con recelo.

- ¡Allí! ¡Allí hay uno! Gritó un soldado señalando hacia abajo.

Fernando vio una figura humana que corría dando saltos en dirección a un agujero.

- ¡Vamos, a él! Gritó haciendo funcionar su "back" lanzándose en persecución del fugitivo.

El hombre, puesto que de un hombre se trataba, corría delante de Femando como un gamo. Pero no podía escapar. El valerano le alcanzó en un momento y cayó sobre él atrapándole en plena carrera - Tras él, los soldados llegaron también precipitándose sobre el fugitivo. Este se debatió desesperadamente entre las manos que le sujetaban. Sus terroríficos aullidos llegaban hasta el interior de la escafandra de Fernando a través de un micrófono que reproducía los ruidos exteriores. Hubo un breve y enconado combate hasta que los valeranos consiguieron inmovilizar al hombre, sentándose sobre sus piernas sus brazos y su estómago.

Lleno de asombro, Fernando contempló a su prisionero. El individuo era rubio, alto y extraordinariamente fuerte, Vestía un simple taparrabos y empuñaba una maza consistente en un pedazo de hierro afilado sujeto a un mango de madera. Su calzado era, así mismo, de fabricación primitiva: unos simples pedazos de cuero sujetos a las pantorrillas por cuerdas trenzadas. Iba muy sucio. Una costra de mugre le cubría la sudorosa piel. Sus cabellos despeinados le llegaban a los hombros, y su rostro desaparecía parcialmente tras la maraña de una abundosa barba.

El hombre, a su vez, contempló a la figura de vidrio que se erguía ante él. En sus pupilas brillaba el mismo terror cobarde que Fernando viera en los ojos de algunos perros. Seguro al parecer que no podría escapar, acababa de trocar sus rugidos por una serie de lastimeros gemidos. Sus bien formados miembros temblaban convulsamente entre los guanteletes de vidrio maleable de los comandos.

- Póngale en pie - ordenó Fernando

Los comandos del aire levantaron al prisionero

- ¿Quién eres? - le preguntó Fernando-- ¿Cómo te llamas? - El hombre miró temblando al valerano pero no respondió. Fernando hizo la pregunta en castellano, que era el idioma oficial de los redentores. Repitió la pregunta en lengua nativa. El prisionero dejó escapar unos sonido guturales. Su terror era tan grande que los soldados tuvieron que sostenerle para que no cayera al suelo.

- El miedo le ha dejado mudo - apuntó el cabo de 1a escuadra.

- Nadie se queda mudo de miedo - gruñó Fernando.

- Tal vez esté en estado tan salvaje que ni siquiera sepa hablar - sugirió uno de los soldados.

Fernando contempló a su prisionero pensativamente.

- Creo que es nuestro aspecto quien le infunde tanto pavor - Dijo. Y se quitó la escafandra.

- ¡Hung! - gruñó el hombre al ver aparecer una cabeza bajo el caparazón de vidrio azul. Y sus ojos traslucieron el estupor, la admiración y la alegría que la verdadera identidad del valerano le causaban.

- ¿Nos habías tomado por hombres de cristal? - le preguntó Fernando, siempre en idioma nativo.

- ¡Hung, hung! - gritó el hombre.

Fernando arrugó el entrecejo.

- Me parece que estamos haciendo el idiota - Gruñó -. Ábranle a boca.

El prisionero echó atrás la cabeza tratando de huir de las manos enguantadas de vidrio. Sin embargo, no pudo impedir que un soldado le apretara con fuerza los carrillos obligándole a abrir la boca.

- ¡No tiene lengua!

- Debí de figurármelo - farfulló Fernando -. Se ve a la legua que es un mudo. Vamos, tráiganlo acá.

El grupo echó a andar hacia un grupo de comandos que estaba junto a una de las entradas de la ciudad subterránea. La capitana Leonor Aznar habíase desembarazado de su escafandra para infundir confianza a un par de prisioneros que acababan de sacar sus hombres por la escalera. Cuando Fernando llegó acompañado del mudo, la capitana estaba interrogando a los prisioneros en idioma nativo sin obtener de éstos respuesta alguna.

- ¿Están mudos? - gritó Leonor irritada por el obstinado silencio de los hombres.

Fernando se decidió a intervenir.

- Exactamente. Estos hombres no tienen lengua.

Leonor le lanzó una mirada de desdén.

- ¿Cómo lo sabe?- preguntó.

- Acabo de comprobarlo en la persona de mi prisionero.

Leonor miró perpleja al par de indígenas.

- Ábranles las bocas - ordenó.

El sargento Raga se apresuró a cumplir la orden. Como el nativo capturado por Fernando, los dos nativos tenían la lengua casi cortada de raíz.

- ¡Basta! - dijo Leonor haciendo una mueca de repugnancia.

La teniente Juana Aznar salió por el agujero seguida de un grupo de soldados entre los que se debatían tres hombres y cinco mujeres indígenas, todos miserablemente vestidos. Ellas eran jóvenes e iban casi desnudas. Todas sus ropas consistían en un trapo de tejido basto arrollado al cuerpo. Su suciedad y desaliño emulaban al de sus compañeros varones.

- Esta gente es de lo más salvaje - aseguró Juana -. Por lo visto ni siquiera saben hablar.

Los ojos de Leonor se cruzaron un instante con los de Fernando. La capitana ordenó a sus hombres que examinaran las bocas de aquella gente. Todas estaban vacías. Sus lenguas habían sido mutiladas bárbaramente.

- ¿Quién habrá hecho esto? - murmuró la teniente Juana.

Hubo un breve y elocuente silencio. Y en esta quietud se escuchó el rugido metálico de un a altavoz que gritaba:

- ¡Atención! ¡Se acerca una partida de hombres de cristal!

* * *

CAPITULO IV

OTRA VEZ LOS HOMBRES DE CRISTAL

La voz de alarma procedía de una de las esferas que hablan quedado de vigilancia en el aire. Hubo un momento de estupor en el que todos miraron a su alrededor y hacia arriba buscando a un invisible enemigo. De pronto, una esfera que estaba situada encima del grupo de Fernando, a cosa de un centenar de metros de altura, empezó a disparar con todos sus cañones. Siguiendo la trayectoria de los proyectiles rastreadores, Fernando pudo ver en la distancia una miríada de pequeños puntos que se acercaban volando a tremenda velocidad.

- ¡Pronto, cálense las escafandras y busquen donde esconderse! - Grit6 la capitana Leonor. Aznar. Y dando ejemplo de lo que debía hacerse, se encasquetó su escafandra de vidrio y echó a correr hacia el agujero que conducía a la ciudad subterránea.

Fernando la siguió pisándole los talones. Mientras tanto, las esferas que todavía estaban en el aire se ponían en movimiento saliendo al encuentro del enemigo. Este empezó a disparar con sus ametralladoras desde quinientos metros de distancia. Los pequeños proyectiles atómicos cayeron en forma de lluvia mortal entre los comandos y los indígenas que corrían, derribando a muchos de ellos.

El agujero por donde Fernando se introdujo había sido en otros tiempos una de las escaleras que, dando vueltas al hueco de un colosal ascensor, conducía a las entrañas de Nuevo Madrid. Aquella ciudad, las ciudades terrestres que copiaba, fue construida en sentido inverso, es decir, que sus enormes edificios se clavaban, en las entrañas de la tierra en vez de erguirse hacia el cielo.

Mientras descendían por la escalera, un puñado de proyectiles estallaron sobre la entrada lanzando escaleras abajo un chorro de cascotes y de hombres heridos.

La capitana se detuvo como avergonzada de su primer arranque de temor. Sobre ellos se escuchaba el estrépito de las ametralladoras enemigas y de los cañones de las esferas. La capitana y el teniente se apartaron a un lado dejando paso a un alud de pedruscos, de comandos y de indígenas que bajaban en confuso tropel en busca de las profundidades tenebrosas de la escalera. Cuando hubo pasado el último hombre y dejaron de rodar cascotes, Leonor empuñó con firmeza su fusil y echó escalera arriba.

Fernando la siguió. Ya no caían proyectiles sobre ellos. Al emerger a la luz del Sol, y alzando los ojos al cielo, pudieron presenciar los últimos momentos de una desigual batalla. Al atacar impetuosamente a los blindados, los hombres de cristal acababan de caer en una trampa mortal. Las esferas disparaban con proyectiles de espoleta de proximidad, barriendo materialmente las líneas enemigas. Cuando los hombres de silicio comprendieron su error intentaron batirse en retirada, las esferas se lanzasen en su persecución, volteándoles y precipitándoles al suelo. Luego, los blindados les persiguieren. El combate se fue alejando hasta que se escucharon muy lejos los estallidos de las explosiones.

El peligro parecía conjurado. Las esferas que estaban en tierra y habíanse elevado para tomar parte en el combate se inmovilizaren, quedando a la expectativa.

- Bueno - dijo Fernando -. Esto parece que se aclara. Fueren sin duda los hombres de silicio quienes destruyeren esta ciudad y cortaren la lengua a los nativos.

La capitana Leonor se volvió hacia Fernando.

- ¿Cómo lo sabe? - preguntó.

Y moviendo la cabeza salió al encuentre del jefe del batallón, que venía hacia ellos seguido de una escuadra de comandos. Aunque su rostro permanecía invisible tras el cristal azulado de su escafandra era fácil de identificar por la gran estrella que ostentaba sobre el pecho de su armadura. Don Marcelino debió reconocer a Leonor por algo más que por las tres barras esmaltadas que llevaba sobre su abombado peto.

- ¿Hubo muertos o heridos entre sus hombres, Leonor? - preguntó deteniéndose un momento.

- Creo que sí. Todavía no lo he comprobado. ¿Fueron en verdad los hombres de cristal quienes nos atacaron? - interrogó la capitana.

- Si de eso no cabe la menor duda. Ahora utilizan "backs" como nosotros, pero son ellos, desde luego. Vayan a recoger sus pedazos, y si encuentran alguno con vida no lo rematen: tráiganlo aquí. Voy a ocuparme de los nativos.

El comandante siguió adelante y Leonor se volvió hacia Fernando.

- Puesto que está aquí llame a sus hombres - dijo.

Femando hizo funcionar su aparato de radio llamando a los sargentos de su sección. Un minuto más tarde, los sargentos Luz Rodrigo, Francisco Raga y Salvador Castillo, llegaban seguidos de sus correspondientes pelotones.

- Vamos - dijo Leonor, poniendo en marcha su "back".

Volaron a poca velocidad por encima de las copas de los árboles, escudriñando la enmarañada espesura en busca de los restos de los hombres de cristal.

- ¡Alto! - gritó alguien por la radio -. ¡Acabo de ver uno de esos bichos en el suelo!

- Quienquiera que sea el que ha hablado, que nos guíe - oyó Fernando que decía Leonor.

Uno de los cabos se destacó del grupo y descendió hacia tierra. El grupo le siguió. Fernando, que sólo había visto a los hombres de cristal en los viejos documentales cinematográficos de Valera y en algunas películas de aventuras, sentía la vaga inquietud y curiosidad de quien va a enfrentarse con algo que 1e repugna y atrae a la vez.

La sección aterrizó y los soldados se desparramaron por allí en busca de los restos de las criaturas de silicio.

- ¡Aquí teniente... aquí hay uno! - llamó la sargento Rodrigo haciéndole señas.

Otras voces llamaban desde diversos puntos, dando cuenta de haber encontrado más hombres de cristal. Reprimiendo un instintivo sentimiento de repugnancia, Fernando se acercó al más próximo de aquellos cuerpos y se inclinó sobre él.

Las formas de un hombre de silicio recordaban sólo muy vagamente las humanas. Su cuerpo era un robusto triángulo con la base hacia arriba, dos ángulos que formaban lo que pudiera calificarse de hombros y el último ángulo apuntando hacia abajo. En el centro del lado superior tenía la cabeza: una esfera de cristal transparente en el interior de la cual se veía una bola colorada que irradiaba unas venas rojas en todos sentidos.

Como los seres humanos, la criatura de silicio tenía dos brazos y dos piernas. Los brazos estaban rematados por poderosas pinzas como las de las langostas. Los bordes de estas bocas se veían armados de una fila de colmillos, y en el que observaba Fernando, una repugnante lengua amarilla se estremecía entre las abiertas fauces en las últimas convulsiones de la agonía. Las piernas terminaban en otras pinzas atrofiadas que acabaron por adquirir el aspecto de unas garras de ave de presa.

Fernando, que había estudiado la constitución de los hombres de silicio como ejemplo de las curiosas formas que la vida podía adoptar en otros mundos, sabia que aquella bola colorada situada en el interior de la cabeza de la criatura era, a la vez, corazón, ojo y oído del hombre de cristal.

Los hombres de silicio no respiraban ni oían los ruidos que se producían a su alrededor.

Pero la Naturaleza no había querido privar a estas criaturas de la gracia de poder intercambiar sus pensamientos, y a este electo les dotó de un lenguaje luminoso, . Por medio de señales luminosas, emitidas por su rojo corazón, el hombre de cristal podía comunicar con sus semejantes lanzando una serie de destellos que tenían el valor de un lenguaje. El mismo ojo captaba las señales de sus semejantes y las interpretaba.

Las pinzas no eran sólo las manos de los hombres de cristal, sino también sus bocas. Los estómagos estaban en el interior hueco de los brazos. Estos extraordinarios seres carecían de sexo y se reproducían por si mismos. El hombre de cristal adulto alcanzaba, por termino medio, una estatura de tres metros.

- Mire - dijo Leonor, señalando al hombre de silicio - Eso debe de ser un "back".

Fernando miró detenidamente el aparato. Aunque no fuera exactamente como el suyo, no cabra duda que la máquina que la criatura de silicio llevaba a sus espaldas era un "back" que funcionaba igual al de los valeranos.

Conocedor e a extraordinaria vitalidad de aquellos fantásticos seres, Fernando miraba con desconfianza al caído. Este debía de haber sido víctima del impacto de un proyectil. La explosión le arrancó un brazo y una pierna, agrietándole su vítreo caparazón. La violencia de la caída debió hacer el resto.

- Está muerto - dijo Leonor. Vayamos a ver si encontramos otro en mejor estado.

Unos pasos más allá dieren con el gigantesco cuerpo de un hombre de silicio que media casi tres metros. Parecía en tan buen estado que despertó en el teniente la sospecha de que se hacía el muerto. Pero en aquel Instante, alguien llamó a la capitana por radio:

- ¡Eh, capitán: aquí hay un bicho de estos que se mueve!

Leonor alzó la cabeza y se dirigió hacia un comando que le hacía señas desde la espesura. Fernando la siguió, pero en este momento, un ruido a sus espaldas les hizo volver con rapidez.

Lo que vio le heló la sangre en las venas. El hombre de cristal habíase puesto en pie de un salto y echando a la funda extrajo una pistola.

- ¡Cuidado!- gritó Fernando. Y se lanzó contra el monstruo asiéndole por la pinza armada.

El hombre de cristal, lanzando furiosos destellos por su ojo, alzó el brazo. Fernando se vio levantado en el aire como una pluma y zarandeado violentamente. La pinza derecha del monstruo le propinó un tremendo golpe en la escafandra. Pero Fernando no soltó.

- ¡Socorro... a mí! - gritó el teniente sin soltar su presa.

Leonor volvió atrás y con el ya cuatro o cinco soldados, que se precipitaron a la vez contra el monstruo. La fuerza de este equivalía a la de todos juntos. Dando reveses a diestra y siniestra fue tumbando aquí y allá a los comandos. Hasta que uno de los soldados le asió de una pierna y le hizo perder el equilibrio, derribándole al suelo. Hubo unos minutos de tremenda confusión. Casi toda la sección, atraída por los gritos de los combatientes, se volcó en el lugar, arrojándose sobre el monstruo para asirle de donde mejor podían.

La superioridad numérica pudo al fin contra la fuerza del extraño ser. Hubieron de ser necesarios tres hombres para cada brazo y cada pierna antes que el horrible bicho fuera inmovilizado.

- ¡Pronto... traigan cuerdas... lianas... lo que sea! - gritó Leonor.

Los comandos cortaron un montón de lianas y maniataron, no sin lucha, al monstruo.

- ¡Uff! - exclamó Fernando poniéndose en pie -. Falto bien poco para que esa bestia no me descalabrara.

- Creo que me ha salvado la vida - dijo Leonor. Y tras una corta pausa, añadió: - Muchas gracias.

- ¡Oh, no hay de qué! - protestó Fernando -. Era también mi vida la que peligraba. Si ese bicho llega a disparar, nos liquida a los dos.

Leonor se inclinó y recogió la pistola que el hombre de cristal perdiera en la refriega.

- Mire - dijo mostrándola a Fernando -. ¿Qué le parece?

El joven tomó el arma y le dio vueltas entre sus manos.

- Está fabricada enteramente de cristal – dijo -. Y aunque el disparador y la culata han sido adaptadas a la forma de las manos de las criaturas de silicio, no cabe la menor duda que es una copia de las nuestras.

- Lo mismo que yo estaba pensando - murmuró Leonor. Y volviéndose hacia los soldados, ordenó:- Vean si funciona del "back" de ese bicho y suspéndalo de él. Nos lo llevaremos a remolque.

Mientras los comandos ejecutaban el mandato, comprobando que el "back" funcionaba perfectamente, Leonor y Femando dieron una batida por los alrededores pistola en mano. Vieron dos hombres e cristal despedazados y otro que todavía se movía. Las extrañas criaturas de silicio no tenían esqueleto.

- Vámonos de aquí - dijo Leonor. Es un espectáculo muy desagradable.

- Desde una prudencial distancia, Fernando disparó su pistola contra el hombre de cristal moribundo. El diminuto proyectil atómico despedazó al monstruo.

Cuando regresaron junto al prisionero, éste flotaba en el espacio como un globo, suspendido de su "back" y amarrado a una cuerda cuyo extremo sostenía el sargento Salvador Castillo. Tirando de la cuerda, el grupo regresó a la ciudad derruida. Los soldados del Octavo Batallón estaban sacando a los indígenas de la ciudad. Los oficiales les obligaban a abrir las bocas, comprobando que todos carecían de lengua.

El comandante estaba comunicando con Valera por intermediación del disco volante que continuaba suspendido a diez kilómetros de altura sobre la isla de Nueva España. Al salir del blindado desde el cual estuviera conferenciando, don Marcelino Aznar vio al hombre de cristal, que era el centro de la curiosidad de todos los soldados.

- ¡Vaya! - exclamó agradablemente sorprendido -. ¿Está vivo?

- Y coleando - repuso Leonor. Y a continuación le explicó lo ocurrido, sin omitir la participación de Femando Balmer en la lucha.

- Buen trabajo - dijo don Marcelino. Y tomando la pistola que le tendía la capitana de la Tercera Compañía la examinó con el ceño fruncido.

Copiada de las nuestras - murmuró pensativamente -. No cabe duda que fueron las criaturas de silicio quienes rehaciendo su derruido imperio acabaron con la supremacía de los redentores, apropiándose luego de nuestra técnica...

¿Ha reparado en el "back" que utilizaba esta criatura? - apuntó Femando -. Evidentemente es una copia de los nuestros. Si es como me figuro, el aire debe estar lleno de ondas energéticas. Probablemente de la misma longitud que utilizamos nosotros.

- Su sugerencia es muy interesante. Si es como usted dice probablemente no será necesario llevar con nosotros la planta eléctrica móvil. Los Hombres de Silicio entran y salen por esos túneles, y en ellos seguramente existe fluido eléctrico suficiente para hacer funcionar nuestros "backs". De comprobarlo, ello nos daría mucha mayor movilidad. Incluso podríamos penetrar en el Mundo de Silicio por varios túneles al mismo tiempo.

Cinco grupos operando en rutas y lugares distintos tendrían cinco veces más probabilidades de llegar a alguna parte. Voy a comunicar con el "disco volante" para que averigüen la longitud de onda que utiliza el enemigo.

El comandante se alejó para regresar a la esfera de Comunicaciones. Las Fuerzas Especiales se habían desparramado por todas partes registrando cada palmo de la derruida ciudad.

En el transcurso de una hora los comandos reunieron en un montón una enorme cantidad de los más diversos objetos; viejos utensilios de cocina, cuadros, lámparas, restos de muebles, bicicletas, raquetas de tenis y "sticks"...

- Los subterráneos están llenos de calaveras y huesos humanos - añadió el sargento Castillo.

También fueron capturados hasta casi un centenar de indígenas. Estos sin embargo no habitaban en la ciudad, a la que tal vez consideraban un lugar maldito con su abundancia de restos humanos. Pero, en cambio, venían con frecuencia a este lugar para revolver entre los escombros de utensilios y piezas de metal que luego utilizaban en su rústica industria.

El comandante vino a reunirse con los oficiales a la sombra de un sicómoro de grandes proporciones.

- Comprobado - dijo don Marcelino, que se había despojado de la escafandra y sudaba a chorros -. El aire está cruzado en todas direcciones por las ondas energéticas de las emisoras del enemigo. Hemos localizado algunas de esas antenas, pero no vamos a destruirlas de momento. La longitud de onda del enemigo es la misma que nosotros utilizamos. Las usaremos en nuestro provecho.

- ¿Entonces? - preguntó el capitán Lomas, de la Primera Compañía.

- He expuesto a la decisión del Estado Mayor la idea de utilizar varios túneles simultáneamente para llegar al Reino de Silicio, y les ha parecido una idea estupenda. Cada Compañía operará independientemente de las demás, tratando de aportar cada una el máximo de información que pueda obtener. Cada Compañía utilizará el pasadizo en el mismo orden que los tenemos identificados. Puede que no todos los túneles sean utilizados por el enemigo. Si en alguno encuentro a faltar energía eléctrica, llamen por radio para que acuda la esfera que les acompañará en su camino.

Leonor Aznar asintió.

- Perfectamente - dijo -. ¿Cuándo hemos de salir?

Tendrán que aguardar a la noche. Sospecho que hay ojos de silicio vigilando cada uno de nuestros movimientos. Ellos ven muy mal a plena luz de este sol, porque los rayos ultravioleta que también emite este astro llegan muy atenuados a tierra después de haber pasado a través de la atmósfera. Sin embargo, ven mejor o peor. Pero una vez se oculte el sol, los hombres de silicio no verán una montaña a dos metros de distancia. Saldrán entonces.

CAPITULO V

RUTA DEL INFIERNO

Un destructor de la flota sideral valerana aterrizó en el centro de la ciudad y echó a tierra el equipo pedido por el comandante del batallón.

Mientras el comando recogía todo aquello, el disco volante se acercaba más a tierra y desembarcaba una división de infantería automática, otra división de blindados y un regimiento de artillería atómica. Evidentemente, el Alto Estado Mayor valerano proponíase hacer de la isla una inexpugnable cabeza de puente.

Los miembros de la tercera Compañía se reunieron en tomo a la capitana para estudiar la ruta. El túnel por el cual iban a introducirse tenía unos ochocientos kilómetros de longitud. Trescientos kilómetros más abajo de su entrada se bifurcaba en forma de un tridente.

- Todos los caminos conducen al mismo sitio - dijo Leonor. Pero debemos explorarlos uno por uno. En cuanto lleguemos a esta bifurcación, la primera sección con la teniente Juana tomará el camino de la izquierda. La tercera sección, al mando del teniente Fernando Balmer, oblicuará por el corredor de la derecha. Yo y el teniente Ricardo continuaremos por el pasillo del centro. Nos reuniremos cincuenta kilómetros por delante de la salida del túnel central. A ser posible, estaremos en contacto continuo por radio.

La capitana entregó un mapa a cada oficial y añadió:

- Comeremos media hora antes de ponerse el sol. Haremos otra comida ligera antes de separarnos en la bifurcación de los túneles. Luego es muy posible que no volvamos a ingerir alimentos hasta que salgamos a la superficie del planeta. Llevaremos raciones para tropa en comprimidos, pero ya saben que éstas quedarán inutilizadas por los rayos "Gamma" de cualquier posible explosión atómica que se origine cerca de nosotros.

Mientras el sol descendía sobre la cordillera que aserraba el horizonte, el comandante comió. Cuando el sol acababa de ocultarse tras los montes, la Tercera Compañía tomó su equipo y voló a la altura de las copas de los árboles hacia la cordillera. Sus "backs" utilizaban la energía eléctrica emitida por las emisoras de los hombres de cristal.

Los ortos eran extraordinariamente rápidos en aquellas latitudes. La noche les sorprendió cuando todavía estaban a mitad de camino. Pero no encendieron sus linternas de luz ultravioleta. Leonor temía que hubiera centinelas apostados en las montañas, y los hombres de cristal podían ver aquellas luces. Lo único que hicieron fue encender las luces rojas de situación que todos llevaban en la parte de atrás.

Siguiendo la lucecilla de la capitana, que conducía al comando orientándose por la brújula, la compañía llegó al pie del enorme acantilado en el cual se abría a ruta de la que arrancaba el túnel que llevaba a las entrañas del planeta.

Largas generaciones de hombres habían intentado en el pasado impedir la invasión de las bestias de silicio taponando aquella abertura con una muralla hecha de colosales bloques de granito. La tarea sólo resultó efectiva cuando los primeros terrícolas llegados a Redención, utilizando su avanzada técnica y sus poderosos medios mecánicos, levantaron un muro de cemento armado equivalente al que hubiera sido necesario para contener las aguas de un caudaloso río.

Ahora, sin embargo, el formidable muro yacía derribado. Sólo una explosión atómica pudo lanzar a kilómetros de distancia los enormes bloques de cemento que pesaban centenares de toneladas, y sólo los hombres de silicio pudieron provocarla para volver a tener libre acceso al mundo de carbono A la difusa claridad de las estrellas, los bloques de cemento adoptaban figuras diversas, pareciendo grotescos gigantes montando guardia junto a la entrada del Reino de las tinieblas. El comando pasó sobre los restos de la muralla y penetró en la gruta. Allí se detuvo envuelto en las densas tinieblas.

- Pónganse los anteojos - ordenó Leonor. Pero no enciendan las linternas todavía.

Los soldados, inmóviles en el aire, se quitaron las escafandras para colocarse los anteojos, sujetos por un elástico alrededor de la cabeza. Luego volvieron a calarse las escafandras.

Mirando a través de sus anteojos electrónicos, la oscuridad reinante le parecía todavía más profunda a Fernando.

- No hay peligro oyó decir a Leonor. Pueden encender sus linternas.

Las linternas colgaban de sendas correas sobre los pechos de las armaduras de cristal. Cuando empezaron a encenderse aquí y allá. Fernando vio surgir un fantástico escenario de colosales estalactitas que pendían del techo como un bosque petrificado, grandes manchas de musgo y chorrillos de agua cristalina que iban a formar lagos en el suelo. La gruta era enorme. Los rayos de luz ultravioleta se hundían en sus profundidades sin encontrar el fondo.

- Adelante.

El comando se puso en marcha elevándose hasta que tuvieron que zigzaguear para eludir el topetazo con las pétreas colgaduras de las estalactitas. El techo iba bajando. Las paredes de la gruta estrechábanse. El suelo descendía en una suave pendiente. Al cabo de media hora de marcha, la gruta hablase trocado en un tortuoso túnel por uno de cuyos lados se deslizaba un riachuelo de rapidisima corriente.

Aquí los valeranos empezaron a ver dispersas osamentas humanas. Legiones de hombres debían haber pasado por aquí en forzada ruta hacia las entrañas del planeta. Las calaveras y los huesos eran cada vez más numerosos. Toda la compañía manchaba envuelta en un fantástico silencio, sólo roto por el murmullo del riachuelo que les acompañaba y el apagado rumor de alguna estalactita que, desprendiéndose del techo, rodaba hasta el fondo del corredor despertando medrosos y misteriosos ecos. Aquí y allá iban apareciendo entre los intersticios de las peñas, misérrimas muestras de la flora de silicio, que encontrarían reproducida en mayor escala bajo los rayos del sol ultravioleta que daba vida al reino de cristal. Estos arbustos adoptaban las más variadas y caprichosas formas. Unos parecían pulpos con la cabeza enterrada y los tentáculos moviéndose en el aire. Otros eran delicadas volutas de vidrio que al ser heridas por los rayos de luz brillaban como primorosos encajes de hielo. Otros, en fin, eran simples bolas de cristal armadas de acerados pinchos. En una u otra forma, estas plantas se hacían más grandes a medida que los valeranos se internaban en el túnel.

- Debieron ser las bestias de silicio quienes arrastraron hasta aquí las semillas - dijo Fernando pensativamente.

Pero nadie le contestó. Todos aguardaban en silencio, impresionados, sin duda, por la grandeza misteriosa del mundo hacia el cual marchaban. Volaban devanando el corredor a una velocidad de cincuenta kilómetros por hora. Esto les mantenía en constante tensión, muy abiertos los ojos y preparados los músculos para virar a derecha o izquierda siguiendo las tortuosidades del túnel.

Hacíase sentir el calor. El riachuelo dejó de acompañarles para desaparecer por una estrecha fisura. Bajo sus pies, el fondo del túnel continuaba materialmente cubierto e huesos. Huesos blancos, descarnados, rotos, triturados.

Llevaban recorridos unos ciento cincuenta kilómetros cuando Leonor Aznar dio la voz de alto.

- Vamos a descansar unos minutos - dijo.

Los soldados hicieron girar sus linternas a todos lados buscando donde descansar. A la derecha había una cornisa que estaba a unos veinte metros de altura sobre el fondo del túnel. Era un buen sitio para hacer alto y el comando se dirigió hacia allí.

Los soldados se despojaron de las escafandras para quitarse los anteojos y enjugar el sudor de sus frentes. En esto escuchóse un sordo rumor que llegaba del fondo del túnel..

- ¡Silencio! - clamó Leonor, cortando en seco los comentarios que hacían entre silos comandos -. ¡Apaguen las linternas!

Siguieron unos segundos de silencio. El ruido parecía el que produciría una apisonadora aplastando el lecho de huesos que cubría el piso del túnel

-¿Cree que se trata de hombres de cristal? - preguntó Fernando -

- Es lo más probable ¿no cree? - repuso la capitana.

- Entonces no hay peligro de que oigan nuestras voces - recordó Fernando -. Las criaturas de silicio no pueden percibir ningún ruido.

- Es verdad - murmuró Leonor -. Siempre se me olvida.

- Por lo demás - añadió Fernando -, tampoco debe de tratarse de hombres de silicio. Tengo los anteojos puestos. Si fueran hombres se alumbrarían el camino con lámparas de rayos ultravioleta y yo vería esa luz.

Hubo un momento de silencio. Luego volvió a oírse la voz de Leonor.

- Encienda su linterna y apunte hacia abajo.

Fernando tomó la lampara de luz ultravioleta y la encendió, acercándose al borde de la cornisa. Lanzó el haz de luz hacia abajo y entonces pudo ver una manada de hombres esfera que rodaban hacia la salida del túnel, produciendo el extraño rumor de huesos triturados.

- Hombres esfera - dijo Fernando.

Los comandos se asomaron al borde de la cornisa. Medio centenar de linternas apuntaban hacia bajo. Todos pudieron verá la tropa de monstruos.

Ninguna criatura viva era tan original en sus formas como aquellas que los valeranos veían. Un hombre esfera, tal y como su nombre indicaba, no era otra cosa que una bola de cristal dotada de vida. Los hombres esferas carecían de miembros locomóviles propiamente dichos. Para trasladarse de un punto a otro rodaban simplemente sobre sí mismos; a veces, y en lugares llanos, con prodigiosa rapidez.

Tenían, sin embargó, brazos. Podía comparárseles a un globo terráqueo que rodara sobre la línea del Ecuador y tuviera en cada polo un par de brazos articulados rematados por pinzas. Durante su carrera, cuando el hombre esfera rodaba sobre si mismo, aquellos brazos se recogían o tremolaban en el aire, dando un aspecto fantástico al extraño ser. Como los hombres de cristal, los hombres esfera tenían un corazón alojado en el interior de su cuerpo, que era, a la vez, su ojo y su oído.

No podía haberse llegado a un acuerdo acerca de si los hombres esfera tenían o no un lenguaje inteligente; Pero lo que resultaba cierto era que se entendían en sus señas luminosas, al igual que las criaturas superiores de su mundo.

La manada debería estar compuesta por cerca de un centenar de estas extrañas criaturas que rodaban sobre si y ascendían la cuesta ayudándose de sus vítreos brazos armados de pinzas.

- ¡Qué cosa más horrible! - exclamó la teniente Juana Aznar - ¿Irán a atacar nuestras fuerzas?

- No lo creo - repuso Leonor - Los hombres esferas son unos simples animales dentro de la escala zoológica del Reino de silicio. Los hombres de cristal los combaten como a sus peores enemigos.

El último hombre esfera de la manada se perdió en las lobregueces del túnel. La capitana consideró que ya hablan descansado bastante y dio la voz de marcha. Los soldados volvieron a encasquetarse las escafandras, hicieron funcionar los "backs" y salieron al centro del corredor manteniéndose lo más cerca posible del techo. El vuelo prosiguió así durante tres horas más.

Al llegar a la bifurcación del túnel, el comando se dispuso a descansar a una hendidura que se abría en la pared del túnel.

- Apaguen todas las linternas y coman todo cuanto tengan gana - ordenó la capitana -. Recuerden que es muy posible que no podamos volver a tomar alimentos en dos o tres días. Pueden encenderlas luces de situación. Esas no las verán los hombres de cristal.

Los soldados se desembarazaron de las escafandras y empezaron a comer al difuso resplandor de las luces rojas.

Mientras despachaban sus alimentos concentrados, tarea que no iba a entretenerles más de tres minutos, el centinela que había quedado apostado en la entrada de la que fisura dio un grito de alarma:

- ¡Atención... Hombres de cristal!

Leonor saltó en pie, poniéndose los anteojos y sé encaminó hacia la salida de la grieta. Los demás oficiales le siguieron. Al ponerse los anteojos Fernando vio que el túnel estaba brillantemente iluminado por potentes reflectores de luz ultravioleta. Sin asomar la cabeza, retirados a tres o cuatro metros dentro de la fisura, los valeranos vieron desfilar una nutrida tropa de hombres de silicio.

Volaban a poca altura del suelo, provistos de "backs". Todos llevaban linternas eléctricas muy parecidas a. las de los propios valeranos e iban formidablemente armados y pertrechados. Pasaron con rapidez vertiginosa y se perdieron en la distancia.

- Esos si que van a pelear con nuestras fuerzas - dijo Leonor.

Los oficiales regresaron al interior de la grieta. Los soldados habían despachado ya sus ínfimas y altamente nutritivas raciones de alimentos concentrados.

- En marcha dijo la capitana Y volviéndose hacia Fernando y Juana Aznar, añadió.- Bien. Creo que no tenemos nada más que hablar. Cada una de las secciones seguirá uno de los túneles. Nos reuniremos a cincuenta kilómetros por delante de la salida del túnel central.

- Recuerden que nuestra misión consiste en recoger informes. Rehuyan todo encuentro con los hombres de cristal y no traben combate con ellos a menos que sea absolutamente necesario.

- La compañía se fraccionó allí mismo en tres secciones. La capitana y Ricardo Albert estrecharon las manos de Juana Aznar y de Fernando Balmer. Juana echó por el túnel de la izquierda, la capitana y Albert, por el centro, y Fernando por la derecha.

Fernando llamó a sus hombres y emprendió la marcha.

Volaron durante una hora por el túnel, viendo en el suelo gran cantidad de osamentas humanas. Al cabo de esta hora empezaron a oír un profundo y sordo rumor. En el mapa de Fernando estaba consignada la presencia de un profundo precipicio por cuyo fondo corría un caudaloso río subterráneo.

- Apaguen las linternas y reduzcan la velocidad recomendó Fernando -. Es muy posible que encontremos un puente guardado por el enemigo.

Las linternas fueron apagadas y entonces apareció un resplandor azul por el fondo del túnel. El comando fue a desembocar en una gruta que estaba cortada por un abismo de veinte metros de anchura. En la orilla opuesta podía verse un puente levadizo alzado, enteramente, construido de cristal. Media docena de grandes focos de luz ultravioleta colgaban del techo, permitiendo ver junto al puente una especie de casamata junto a la que se movían unas figuras de centelleos vítreos.

- Hombres de cristal - murmuró Fernando

Vamos a salvar el precipicio pegándonos todo lo posible al techo.

La sección se elevó hasta casi tocar el techo y avanzó lentamente por entre las afiladas agujas de un bosque de estalactitas. A sus pies rugía toscamente el río subterráneo. El cañón era tan hondo que los focos de luz ultravioleta no llegaban a desentrañar las tenebrosidades del fondo.

Unos breves minutos bastaron para llevar al comando de una a otra orilla sobre las cabezas de los cuatro hombres de cristal que custodiaban el puente. Entre el puente y la gruta quedaba una plataforma de unos cincuenta metros de anchura. El comando habiendo llegado a la pared opuesta. Descendió buscando la continuación del túnel. Pero aquí, para sorpresa y disgusto de Fernando, tropezaron con una alta y sólida reja de cristal, a través de la cual brotaba un coro de lamentos.

- ¡Hola! - gruñó el sargento Raga -. Esto no estaba en el mapa.

Fernando contempló la reja con el ceño fruncido. Era tan espesa que un hombre no podría pasar por entre sus barrotes, por muy delgado que fuera. A su vez, los barrotes eran tan fuertes como el acero.

- ¿Qué es ese ruido? - preguntó el sargento Castillo -. ¿No parece el que haría mucha gente junta?

- Creo que hemos dado con una de las famosas cuadras donde los hombres de cristal guardan a los prisioneros humanos que van a servirles de pasto - dijo la sargento María luz.

Un escalofrío recorrió la espina dorsal de Fernando. Sus ojos saltaron de la reja a los hombres de cristal.

- No podemos seguir adelante sin abrir o derribar esta reja – dijo -. Y a la vez, no podemos forzarla sin atraer sobre nosotros la atención de los centinelas.

- Entonces está claro - dijo Salvador Castillo -. Liquidemos a los centinelas, abramos la reja, bajemos el puente y pondremos en libertad a los prisioneros, a la vez que tenemos expedito el paso.

Fernando consideró en silencio la recomendación del sargento. La capitana Aznar le había ordenado que no se buscara complicaciones. Pero Leonor Aznar estaba lejos y él era el jefe de su sección.

- Perfectamente – dijo -. Vamos a desembarazarnos de esos bichos y a soltar los prisioneros. El mecanismo que abre la reja y baja el puente debe estar en aquella casamata. Pero no podemos acercarnos a los guardianes en tanto haya luz. Por lo tanto, vamos a romper esos focos y a bajar sobre los centinelas. Nada de tiros, ¿entendido? Les liquidaremos por el expeditivo sistema de abrirles el cráneo a hachazos.

La sección Balmer, en su inmensa mayoría, asintió dando muestras de entusiasmo.

- Muy bien - dijo el sargento Castillo -. Cuente conmigo.

- Y conmigo - añadió Raga.

- Yo iré también - saltó María Luz Rodrigo.

- No - repuso Fernando -. Usted, irá con su pelotón a romper los focos eléctricos. Procuren no tallar el golpe ni proyectar su sombra sobre los centinelas. Un solo hachazo. Todos a la vez. ¿Entendido?

La sargento asintió dando un cabezazo.

- Usted, Raga, y usted, Castillo, vendrán conmigo contra los centinelas. En cuanto se apaguen los focos esos bichos no verán ni jota, pero nosotros veremos algo gracias a nuestras luces de situación, que ellos no verán. Un sólo hachazo para cada cabeza.

Los sargentos asintieron moviendo afirmativamente sus escafandras.

- Los demás se quedarán aquí - añadió Fernando. Y haciendo seña a los sargentos volvió a elevarse hasta tocar el techo. Este quedaba sumido en sombras por causa de las grandes de los focos. No era fácil que fueran vistos por los hombres de cristal.

Fernando, el sargento Raga y el sargento Castillo se quedaron encima de los centinelas, mientras María luz y su pelotón, enteramente formado por muchachas, iba a tomar posición sobre los focos eléctricos.

- Quitémonos los anteojos - propuso Fernando a los sargentos -. O de lo contrario seremos tan cegatos como los propios hombres de cristal en cuanto rompamos los focos.

Lo hicieron así. Echando atrás sus escafandras se subieron los anteojos electrónicos sobre la frente. Entonces quedaron a oscuras, pero fue sólo un instante, hasta que se acostumbraron a un difuso resplandor rojo túnel. Era el resplandor de una hoguera.

- ¡Hola, teniente! Llamó María Luz por radio -. ¡Nosotras estamos preparadas!

- Nosotros también - repuso Fernando echando mano a su pesada hacha de vidrio. Y los sargentos le imitaron -. ¿Listos? ¡Ahora!

No se produjo ningún ruido cuando la media docena de focos saltaron en pedazos bajo el golpe de las hachas esgrimidas por las valientes comandos. En realidad, ni Fernando ni sus dos compañeros se dieron cuenta del apagón, puesto que no veían ya la luz ultravioleta.

- ¡Ya está! - gritó María Luz Rodrigo con acento triunfal.

- ¡Vamos allá! - gritó Fernando a sus acompañantes. Y haciendo girar uno de los botones incrustados en el antebrazo de su armadura de cristal se lanzó como un halcón sobre los centinelas.

 

CAPITULO VI

LA TRAMPA

Al producirse la rotura de los focos, los hombres de cristal quedaron paralizados. Mientras caía sobre ellos, con la velocidad de un objeto abandonado en el espacio. Fernando les vio lanzar destellos por sus corazones luminosos. Conversaban, sin duda, preguntándose en su ininteligible lenguaje las causas del apagón. Uno de los cuatro monstruos se dirigió hacia la caseta moviendo ante sí sus vítreas pinzas, como sí tanteara a ciegas el camino.

Temiendo que fuera por una lámpara, o simplemente a mover algún interruptor que encendiera o las luces, Fernando alteró el rumbo en el último minuto y cayó sobre él con el hacha enarbolada. Escuchóse un escalofriante crujido, parecido al de una nuez cascada. El durisimo filo del hacha de vidrio que empuñaba Fernando hendió el cráneo de la criatura de silicio de arriba abajo.

Por el tremendo impulso que llevaba, Fernando efectuó un aterrizaje violento, dando varias vueltas sobre sí mismo por el suelo antes de detenerse. El acolchado interior de caucho esponjoso de su armadura le libró de las contusiones.

Saltó en pie para ver cómo los sargentos Castillo y Raga caían hacha en alto sobre otros dos de los monstruos, rajándoles las cabezas como sandias Fernando empuñó con resolución su pesada hacha y lanzóse contra el último de los enemigos que quedaba en pie.

El monstruo se balanceó un momento, se le doblaron las piernas y cayó de bruces en el suelo.

Fernando entró en la caseta a favor del resplandor rojizo que manaba de su lucecilla de situación. A un lado de la puerta vio un cuadro de mandos eléctricos sobre el que a la una pantalla de televisión. Fernando- no sabia, naturalmente, cuál de aquellos mandos servirían para levantar la reja y hacer bajar el puente levadizo, pero supuso que bastaba invertir todos los mandos y así lo hizo.

Al salir de la caseta vio con satisfacción que la colosal plataforma del puente levadizo estaba descendiendo hacia 1aorilía opuesta del barranco. Echó a correr hacia la entrada del túnel, la reja estaba subiendo y los comandos estaban entrando. Fernando les siguió, pudiendo ver un ancho corredor en el que habla, a derecha e izquierda, algunas rejas tras las cuales gemía una apiñada multitud. Era de allí de donde salía el resplandor rojo. Los prisioneros de los hombres de cristal se alumbraban con antorchas.

Junto a cada puerta, fuera del alcance de los prisioneros, se veía una palanca. Al mover las palancas, las rejas subieron silenciosamente dejando en libertad a la multitud.

Pero aunque tenían franco el paso, los nativos no se atrevieron a salir. Miraban con ojos desorbitados por el miedo a las figuras de cristal que corrían por el túnel, tomándoles sin duda por hombres de silicio de nueva figura.

- ¡Salid... marchaos... sois libres! ~- gritaban los comandos corriendo de celda en celda. Pero los nativos no se movieron.

- Ya saldrán por sí solos en cuanto nos vean lejos - dijo Fernando -. Sigamos.

El comando dejó todas las puertas abiertas y continuó avanzando por el corredor. Fernando ordenó que todos volvieran a colocarse los anteojos electrónicos. Su previsión resultó acertada trescientos metros más allá. En el corredor donde estaban los prisioneros los hombres de cristal habían apagado sus focos de luz ultravioleta porque ésta, aún siendo artificial, podía matar en pocas horas a sus prisioneros. Pero más allá, los focos de luz ultravioleta volvían a brillar con una intensidad que disgustó a Fernando.

El túnel estaba desierto. Fernando ordenó a su gente que subiera hasta tocar el techo. Unos minutos más tarde desembocaban en una amplia gruta donde reinaba extraordinaria actividad.

La gruta no era otra cosa que una importante estación de ferrocarril. Todo el piso se veía surcado de brillantes rieles sobre los que maniobraban poderosas locomotoras eléctricas que tiraban de largas hileras de vagonetas. El túnel se prolongaba al otro lado de la gruta. Todos los rieles de la estación iban a parar, finalmente, a dos únicas vías que se adentraban por aquella boca.

A la derecha se veía un andén de carga y descarga donde estaban amontonadas muchas cajas de cristal. Sobre el muelle caían muchas carretillas eléctricas llevando pirámides de aquellas sospechosas cajas. Una cuadrilla de hombres de cristal colocaba las cajas sobre las plataformas de las vagonetas...

- Bueno - farfulló Fernando -. Parece que nos hemos metido en un mal paso. Va a ser difícil que pasemos al otro lado sin ser vistos.

- ¿Por qué no repetimos la aventura de antes? - preguntó el sargento Castillo -. Apaguemos las luces a golpes y continuemos por este túnel de las vías. No cabe duda que nos llevará al Reino de Silicio.

Fernando no tuvo tiempo de protestar de aquella descabellada proposición. En este momento, viéndolos solos, los prisioneros de los hombres de cristal habianse decidido a salir de sus celdas. Solamente que, en vez de huir todos por el puente levadizo, una turba de ellos se lanzó corredor adelante yendo a parar a la gruta donde el comando estaba asomado.

- ¡Maldición! - rugió el sargento Raga -. ¿Dónde van esos imbéciles?

La turba se precipitó alborotando en la estación. Los hombres de cristal que estaban en el andén reaccionaron enseguida. Desenfundaron sus pistolas eléctricas y comenzaron a disparar contra la multitud.

La primera fila de indígenas cayó fulminada. La segunda línea intentó retroceder, pero los de atrás empujaban obligándoles a avanzar. Todo el túnel estaba atestado de hombres y mujeres que, blandiendo humeantes teas sobre sus cabezas, mugían apelotonándose con ceguera de bestias.

La segunda descarga de las pistolas eléctricas tendió hombres y mujeres como la hoja de una guadaña en un sembrado. Al llegar a este punto, Femando Balmer comprendió que no era capaz de presenciar impávido aquella matanza. Hubiera muy bien podido, pasar por encima de los hombres de cristal aprovechando la confusión, pero no lo hizo. Empuñó resueltamente su "metralleta", la asió con ambas manos y apoyando la culata en la cadera hízola tabletear lanzando un chorro de pequeños proyectiles atómicos contra los monstruos de silicio.

Una línea de chisporroteos azules recorrió las filas de los hombres de cristal, encendiendo un rosario, de tremendas explosiones. Volaron en todas direcciones, entre el humo y las llamas, cabezas esféricas, pinzas de brillos vítreos, miembros desgajados de los troncos triangulares y pedazos de vagonetas y maderos. Una docena de ametralladoras, empuñadas por comandos indignados, se unieron a la del teniente, desencadenando un huracán de llamas y sibilantes proyectiles en el centro de la gruta...

Los focos de luz ultravioleta se apagaron, alcanzados por las despedazadas vagonetas y demás proyectiles accidentales que volaban en todas direcciones. Entonces, los comandos quedaron a oscuras.

El teniente Balmer vaciló entre ordenar que encendieran las linternas u ordenar que nadie las encendiera. En la duda, once o doce linternas fueron encendidas por los comandos. Los hombres de cristal, que habían quedado ciegos, efectuaron tres o cuatro disparos contra las luces. Pero las pistolas eléctricas eran impotentes contra los trajes de cristal, totalmente aislantes, que vestían los comandos. Estos contestaron con una descarga cerrada en la dirección que brillaran los latigazos eléctricos. Nadie volvió a disparar con pistola eléctrica.

Femando vio entonces a la luz de su linterna que la muchedumbre retrocedía hacia el puente levadizo. Al fin tomaban el buen camino. Ya no había por qué preocuparse de ellos y los hombres de cristal no daban señales de vida. Era, pues, una magnífica ocasión para continuar hacia el Reino de Silicio por el túnel que seguía la vía férrea.

- ¡Vamos, muchachos! – Gritó Fernando por la radio -. ¡Adelante... al túnel!

El comando puso en marcha sus eyectores atómicos y se lanzó hacia la pared opuesta de la gruta. Pero, entonces, vieron algo inesperado. Una formidable cortina de acero caía desde el techo cerrando el túnel. Los comandos tuvieron que hacer un rápido viraje para no estrellarse contra la sólida muralla que acababa de caer cerrando el túnel.

- ¡Maldición! - bramó Fernando. Y señalando hacia el túnel por el que, acababan de entrar. gritó:- ¡Pronto... atrás! ¡ Retrocedamos!

El comando volvió atrás; penetrando en el túnel y volando sobre las cabezas y las antorchas de los últimos fugitivos para alcanzar el puente levadizo. Pero al llegar a la salida del túnel vieron que una segunda cortina de acero surgía de una ranura del suelo y obturaba el túnel con rapidez. Sólo unos, pocos soldados lograron pasar por la fisura, cada vez más estrecha, que quedaba entre la cortina de acero y el techo del túnel. Uno de ellos no fue bastante rápido y quedó cogido. La fuerza ascensional de la cortina era tal que aplastó completamente al comando.

Fernando apartó los ojos para no presenciar el espeluznante espectáculo y miró lleno de angustia a sus hombres. Con el comando, un centenar de hombres y mujeres indígenas habían quedado también encerrados, entre las dos murallas de acero. Fernando Balmer titubeó unos segundos, inmóvil en el aire y tocando el techo con la cabeza - los soldados, habían quedado igualmente paralizados por la sorpresa.

- ¡Estamos en una trampa! - gritó la sargento María Luz.

- Continuemos adelante - propuso Fernando. Hemos de buscar otra salida.

El comando volvió a volar recorriendo por segunda vez el túnel hasta llegar a la gruta. Fernando viró a la derecha y descendió hacia las tres cuevas que viera antes, desde el aire. Su linterna eléctrica le mostró una de las bocas en forma de arco. Se precipitó por allí, seguido de, sus soldados...

Estaban en un ancho corredor de piso completamente liso. Al fondo, tras una puerta de cristales, se veía una luz; una luz ultravioleta, naturalmente. El comando avanzó por el corredor y entró en una gruta muy espaciosa. Lo que vieron allí les puso los cabellos de punta. Acababan de irrumpir impensadamente en el matadero donde los hombres de cristal descuartizaban a sus presas humanas. Había a la derecha una triple barra de la que colgaban de los pies largas hileras de hombres y mujeres desnudos a quienes habla sido cortada la cabeza. La sangre goteaba sobre unas tinajas de cristal. A la izquierda se veía un largo banco de cristal lleno de miembros humanos.

Fernando hizo un instintivo movimiento de retroceso. Pero se contuvo.

En esto, se escucharon en la gruta, a sus espaldas, unos disparos. Un proyectil atómico estalló contra la puerta de cristales, haciéndola volaren mil fragmentos. Otro proyectil vino inmediatamente detrás, estalló en el fondo de la gruta e hizo volar en todas direcciones un montón de carne humana que esperaba a ser metida en aquellas siniestras cajas de cristal que los comandos vieron cargar sobre los vagones.

Los soldados que iban a retaguardia con el sargento Castillo volvieron atrás, se apostaron junto a la puerta y barrieron el corredor con una lluvia de proyectiles atómicos. Entre tanto, los comandos iban de aquí allá buscando una salida. Los ojos de Fernando descubrieron la boca de lo que parecía un vertedor de desperdicios. Conteniendo sus náuseas, se dirigió allí y empujó la tapa metálica, viendo una rampa que se hundía en el suelo.

- ¡Eh! – Llamó -. ¡Vengan acá!

La sargento María Luz, seguida de su pelotón de esbeltas muchachas, todas temblando de horror, fueron las primeras en acercarse.

Fernando señaló el vertedero.

- ¡Pronto... métanse por ahí!

- ¿Dónde va a dar esto?

- ¿Qué sé yo? - farfulló Fernando -. Supongo que a una alcantarilla... y al río ¿Qué más da?

La sargento sin vacilar más, empuñó resueltamente su ametralladora y se tiró por el agujero. Sus muchachas la siguieron rápidamente y Fernando llamó a los demás. Uno tras otro, los comandos fueron desapareciendo por el ensangrentado tobogán. Quedaron solamente dos soldados, el sargento Castillo y el propio Fernando.

- ¡Vamos, muchachos...! - les gritó Fernando -. ¡Yo les cubriré la retirada...! ¡Atrás. Castillo!

- Váyase usted primero - contestó Castillo lanzando una ráfaga de ametralladora a lo largo del corredor.

Los dos soldados saltaron por el vertedero. En este momento, un proyectil atómico entró por el corredor, chocó en una pared y derrumbó toda la bóveda con tremendo fragor. Castillo retrocedió hasta donde estaba el teniente, pero se negó a saltar primero.

- ¡Vaya usted por delante, mi teniente!

- ¡Cabezota! - rugió Fernando. Y como no era cosa de estar discutiendo con el enérgico Castillo, se lanzó por la trampa creyendo oír en este instante una terrorífica explosión atómica en la misma boca del tobogán.

Se sintió deslizar vertiginosamente sobre una superficie lisa y resbaladiza. Descendió un largo trecho por aquella especie de tobogán y de pronto se vio lanzado al espacio para hundirse unos segundos más tarde en una sustancia blanda que reconoció como agua.

Sintióse bajar envuelto en aquel fluido y luego percibió el firme empuje ascensional que le daban las cámaras llenas de aire de su armadura de cristal...

Había tenido suerte pensó -. Aquel tobogán por donde los matarifes de silicio debían echar los desperdicios de sus víctimas humanas iban a parar, tal y como supusiera, al caudaloso río que se deslizaba por el fondo del cañón. Ahora mismo, al salir a la superficie, daría energía a su "back" y se elevaría en el aire regresando al túnel por el que vinieran...

Pero un suceso imprevisto cortó sus optimistas reflexiones. Su ascensión dentro del agua quedó interrumpida al chocar violentamente con la cabeza contra un tocho de roca que tenía encima. Fernando pensó haberse equivocado. Levantó una mano... y entonces sintió que sus dedos resbalaban velozmente sobre la superficie pulimentada de un teche de roca.

- Estoy metido en un túnel - pensó.

Y la seguridad de que acertaba le llenó de pavor. ¿Dónde iría a parar aquel río? ¿Tal vez al mundo interior de silicio? ¡No! Aquel río no iba a parar a ninguna parte. La fuerza de gravedad del planeta impediría que las aguas subieran hasta el mundo de carbono si descendieran hasta el reino de la naturaleza de silicio. Tal vez después de discurrir durante miles y miles de kilómetros aquel río se perdiera en las misteriosas fisuras de la corteza del planeta...

Fernando lo comprendió así. Y esta certeza le sumió en un profundo terror. Únicamente le quedaba la esperanza de que el río volviera a pasar por una de las grutas comunicada con uno u otro mundo. ¿Pero llegaría vivo, si acaso llegaba? Ni una sola gota de agua entraría a través de las herméticas juntas de su traje. En un mar libre, el traje volador podía ser utilizado también para convertirse en torpedo humano.

El eyector funcionaba lo mismo en el aire que bajo el agua, siempre a condición, naturalmente, de que la antena del aparato receptor de energía eléctrica asomara fuera del agua. En el presente caso, Fernando podría vivir doce horas respirando del oxígeno de los depósitos de su traje. Pero no podía luchar contra la fuerza de la corriente, simplemente, porque no podía sacar la antena de su aparato receptor fuera del agua para captar la electricidad emitida por las estaciones emisoras de los hombres de cristal. Por lo tanto, y a menos que el río volviera a una gruta comunicada con el Reino de Silicio, se vería condenado a errar por las misteriosas rutas de aquel río sin encontrar su fin hasta morir por falta de oxigeno.

CAPITULO VII

UN MUNDO DE CRISTAL

Mientras la corriente le arrastraba, Fernando pensaba en todas estas cosas y sentiase lleno de angustia. Iba a morir y asustado ante la perspectiva de una larga agonía cruzó por su mente el pensamiento de abrir las válvulas de los depósitos de oxigeno para que se llenaran de agua y le arrastraran al fondo acabando de una vez.

Pero éste, era un pensamiento que se contradecía con su vehemente anhelo de vivir. Pensó que Dios no le abandonaría en tan tremendo trance.

Durante dos largas horas, Fernando derivó a impulsos de la violenta corriente en dirección desconocida. La falta de energía eléctrica habíale dejado sumido en la más Impenetrable oscuridad. Su cuerpo dejó de golpear con el pulimentado techo de roca, se sintió ascender bruscamente... ¡la linterna de luz ultravioleta se encendió!.

Levantó las manos lanzando una exclamación de alegría. Sus manos se movieron en el aire libre.

La lamparilla alumbraba por debajo del agua. Fernando no podía ver a su alrededor, pero al poner en marcha su "back", rogando a Dios para que los muchos golpes no lo hubieran estropeado, se vio saliendo del agua de un formidable tirón y flotando en mitad del espacio.

Detrás de los anteojos de la luz ultravioleta, las pupilas de Fernando vieron a su izquierda unos puntos de luz que identificó como linternas iguales a las suyas. Estaban a unos doscientos metros de distancia.

El "back" elevando al valerano, le llev6 hasta dar con la cabeza en un bosque de afiladas estalactitas. Fernando miró hacia aquellas luces. ¿Serían linternas amigas o enemigas?

No. Aquellas linternas sólo podían pertenecer a sus hombres. Y sin pensarlo más, hizo funcionar el eyector de partículas y voló rápidamente hacia las luces. Entonces vio una faja de arena que formaba una playa sobre la que se movían unas figuras humanas.

- ¡Hola, hombres de la sección tercera de la Tercera Compañía! - gritó por radio - ¿Quién vive?

Los que estaban en la playa debían haber visto también la linterna de Fernando.

- ¿Es usted, teniente Balmer? - gritó una voz por los auriculares de Fernando -. ¡Venga acá... estamos en la playa!

El teniente aterrizó en la playa, viéndose inmediatamente rodeado por un grupo de hombres y mujeres vestidos de cristal, que le palparon como para convencerse de que estaba entero.

- ¡Alabado sea Dios! - exclamó la voz de la sargento María Luz Rodrigo -. Temimos que hubiera muerto.

-¿Cómo llegaron basta aquí? - preguntó Fernando sin caer en la vacuidad de su interrogación. ¿Cuántos son ustedes?

María Luz le dio los informes que pedía. Habían con ella siete muchachas de su pelotón, más diez hombres del pelotón de los sargentos Castillo Raga.

- ¿Qué fue del sargento ¿Raga? - Preguntó Fernando -. No recuerdo haberle visto saltar por aquel maldito vertedero.

- Aquí no está repuso María Luz -. Unos dicen que le vieron escapar antes que aquella cortina de hierro cerrara el túnel. A mí me pareció - Verle todavía cuando buscábamos una salida en aquel horrible matadero; pero no me atrevería a jurarlo.

- Puede que llegue alguien más - dijo Fernando -. El sargento Castillo me obligó a saltar primero. No andará muy lejos. Vamos a explorar el río.

Los comandos saltaron en pie. Sus "backs" habían resistido todos los embates de la áspera peregrinación por el río subterráneo y en cuanto a las armaduras de vidrio estaban fabricadas con un cristal tan duro como el diamante, elástico como el mejor de los aceros. Su resistencia decía mucho en elogio de la industria que 1os construyó.

Casi todos continuaban conservando sus ametralladoras y aquéllos que las perdieron tenían aún sus pistolas automáticas en las fundas de plástico. Aunque diezmados, continuaban siendo una unidad combatiente. Fernando les hizo volar a ras de las aguas explorando el río con las linternas.

Las previsiones del joven teniente fueren prontamente recompensadas. Un bulto se acercó semiflotando entre las aguas. Un soldado ayudó a Fernando a extraerle del río y llevado hasta la playa asido por las axilas. Allí le tendieren sobre la arena y Fernando le echó encima el haz de su linterna.

Sobre el pecho de la armadura aparecieron dos barras esmaltadas. Era, pues, un teniente y como sólo había otro del sexo masculino en el comando, y las formas de la armadura denunciaban a éste como hombre, Fernando adivinó aún antes de vede el rostro que se trataba del teniente Ricardo Albert.

- Mire, señor - señaló el soldado que le auxiliaba -. Tiene una pierna destrozada.

Fernando miró y vio que, en efecto, Albert tenía rota la pernera de vidrio de la armadura. Por la rotura escapaba un hilo de sangre.

- Vamos... ayúdeme a quitarle la armadura - apuró Fernando -. Tal vez podamos curarle.

Al quitarle la escafandra, Ricardo Albert lanzó un, gemido. Fernando sabía que no podía verle porque sus anteojos electrónicos no recibían corriente del aparato receptor estropeado. Le alzó sus anteojos sobre la pálida frente.

- A1bert... - llamó.

El teniente abrió los ojos. Pero no veía el haz de luz ultravioleta que le bañaba el rostro.

-¿Quién... quién llama? – Gimió -. ¡No veo...! ¿D6nde estoy?

Soy yo... Balmer. Acabamos de sacarle del río. No ve usted porque le he quitado sus anteojos electrónicos. Vamos a quitarle el traje y ver de cortar esa hemorragia...

Albert hizo una seña negativa con la cabeza.

- Es inútil - susurró en un soplo de voz -. Llevo no sé cuántas horas desangrándome... siento que voy a morir...

- ¡Bah, tonterías! - gruñó Fernando, haciendo señas al soldado para que se apresurara. Y preguntó: -¿Cómo ha venido a parar aquí? . ¿Qué ocurrió?

Albert tardó unos momentos en contestar. Sus ojos, abiertos de par en par, parecieron reflejar todo el horror de alguna escena que acudía a su memoria.

- Una emboscada... todos muertos...

- ¿Qué? - saltó Fernando, creyendo que el herido deliraba.

- Una emboscada... habían dispositivos electrónicos siguiendo todas nuestras andanzas... pero no lo descubrimos hasta que era demasiado tarde... De pronto surgieron ron disparos por todos lados..

-¿Dónde fue eso? - preguntó Fernando ansiosamente.

- Nada más salvar el precipicio... donde el río... Había un puente levadizo echado y nadie por allí... Yo recelé... lo dije a la capitana nada más entrar en el túnel... Y entonces... comenzaron a disparar con ametralladoras desde arriba... desde la derecha... desde la izquierda. "¡Atrás... atrás!", gritó la capitana... Y retrocedimos... los pocos que quedábamos... hacia el precipicio... donde el río...

El joven calló respirando entrecortadamente. Fernando no le hizo ninguna otra pregunta. Sabía bastante. Albert cayó al río y la misma impetuosa corriente le trajo a él y a sus hombres hasta aquí arrastró también a Albert... El soldado acababa de quitarle al herido los pantalones de vidrio y movía la cabeza pesimistamente ante la herida.

Fernando fue a echare un- vistazo. Incluso le pareció sorprendente que hubiera sobrevivido a aquellas horas de errar entre dos aguas.

- Debe de haber perdido una cantidad enorme de sangre - murmuró el soldado.

Fernando regresó junto a la cabeza del herido, pero éste acababa de perder el sentido. Sobre el río danzaban de un lado a otro las luces de las linternas. Continuaba la búsqueda. Esta dio por resultado la pesca de otro miembro de la segunda sección. Lo trajeren hasta la playa. Era una muchacha y estaba muerta, ahogada por el agua que le había entrado por una raja de la escafandra. Mientras examinaba el cadáver, Fernando fue llamado por el soldado que había quedado junto a Albert:

- El teniente Albert acaba de expirar.

Hubo un minuto de silencio.

- ¿Continuamos buscando, señor? - preguntó María luz.

- Déjenlo, creo que es inútil - murmuró Fernando descorazonado. Y señalando los dos cadáveres que yacían sobre la arena, ordenó:- Caven dos fosas para estos compañeros.

* * *

Cuando hubo terminado la sencilla ceremonia de dar sepultura a los cadáveres del teniente Albert y la muchacha. Fernando Balmer miró en torno.

Mientras unos soldados cavaban las fosas en la arena de la estrecha playa. Fernando había efectuado una rápida exploración del techo y las paredes de la gruta, buscando la salida, que creía que existiría en alguna parte. El río, después de salir del túnel subterráneo, volvía a desaparecer en un voraz remolino. En su exposición Fernando no pudo dar con ninguna salida, sin embargo, debe haberla - dijo a los hombres y las mujeres que le rodeaban - Es preciso que la haya y tiene que ir a parar al mundo de silicio, puesto que la electricidad llega hasta aquí y es electricidad emitida en onda de los hombres de cristal.

La búsqueda, esta vez más despacio, dio por resultado el hallazgo de una estrecha grieta entre las estalactitas del techo.

- Puede que sea y puede que no sea ésta la abertura por donde pasan las ondas eléctricas - murmuró Fernando. Sin embargo, probaremos.

Se introdujo el primero por la grieta. Esta era tan estrecha que sólo permitía el paso de un hombre, y aún esto con mucha dificultad. Pero los "back" venían muy a propósito para este difícil escalo, ya que con su ayuda no existía el peligre de una caída al fallar pie.

La ascensión, aún con ayuda de los aparatos era muy difícil y lenta. La grieta en algunos puntos se hacia tan angosta que los valeranos tenían que recorrerla de través en busca de un p aso más accesible. Naturalmente, no disponían de ningún aparato para medir la longitud de su ascensión, pero todos llevaban excelentes cronómetros, impermeables e inoxidables, puesto que estaban enteramente construidos de cristal, y el movimiento de estas máquinas les decía que las horas transcurrían con alarmante rapidez. Sólo habían comenzado a consumir el oxígeno de sus depósitos en el momento de caer al río, porque una válvula inteligentemente dispuesta se cerraba al hundirse en el agua. En el fondo de la gruta había algún oxígeno, pero a medida que ascendía, éste faltaba, lo que apoyaba la teoría de Fernando de que estaban saliendo al interior del planeta.

Antes de llegar a ver ninguna luz ultravioleta natural, los comandos se detuvieron para descansar y rellenar los depósitos de sus armaduras con las botellas que traían a prevención. Algunos habían perdido estas botellas. Les quedaba oxígeno sólo para ocho horas más. El espectro de la muerte por asfixia empezaba a cernerse sobre aquel pequeño grupo, de desesperados. ¿Qué longitud tenía aquella grieta por la que se deslizaban como salamandras? Sólo Dios lo sabía.

Se hacía sentir el calor. Sudando y barbotando, Fernando Balmer trepó un escalón.

- ¡Luz... luz, muchachos!

Era sólo un vago resplandor, pero luz, sin género de dudas. Se lanzaron volando hacia allí, doblaron un recodo... y un disco de luz les cegó obligándoles a cerrar los ojos.

~- El sol ultravioleta del Reino de Silicio - murmuró Fernando muy emocionado -. ¡Quién me había de decir que me alegraría tanto de verlo!

Estaban en una simple cueva. Por una boca muy baja salieron a la cornisa de un acantilado y miraron en rededor...

La fantasía del hombre era demasiado mezquina para imaginar el aspecto del Mundo de Silicio que el comando valerano contemplaba ante sí. Estaban a mitad de la falda de una montaña, a plena luz del extraterrestre sol ultravioleta y ante sus ojos se extendía un magnífico bosque... de cristal.

Las plantas no tenían allí el menor parecido con la flora terrestre o redentora. Eran enormes y adoptaban las más variadas, pintorescas y bellas formas, tendiéndose ante los ojos de los valeranos ladera abajo para prolongarse por una llanura que, a lo lejos, cortaba la línea del mar.

Y junto al mar, los expedicionarios pudieron ver la más fantástica y hermosa de las ciudades que conocieran ojos humanos.

El comando permaneció unos minutos silencioso al filo del barranco. Fue Fernando Balmer quien con su sentido práctico de las cosas recordó que pasaba el tiempo y tenían mucho que hacer.

- A menos que les haya ocurrido algo por el camino – dijo -, la teniente Juana Aznar nos estará esperando con su gente en el punto de reunión.

-¿Por que no tratamos dé entrar en contacto con ellos por radio. - sugirió la sargento María Luz Rodrigo.

- Ya había pensado en ello - repuso Fernando -. Pero no me parece prudente hacerlo. Para comunicar con la primera sección tendríamos que utilizar la onda corta. Los hombres de cristal pueden estar a la escucha y captar nuestra llamada... Quién sabe si no sabrán también interpretarla. Con sus radiogoniómetros fijarían nuestra situación en un instante y nos atraparían. Voy a tratar de hallar el punto de reunión en nuestro mapa. No puede estar demasiado lejos.

Tras algunos cálculos y suposiciones, el teniente creyó tener una idea bastante aproximada del lugar por donde paraba el punto de reunión. El comando se elevó en el aire hasta una altura de veinticinco mil metros y voló quinientos kilómetros en media hora, llegando al punto de reunión. Una vez hallada la salida del túnel, gracias a la doble vía férrea que surgía de él, fue cosa fácil volar 50 kilómetros en línea recta aterrizar en la cima de una colina que era el punto de reunión.

Pero de la teniente Juana Aznar ni su sección no había rastro.

- Tal es tropezaran también con los hombres de cristal - murmuró María Luz Rodrigo.

- ¡Eh, teniente! - gritó una de las muchachas. ¡Aquí¡ - se acercó llevando un papel en la mano.

- ¿ Dónde la encontró?

- Estaba ahí, clavado en la ramita de un arbusto. Parece escrito en caracteres thorbod.

- Está escrito en caracteres thorbod - dijo Fernando alegremente. Y como en su condición de oficial del Ejército Redentor conocía el idioma, leyó con facilidad el mensaje:

Era de la teniente Juana Aznar y decía simplemente:

"Llegados al punto de reunión sin novedad, hemos esperado durante tres horas inútilmente. Proseguimos nuestro raid. Estaremos de regreso en el punto de reunión, Dios mediante y si no hay contratiempo, dentro de ocho, horas, a contar desde este momento, diez treinta horas antemeridiano de Redención. Como no he perdido la esperanza de que alguien llegue hasta aquí, a pesar de tal retraso, dejo la presente nota escrita.- Juana."

- Menos mal que esos llegaron sin novedad - Suspiró María Luz -. ¿Y ahora, qué? ¿Esperamos a la teniente Juana Aznar o nos marchamos?

Fernando miró en torno pensativamente. De pronto creyó ser víctima de un desmayo. La luz se iba de sus ojos. El paisaje se oscurecía como si muchas cortinas de gasa negra fueran cayendo rápidamente una detrás de otras.

- ¡Sargento! - llamó. Y le asombró la clara potencia de su voz sonando en el interior de la propia escafandra.

- ¡Cielos! - oyó que gritaba débilmente María Luz -. ¡Estoy perdiendo la vista!

Fernando se volvió, para mirarla, pero en los breves segundos que empleó para girar la cabeza la luz huyó totalmente de sus pupilas, quedando de pie e inmóvil, en la más completa oscuridad. Y no sólo las tinieblas le envolvían, sino también un silencio denso, doloroso... terrible.

No podía comprender qué era aquello que le ocurría. No sufrió ningún desmayo, puesto que conservaba todavía pleno control de sus ideas. Y sin embargo...

- ¡Sargento! - llamó. Y la voz sonó como un cañonazo en el interior de la escafandra.

De pronto comprendió. Comprendió, lleno de terror, que la perdida de la visión y su sordera para todos los ruidos fuera de su propia escafandra no obedecía a ninguna irregularidad de sus sentidos. Simplemente, las emisoras de los hombres de cristal habían suspendido sus emisiones de ondas energeléctricas. El sol de aquel fantástico mundo de silicio continuaba arrojando sobre él cascadas de luz ultravioleta... pero él no veía aquella luz. No la veía porque sus anteojos electrónicos no funcionaban sin la energía eléctrica que les mandaba el aparato receptor. Y por la misma causa, su aparato de radio tampoco funcionaba y no podía escuchar lo que hablaban sus compañeros ni hacerse oír de, éstos. Su 'back", naturalmente, tampoco funcionaría...

CAPITULO VIII

PRISIONEROS DE LOS HOMBRES DE CRISTAL

Fernando Balmer hubiera querido decir a sus hombres que permanecieran quietos... que no se movieran de sus sitios... que esperaran tranquilos el restablecimiento de la corriente. Pero sin corriente eléctrica los micrófonos y auriculares no funcionaban.

Los soldados empezaron a ir de aquí para allá, chocando unos con otros en mitad de la oscuridad y de aquel opresivo silencio que ponía un zumbido en los oídos. Fernando podía imaginar sin mucho esfuerzo la escena:

Ocho mujeres y once hombres moviéndose de un lado a otro, tanteando el vacío. Y, en lo que era todavía más terrible, imaginaba también la verdad de lo ocurrido.

Era casi seguro que el corte de fluido no era casual. Tal vez los hombres de cristal, después de examinar el cadáver de Leonor Aznar y los hombres que le seguían, hubieran sospechado la presencia de otros seres humanos en su Reino de Silicio. El examen del equipo de la capitana les habría dado a entender que los comandos valeranos estaban aprovechándose de sus propias ondas energeléctricas para avanzar en el reino de las tinieblas. Y en tal caso no era aventurado suponer que los hombres de cristal procedieron a suspender la emisi6n de ondas energeléctricas de las emisoras próximas al comando valerano, dejando a éste inmovilizado y ciego.

Este pensamiento horrorizó al teniente. Podía estar equivocado. Tal vez la interrupción de las ondas energeléctricas se debiera a una ve ría en las estaciones emisoras... ¿quién sabe? Podía ser, incluso, que la secci6n de la teniente Juana Aznar hubiera volado alguna de aquellas emisoras en su raid por el Reino de Silicio:

Fernando se resignó a esperar. Esperó durante quince largos minutos sufriendo de tarde en tarde el choque de alguno de sus soldados, que deambulaban por allí a ciegas. Al cabo de este tiempo; Fernando se sintió cogido por alguien.

-¿Quién es? - preguntó aún a sabiendas de que no iba a obtener respuesta.

Alguien le arrebato la metralleta de un tirón. La mano diestra del teniente bajó rápido hacia la pistolera, pero la funda estaba vacía y la mano que buscaba ansiosamente en ella fue cogida por una tenaza que le dobló el brazo a la espalda con extraordinaria fuerza.

- ¡Hombres de silicio! - exclamó Fernando con terror.

Le esposaron las manos a la espalda. Luego le empujaron obligándole a andar. Descendió dando trompicones la suave pendiente de la colina. Tiraron hacia arriba de él, obligándole a subir un escalón. Los pies de Fernando hollaron un piso completamente liso.

Adivinó que acababan de subirle a bordo de una aeronave. No podía imaginar siquiera la forma del vehículo que, sin duda, utilizaran los hombres dé cristal para llegar hasta el comando, pero esto importaba poco ahora. El resto del comando estaba junto a él. Fernando tropezaba con ellos al moverse.

Sintió un suave empuje. Estaban elevándose en el espacio.

Esto era en sí un hecho extraordinario. Cuando los expatriados de la Tierra que colonizaron Redención lucharon por primera vez contra los hombres de silicio, estas criaturas desconocían en absoluto el arte de volar. Ahora, sin embargo, poseían aeronaves. Fernando pensó que, de la misma forma que los hombres de cristal adoptaron la técnica de las armas terrestres, debieron apodera5e de algunas aeronaves redentoras o, al menos, de la técnica para construirlas.

Fernando supuso que se encontraba con sus hombres a bordo de una especie de falúa con la que ascendían hasta una máquina voladora más grande. Sus suposiciones parecieron resultar acertadas poco después. El aparato que les llevaba se detuvo y los prisioneros fueron obligados a saltar de ella. El suelo que pisaban los pies del comando era duro y liso, seguramente la cubierta de una gran aeronave.

Siempre empujado por las pinzas vítreas, Fernando anduvo un centenar de pasos y se detuvo al tropezar contra una pared. Sintió el choque contra su cuerpo de los que debían ser sus soldados. Quedó quieto un minuto y de pronto la luz volvió a sus ojos.

El paso de la más completa oscuridad a la luz fue tan brusco que el oficial soltó una exclamación de sorpresa y cerró los ojos. Casi instantáneamente escuchó las exclamaciones de sorpresa de sus compañeros. Abrió los ojos y miró.

Estaba en una habitación de unos nueve metros cuadrados de superficie, paredes de cristal y completamente desprovista de muebles. Con él estaban sus hombres, mirándose unos a otros llenos de asombro. Era evidente que habían comprendido dónde estaban y la naturaleza de los seres que les trajeron aquí.

- ¡Prisioneros de los hombres de cristal! - exclamó María Luz Rodrigo -. ¡Que Dios se apiade de nosotros!

Miró en torno al suelo. En un rincón vio, tendido, un cuerpo humano envuelto en una armadura de cristal.

El cristal azul no permitía distinguir los rasgos de la cara detrás de la escafandra, pero en el pecho de la armadura se advertían las tres barras del grado de capitán. Sólo podía ser la capitana Aznar.

- ¡Señorita Aznar! - gritó yendo hasta ella y arrodillándose a su lado.

Los soldados enmudecieron y se apartaron haciendo corro en torno a la capitana.

Fernando sacudió a la muchacha, levantándole la cabeza. Esta debió abrir los ojos y verle.

- ¡Cielos! .- exclamó incorporándose -. ¿Sueño o son ustedes realmente humanos?

- Somos humanos - contestó Fernando con júbilo -. El teniente Fernando Balmer y lo que queda de su maltratada sección.

- ¡Válgame Dios! - exclamó la capitana poniéndose en pie con auxilio de Fernando -. ¿Cómo llegaron aquí?

- ¿Y usted? - preguntó a su vez, Fernando.

- Caímos en una emboscada...

- eso lo sé. Encontramos al teniente Albert moribundo y nos lo refirió. Pero, ¿y después de la emboscada? ¿Qué ocurrió?

- Sencillamente, cuando agoté todos los cartuchos de mi fusil y mi pistola, intenté suicidarme. . - pero no me quedaba una sola bala y no tuve tiempo para recargar la pistola. Los hombres de cristal se arrojaron sobre mí y me hicieren prisionera... Me llevaron corredor adelante hasta una gruta donde nos esperaba un automóvil eléctrico. Me metieron en el vehículo y acompañada de tres de esos horribles hombres de cristal viajé por una autopista hasta que llegamos a la salida del túnel. Allí había muy cerca del suelo un destructor aéreo en el que me hicieron subir... y aquí estoy. Hace cosa de media hora debieron cortar la emisión de ondas energeléctricas. Quedé completamente a oscuras y me dormí. No les oí entrar.

- Recién acabamos de llegar - dijo Fernando -. No sabe cuánto me sorprendió verla aquí. La tenía por muerta.

- Puede decirse que, prácticamente, todos estamos muertos. Pero cuénteme cómo llegaron hasta aquí. ¿Qué les ocurrió?

Fernando refirió, sin omitir detalle, todas sus aventuras desde que se separaron en la bifurcación de los túneles.

- ¿Para qué cree usted que nos querrán vivos los hombres de cristal? - terminó preguntando.

- ¡Oh, eso está claro! - exclamó Leonor Aznar. Seguramente querrán interrogarnos... conocer la fuerza y el número de nuestro ejército...

- Naturalmente - dijo Fernando -, hemos de evitar que nos arranquen una confesión de ese género. Usted dijo que intentó suicidarse. ¿Por qué no probamos a hacerlo de nuevo?

- ¿Cómo? - preguntó Leonor con burla.

- Pues, sencillamente, quitándonos las escafandras. Supongo que pereceremos instantáneamente por asfixia. Pues supone usted mal. Esta habitación está llena de oxígeno.

Fernando miró en torno.

- ¡Ah! - exclamó -. ¿de manera que hay oxígeno aquí

- Sí - repuso la capitana lacónicamente.

- ¡Ah! – Exclamó. ¡De manera que hay oxígeno aquí!

La conversación se generalizó entonces. Algunos soldados, horrorizados ante la perspectiva de ser interrogados por los hombres de cristal proponían los más diversos y disparatados medios para quitarse la vida.

Fernando, mientras tanto, reflexionaba.

- Señorita Aznar - dijo volviéndose hacia Leonor ¿Cómo cree usted que se llevará a cabo el interrogatorio?

- Sencillamente - repuso la capitana -, nos pondrán delante de una máquina traductora y nos harán preguntas que tendremos que contestar. Ya sabe usted que cuando los primeros exilados de la Tierra llegaron a este planeta, los hombres de cristal poseían aparatos que les permitían conversar con los nativos. La voz humana hacía vibrar la luz ultravioleta que los hombres dé silicio podían ver. Debieron estudiar el significado de cada agrupación de destellos luminosos y confeccionar un diccionario que adoptaba la forma de una máquina traductora. Los nativos hablaban ante un micrófono y sus palabras hacían vacilar la luz de un oscilador. La máquina traductora recogía aquellos guiños de luz en una segunda lámpara, en la cual "leían" las criaturas de silicio. Invirtiendo todo el proceso.. Los hombres de cristal hablaban en su idioma ante la segunda lámpara, la máquina traducía su idioma a los parpadeos de luz idénticos a los que encendían las voces humanas y un aparato sonoro convertía las vibraciones luminosas en sonidos que los nativos entendían perfectamente.

- O sea - dijo Fernando pensativamente que cabe muy en lo posible que las criaturas de silicio estudiaran también el idioma español y estén "escuchando" todo cuanto nosotros hablamos en esta habitación.

- se me había ocurrido - murmuró Leonor mirando en torno en busca de algún oculto micrófono. Pero de todas formas, la cosa no tiene demasiada importancia.

- Puede que la tenga - dijo Fernando utilizando ahora el idioma thorbod ó de los hombres grises que siglos antes dominaban todavía en el planeta Tierra -. ¿Cree usted que esas horribles criaturas de silicio entenderán también la lengua tborbod?

- Espero que no - repuso Leonor en el mismo idioma.

- Muy bien, entonces, continuaremos hablando en thorbod. ¿Por qué estamos buscando un medio de suicidarnos cuando es tan sencillo hacer que nos maten? Puesto que de todas formas estamos condenados a morir, no importa que fragüemos los más descabellados planes de fuga, ¿verdad?

Leonor frunció su linda boca en una mueca de sorpresa.

- Ciertamente, no - repuso con lentitud. -

- ¿Pues por qué derrochamos nuestras energías las mentales buscando una forma de suicidio? ¿No seria más útil idear la forma de escapar? Si nos matan en el intento, ¿qué habremos perdido sino la vida que tanto nos pesa ahora?

Leonor guardó un minuto de silencio.

- Confieso que da gusto hablar con usted, teniente Balmer.. Está rebosando lógica por todos sus poros – dijo -. Podemos arrojarnos contra los hombres de cristal cuando vayan a interrogarnos y obligarles a que disparen sus pistolas sobre nosotros... porque no tengo ni la más remota esperanza de salir con vida de esta aventura.

- Cómo ¡Creía que era usted una chica animosa!

- Y lo era, amigo mío... O creía serio, antes de verme metida en este atolladero.

- Eso no es propio de un miembro de la familia Aznar, ¿verdad? - interrogó Balmer con ironía -. Todos los Aznares son valientes.

- Déjese de sutilezas, teniente. Estamos en capilla y ¿todavía tiene ganas de pelea? Por lo demás, las diferencias entre Balmers y Aznares creo que han concluido definitivamente. Balmers y Aznares esperábamos encontrar un planeta, Redención rico, próspero y superpoblado de gentes desocupadas que prestarían oído a nuestras querellas entusiasmados de hallar un motivo de discusión. Pero no ha sido así. Redención no sólo no ha progresado en catorce siglos, sino que se encuentra en peor estado que cuando nuestros antepasados llegaron aquí para continuar la civilización de que eran portadores. La humanidad de silicio domina éste mundo con más efectividad que antes. Y no sé cómo acabará todo esto, pero vencedores u obligados a buscar una tercera patria, Balmers y Aznares tendrán que volver a estrechar sus manos y reunir sus esfuerzos para sacar adelante esta errabunda y maltrecha humanidad.

Fernando Balmer bajo la cabeza avergonzado.

Leonor Aznar también parecía haberse apeado del alto pedestal de su rango y su estirpe. Durante dos largas horas; los dos oficiales charlaron cordialmente. Al cabo de aquellas dos horas, la puerta de la celda se abrió. En su vano aparecieron media docena de hombres de cristal.

Los prisioneros se pusieron de pie retrocediendo instintivamente ante aquellas siniestras figuras. Los monstruos iban armados de pistolas. Eran tan altos que tuvieron que inclinar ligeramente sus cabezas para no topar con el dintel. Entrando en la celda, empujaron a los comandos obligándoles a salir a un pasillo que no difería nada de los que Fernando Balmer había visto á bordo de los buques de la armada sideral redentora.

Todo cuanto veían a su alrededor demostraba quo los hombres de cristal construyeron sus buques copiándolos de los modelos que todavía estaban en servicio en la armada redentora.

La capitana Leonor Aznar tenía algo que decir al respecto.

- Este crucero es exactamente igual a los nuestros. También el automóvil que me llevó a lo largo del túnel era idéntico a los que nosotros utilizamos en Valera. Los hombres de cristal, al arrollar a nuestra humanidad, debieron de apropiarse de toda nuestra técnica, incluso de la aeronáutica.

-¿Cree usted que en el transcurso de estos catorce siglos, 1os hombres de cristal han llegado a formar una fuerza aérea tan fuerte como la nuestra?

- No lo sé repuso Leonor. Es posible. Desde luego, conocen las propiedades de la "dedona". Si encontraron un yacimiento de este metal, es probable que sus fuerzas aéreas igualen y aún superen a las nuestras.

Andando a lo largo del corredor, los prisioneros llegaron a una habitación de dimensiones bastante grandes. Les obligaron a entrar. En el centro de la estancia había unos voluminosos aparatos eléctricos frente a un sillón de acero. Al fondo, tras una mesa más alta de lo corriente, estaban de pie cuatro gigantescos hombres de cristal.

Llevados a empujones por la guardia, los comandos fueron alineados junto a una de las paredes del cuarto. Los ojos de Fernando fueron a caer sobre las cuatro siniestras figuras erguidas tras la mesa. Todos llevaban sobre el pecho unos extraños jeroglíficos, que el valerano pensó serían, tal vez, distintivos de algún rango superior.

Luego, no cabía duda que aquellos cuatro monstruos mandaban y los seis cancerberos obedecían. El "ojo" colorado de uno de los hombres de cristal que estaba tras la mesa centelleó rápidamente, como transmitiendo un mensaje luminoso en un alfabeto Morse ininteligible para Fernando.

El "ojo" de uno de los guardianes parpadeó también. De resultas de aquella silenciosa "conversación", dos de los cancerberos avanzaron hacia Leonor Aznar, la asieron uno de cada brazo y la llevaron en volandas hasta dejarla frente a la mesa. Iba a empezar el interrogatorio.

CAPITULO IX

INTENTO DESESPERADO

El rojo corazón alojado en el interior de la cabeza del monstruo que parecía dar las órdenes, parpadeó rápidamente. Uno de los hombres de cristal que estaba junto a Leonor despojó a ésta de su escafandra, depositándola sobre la mesa. Llego fue hasta la máquina y movió con sus pinzas algunas palancas. Una lámpara se encendió con luz roja.

El monstruo de silicio, que parecía ir a dirigir interrogatorio, volvió a hacer parpadear su rojo corazón. Fernando vio temblar la lámpara roja, e instantáneamente, un altavoz habló en castellano:

- Tú eres oficial en el ejército de las bestias, ¿verdad?

Los comandos se miraron unos a otro con sobresalto. Leonor, que esperaba aquello, permaneció impávida ante sus jueces, con la cabeza erguida y las manos esposadas a la espalda.

- No sé lo que queréis decir.. hombre de silicio - dijo con altanería, dando a entender que conocía la procedencia de la voz que le hablaba.

La roja pupila del monstruo volvió a centellear. El altavoz habló:

- Sabes perfectamente lo que quiere decir. Son bestias todos los seres de tu misma naturaleza.

- El hombre, si a él te refieres - repuso Leonor - es la criatura más inteligente de la creación. ¿Cómo puedes llamar bestias a unos seres de los que vosotros habéis copiado la técnica de todo cuanto nos rodea?

- Somos una naturaleza todavía joven - repuso el hombre de cristal por el altavoz -. Por lo demás, no te he llamado aquí para discutir contigo, sino para que contestes a mis preguntas. Queremos saber de dónde venís, cuáles son vuestras intenciones. No intentes negarte, hemos estudiado vuestra naturaleza y sabemos cómo arrancares los más grandes gritos de dolor.

- No esperes que conteste a ninguna de esas preguntas - repuso Leonor con altivez -. Puedes emplear los métodos que quieras. No has de arrancarme una sola palabra.

- ¿Quieres decir que estás dispuesta a soportar la tortura?

El hombre de cristal permaneció mudo durante unos segundos.

- Muy bien - dijo finalmente -. Coged esa bestia y ponedla en la silla del tormento.

Los dos guardianes de Leonor, indudablemente, no hablan oído las palabras del altavoz, pero habían seguido los destellos luminosos del rojo corazón de su jefe, y asiendo a la capitana de ambos brazos, la arrastraren hasta el pie de la silla metálica. Uno de los hombres de cristal le quitó los anteojos electrónicos mientras el otro la despojaba de las esposas utilizando una llave.

Fernando comprendió que Leonor no osaría hacer ningún movimiento de rebeldía. A menos que consiguiera apoderarse de una pistola, los hombres de cristal no se considerarían en peligro y no dispararían contra ella. Y, por lo demás, Leonor era demasiado débil frente a la fuerza hercúlea de aquellos gigantones de dos metros y medio de estatura.

- Dando muestras de extraordinaria habilidad, los dos cancerberos despojaren a Leonor de su armadura quitándole pieza por pieza. Leonor apareció a los ojos de Fernando vestida con el ligero traje de los soldados de Infantería Aérea solían llevar bajo el equipo: una simple blusa que le llegaba a la esbelta cintura y un calzón corto. Los esbirros arrastraron a la muchacha hasta la silla y la obligaron a tomar asiento, sujetándole a los brazos del sillón por medio de unas correas - Fernando supuso que se trataba de una silla eléctrica, y sus sospechas no iban mal encaminadas.

- ¿Continúas empeñada en no contestar a mis preguntas? - interrogó el gigante de silicio.

Leonor Aznar ni siquiera contestó. Sus espléndidos ojos negros volviéronse hacia los de Fernando como en buscad e ayuda. El teniente leyó en aquellas pupilas el temor.

- Perfectamente - dijo el hombre de cristal. Y apretó uno de los botones que tenía sobre el tablero de su mesa.

Leonor Aznar se estremeció de pies a cabeza, lanzó 1un terrorífico aullido. Fernando sintió erizársele los cabellos de horror. La corriente que sacudía a la capitana no duró más que unos breves segundos. El hombre de cristal interrumpió la corriente y preguntó:

- ¿Has cambiado de parecer?

Leonor apretó sus pálidos labios en un gesto de fiera obstinación y movió la cabeza de un lado a otro. El hombre de cristal apretó un segundo botón. Aquella vez, el grito que profirió la capitana heló la sangre en las venas de los comandos.

- ¡Hable, señorita! - gritó María Luz sollozando -. ¡Estos monstruos la harán pedazos!

- ¡No! chilló Leonor histéricamente -. ¡No hablaré! ¡No... no... no...!

El hombre de silicio apretó el tercer botón. Leonor soltó un chillido soltó un chillido espeluznante dio un bote en la silla y se desmayó, dejando caer la barbilla sobre el pecho.

Fernando exhaló un suspiro de alivio al comprender que la muchacha ya no sentía ningún dolor.

Uno de los monstruos de cristal asió los cabellos de la joven, le obligó a levantar la cabeza, golpeándola contra el respaldo de la silla y dijo:

- Duerme. Está inconsciente.

- ¡Sacadla de la silla - ordenó imperiosamente el hombre de cristal que dirigía la macabra escena -. Hablará más tarde, en cuanto se reponga. Estas inmundas bestias son blandas como el agua. ¡Traed al teniente!

Fernando dio un brinco de sobresalto. Hasta este momento había presenciado el suplicio de Leonor sufriendo lo indecible, más olvidado que también a él le llegaría el turno. Mientras los esbirros desabrochaban las correas que sujetaban los brazos de Leonor y la sacaban de la silla, otros dos monstruos fueren hasta Fernando sin titubeos, le asieren uno de cada brazo y le pusieren frente a la mesa.

- Ya has presenciado la tortura de tu hembra - bramó el altavoz a la vez que centelleaba el ojo luminoso del monstruo -. Os hemos permitido conservar esos anteojos para que vierais lo que hacemos con los animales obstinados. Tú hablarás, ¿verdad?

Fernando inclinó la cabeza como si meditara. Lo que hacía en realidad era mirar con el rabillo del ojo las pistoleras que sus guardianes llevaban colgando sobre el pecho. Aquellas pistolas tenían una culata y un resorte de disparo adaptado a la especial configuración de los miembros aprehensores de las criaturas de silicio. La culata tenia la forma de una espátula para asir con las pinzas, y el disparador era un botón situado en el extremo de este extraño mango. Los hombres de cristal, calculó Fernando, dispararían aquellas armas haciendo presión con la lengua sobre el botón.

Las pistolas, aunque idénticas en los demás detalles a las del ejército redentor, eran casi el doble de grandes, y más podía llamárseles fusiles...

la metálica voz de la máquina traductora arrancó a Fernando de su profunda abstracción:

- ¡Contesta, miserable bestia! - rugió el altavoz -. ¿Vas a contestar a mis preguntas? ¿Sí o no?

- No - repuso Fernando lacónicamente.

- ¡A la silla! - rugió el altavoz a la vez que el monstruo levantaba uno de sus vítreos brazos señalando el sillón eléctrico.

Los dos gigantes de silicio levantaron a Fernando en el aire y, uno de cada brazo, le llevaron de espaldas hasta el pie de la silla. los dos monstruos de silicio que habían permanecido mudos hasta entonces, aprovecharen la pausa para dar consejos al director del suplicio:

- Te has precipitado demasiado, Malik. La primera dosis de corriente es bastante fuerte para hacerles gritar de dolor. Esos bichos son muy débiles y quedan dormidos enseguida.

- Este hablará - aseguró el director del infernal concilio.

Entre tanto, los esbirros dejaban a Femando de pie junto al tendido e inmóvil cuerpo de Leonor Aznar y se disponían a quitarle la armadura. Este era el momento tan ansiosamente esperado por el oficial valerano. Rogó a Dios mentalmente para que el monstruo que iba a quitarle las esposas se adelantara por lo menos dos segundos al que levantaba sus pinzas para despojarle de los anteojos electrónicos.

Puso tirantes las muñecas para que las esposas saltaran apenas quitado el pestillo... las pinzas del otro monstruo iban ya a coger sus anteojos... ¡las esposas saltaron!

Rápido como una centella, Femando Balmer echó mano a la culata de la pistola que tenía ante sí, colgando del cuello del hombre de silicio, y tiró de ella a la vez que agachaba la cabeza para escapar a las enormes pinzas de vidrio que iban a dejarle ciego.

- ¡A ellos, muchachos! - gritó con todas sus fuerzas, plantándose de un salto a dos metros de distancia de la silla.

Hubo un segundo de general estupor, durante el cual. Femando apoyó la exótica culata de la pistola contra su hombro forrado de vidrio, dirigió la boca contra los dos monstruos que habían quedado paralizados y oprimía el arma contra su hombre hundiendo el botón y disparando.

La instrucción de los comandos en la Escuela de Tropas Especiales comprendía largos ejercicios para adiestrar a los futuros soldados del aire en una reacción y acción instantánea, En este sentido, los cerebros humanos demostraron poseer mayor agilidad que los cerebros de silicio.

Fernando Balmer disparó primero contra el que primero demostró hacerse cargo de la situación, esto es, contra aquél que le quitara las esposas. Tronó el arma y brilló el cegador fogonazo de la explosión atómica. Una explosión así en un cuarto cerrado podía compararse a la de una bomba de mano. Un ciclón barrió el cuarto, lanzando a los hombres contra las paredes, derribando la mesa, volteando la silla y dispersando en todas direcciones pedazos del caparazón del hombre de cristal que encajara el disparo.

Un globo de fuego de dos metros de diámetro brilló cegadoramente en mitad de la estancia, irradiando formidable calor. Fernando sintió su rostro abrasado mientras era arrojado violentamente de espaldas contra una pared, donde se golpeó con la nuca.

Quedó sentado en el suelo, medio atontado y mirando en torno. Junto a la máquina traductora yacían los pedazos del hombre de cristal que le quitó poco antes las esposas, y unos me tres más allá estaba, con la cabeza abierta, el monstruo de silicio que iba a despojarle de los anteojos.

En realidad, y al menos por aquel momento, eran los anteojos quienes libraren a Fernando de quedar ciego. La luz ultravioleta continuaba brillando, y así pudo ver también que dos de los monstruos de cristal estaban envueltos en confuso montón con los comandos. Otros dos fueren a parar al rincón opuesto, y entre la pared y la mesa se revolvían los cuatro gigantes de silicio que dirigieran el interrogatorio.

Los dos hombres de cristal del rincón se ponían en pie. Fernando no dudó un sólo instante. Disparó contra ellos desde la posición de sentado, y un nuevo huracán barrió el cuarto, haciendo resbalar por el brillante piso, hasta dejarlo junto a él, el cuerpo de Leonor Aznar.

El globo de fuego estaba ahora más lejos, pero Fernando volvió a sentir el abrasador calor del estallido atómico. Sabía que acababa de recibir una descarga mortal de rayos "gamma", y que sus horas de vida estaban contadas... a menos que consiguiera salir de allí y volar sin pérdida de tiempo hasta reunirse con sus fuerzas, donde los médicos salvarían los glóbulos rojos de su sangre de la total destrucción.

Pero Fernando no confiaba en poder escapar con bastante tiempo, ni siquiera con tiempo alguno. Todavía quedaban dos hombres de cristal armados, cuatro gigantescos monstruos desarmados... y los demás que tripulaban el buque no tardarían en acudir atraídos por el fragor de las explosiones.

Sin embargo, sentía una loca alegría interior. Sabíase dueño de un arma de mortífero poder destructor. No caería vivo en mano de sus enemigos. Los diabólicos hombres de cristal no se recrearían del espectáculo de su dolor, de su angustia y agonía. No sabrían una sola palabra de sus labios... ni de labios de los demás compañeros. ¡Los mataría a todos! ¡Mataría también a Leonor...!

¿A Leonor? La miró tendida e inmóvil junto a él. ¡Pobre muchacha! La descarga de neutrones de los estallidos atómicos era más grave todavía en ella, puesto que no iba ni ligeramente protegida por la armadura de cristal.

En este momento, uno de los comandos se puso en pie. Milagrosamente había quedado en libertad al romperse la cadena de sus esposas. Corrió hacia uno de los hombres de cristal que rodaba abrazando con los soldados y recogió una pistola atómica del suelo. ¡Ya eran dos hombres armados frente a los monstruos!

Los infantes del aire habían reaccionado con rapidez arrojándose contra los dos hombres de cristal. Poco podían hacer, estando esposados como estaban. Sin embargo, daban muestras de una fiera voluntad de vencer empujando a los monstruos con sus cabezas, sus pies y hombros.

Fernando volvió, hacia el rincón donde los cuatro gigantes de silicio se ponían en pie tras la mesa... disparó dos veces contra ellos... luego otra...

La habitación parecía un infierno, llena de humo, de fogonazos y de fragmentos de monstruos que surcaban el aire para rebotar como proyectiles contra las paredes. Una escafandra rodó hasta los pies de Fernando. Era la suya, pero no intentó cogerla, ¿para qué?

Miró en tomo a través del humo y vio que la situación había cambiado. El comando estaba abriendo las esposas de sus compañeros. Dios sabría cómo dio con la llave en mitad de aquel caos, pero el caso era que la encontró y estaba liberando a los infantes del aire.

- "Esto cambia de aspecto" - pensó Femando. Y tomando la escafandra de vidrio se la puso, ajustándola en cuatro segundos.

En un rincón del cuarto, una docena de comandos bregaban afanosamente con los dos monstruos de silicio. Por encima del alboroto se veía la mano de la sargento María Luz Rodrigo haciendo centellear un par de esposas.

- ¡Sujetadle ese brazo... ahora! ¡Muy bien... el otro... el otro! ¡Tirad hacia aquí...! Oía Femando gritar por sus propios auriculares.

No comprendió qué intentaban hacer sus camaradas hasta que la sargento María Luz se puso en pie triunfalmente. Entre ella y los comandos acababan de colocar dos pares de esposas a los monstruos, uniendo la articulación de la muñeca de uno a la del otro. Luego reforzaron las cadenas, poniéndoles otros pares de esposas en los pies y en los brazos. De vez en cuando, un comando salía disparado de espaldas al encajar una patada de los monstruos, pero volvían obstinadamente a la carga, y al fin consiguieron dejarles sólidamente maniatados.

Entre tanto, Femando habíase inclinado sobre Leonor Aznar. La muchacha abrió los ojos. Pero sin los anteojos electrónicos no veía la luz ultravioleta, y tampoco nada de cuanto ocurría a su alrededor.

- ¡Teniente Balmer! - clamó fijando sus hermosas pupilas en el vacío.

- Aquí estoy.

- ¿Qué es... ese ruido?

- Estamos dando una paliza a los bichos de silicio. Conseguí arrebatarle una pistola a un centinela y la emprendí a tiros con ellos.

¿Tiene todavía pistola?

- Desde luego.

- Entonces, dispare sobre mí.

Femando la miró a través de sus anteojos electrónicos. Y, de repente, sintió que toda su sangre se sublevaba ante la idea de tener que matar a aquella hermosa mujer.

- ¡No! – Rugió -. ¡No morirá!

- ¿Qué dice, teniente? ¿Se ha vuelto loco?

-¡ La sacaré de aquí! ¡No quiero que muera usted, Leonor! ¡Y tampoco yo quiero morir! ¡Sargento Rodrigo!

La muchacha acudió rápidamente. Sus soldados estaban luchando a brazo partido contra el único de los cuatro jefes de silicio que se encontraba en situación de ofrecer resistencia, precisamente el mismo que había dirigido el interrogatorio y el suplicio de Leonor Aznar.

- ¿Cuántos minutos necesita usted para armar a la capitana con su traje de cristal? - preguntó Femando a María Luz.

-¡Oh! Solamente tres minutos.

- Vístala en dos - ordenó Femando poniéndose en pie -

Miró a su alrededor para apreciar la situación. Siete de los diez monstruos yacían despedazados o inmóviles por toda la habitación. Dos se agitaban convulsamente tratando de romper las cadenas de la docena de pares de esposas que les mantenían unidos de pies y muñecas. Quince hombres y mujeres del comando bregaban con el jefe de los monstruos, aquel llamado Malik, aferrándolo con los pares de esposas que quedaban.

Fernando miró a la puerta. Esta tenía un cierre hermético de presión. El cuarto estaba lleno de oxígeno. El teniente se preguntó por qué tardarían tanto en acudir los tripulantes del buque... y entonces recordó que las criaturas de silicio eran totalmente sordas para los ruidos que se producían a su alrededor.

Este recuerdo pareció verter en sus venas un río de sangre ardiente y tumultuosa. ¡La tripulación del buque ni se había enterado de lo ocurrido dentro de aquel cuarto lleno de oxígeno, donde seguramente tenían prohibido entrar para que no escapara al aire que mantenía vivos a los prisioneros!

La sargento María Luz Rodrigo, auxiliada por otra muchacha, estaba ya poniendo a Leonor los anteojos electrónicos especiales para ver la luz ultravioleta. Le pusieren también la escafandra y la cerraron herméticamente sobre el descote con juntura de caucho. Cinco hombres armados de cinco enormes pistolas atómicas rodearon a Femando, después de dejar maniatado a Malik, cuyo rojo corazón centelleaba furiosamente. Leonor Aznar vino también vacilando sobre sus inseguras piernas.

- Todo esto es absurdo, teniente Balmer - dijo la capitana -. Nunca conseguiremos hacemos dueños de este buque.

- Los muchachos no lo creen así - repuso Femando señalando a los comandos - de lo contrario no hubieran luchado para reducir a los monstruos.

Leonor Aznar volvió la cabeza hacia sus hombres y mujeres.

- Bien - dijo la capitana -. Adelante. Nada podemos perder, excepto la vida. Y ésta ya la tenemos perdida de todas formas.

Fernando Balmer soltó un gruñido y se encaminó hacia la puerta seguido de los demás. Movió la palanca y tiró con fuerza de la pesada puerta. Salió al pasillo. Todo cuanto veía le resultaba familiar. Había estado ocho meses estudiando las características de las unidades de la Armada Sideral Redentora y su funcionamiento, así como la navegación astronómica y submarina en la esperanza de pasar como oficial a la flota. Y aunque un tribunal formado por profesores de la familia Aznar le suspendió, estaba suficientemente instruido para moverse con soltura a bordo de un crucero que era fiel copia de los redentores.

- El cuarto de derrota debe estar por ahí - dijo señalando el final del corredor.

Avanzaron por el brillante y pulido piso de cristal. El corredor formaba un recodo, y al volver este recodo se encontraren de manos a boca con un grupo de cuatro hombres de cristal que venían en dirección contraria.

Los monstruos de silicio iban armados de pistolas y llevaron inmediatamente sus horribles pinzas a las fundas, lanzando rápidos destellos por sus extraterrestres pupilas.

CAPITULO X

CAMINO DE LA ESPERANZA

Pero los comandos llevaban las pistolas empuñadas y fueron los primeros en disparar. Cuatro proyectiles atómicos volaron a lo largo del corredor, estallando entre los hombres de cristal.

Brillaron cuatro cegadores globos de fuego. Un puñado de pinzas y fragmentos de hombre de cristal volaron pasillo adelante como proyectiles, derribando a buen número de comandos.

Hubo un momento de confusión, durante el cual los que habían quedado de pie ayudaron a incorporarse a los caídos. En esta pausa, Fernando Balmer alzó los ojos hacia una lucecilla que se encendía y apagaba rápidamente cerca del techo. Conocía su significado. Al producirse cualquier explosión atómica a bordo del buque, un dispositivo automático daba la alarma y cerraba los compartimentos estancos. No era fácil que pudieran llegar en estas condiciones a la cámara de derrota. Sólo nos queda la esperanza de llegar a la cubierta de botes y tomar alguna chalupa.

El grupo, ya repuesto de los brutales golpes, estaba en pie y echó a correr atrás, volviendo a pasar ante la habitación donde se desarrollara la primera batalla.

Al doblar un recodo vieron en el suelo una redonda escotilla que conducía a la cubierta inferior.

- ¡Por aquí! - gritó Fernando.

Debajo de la escotilla había una escalerilla, por la que Fernando descendió velozmente. Se vio en un corredor idéntico al de arriba. Dos metros más allá había otra escotilla abierta en el suelo. El joven se descolgó por una segunda escalerilla. Al final estaba la "cubierta de botes".

Esta consistía en un ancho departamento, una especie de corredor tres veces más ancho que los de arriba. En el centro, y a una distancia de veinte metros unas de otras, se veían cuatro sólidas escotillas empotradas en el piso. Fernando se dirigió hacia la más próxima, hizo girar el volante de presión y llamó en su auxilio a los hombres que acababan de bajar tras él.

- ¡Vengan... ayúdenme!

Tres hombres unieron sus fuerzas a las de Femando tirando de la pesada tapa hacia arriba. Esta giró sobre unas bisagras y al abrirse encendió automáticamente una luz que habla debajo. Esta luz, como todas las de a borlo, era ultravioleta, Fernando pudo ver por el agujero un compartimento en el que había alojado una aeronave de finas líneas. En el techo de este aparato, que en la Armada Sideral Redentora recibía el nombre de "falúa", se abría una escotilla de acceso que coincidía con la abertura de la trampa que los comandos acababan de levantar.

- Salten - ordenó Fernando señalando el agujero.

Los comandos se arrojaron por allí, yendo a caer dentro de la falúa. Fernando permaneció de pie junto a la escotilla, apremiando con voces y ademanes a los que todavía estaban bajando por la escalerilla de la cubierta superior. Leonor llegó jadeando y se detuvo junto al teniente.

- ¡Vamos! - chilló Fernando -. ¿A qué espera? ¡Salte por ahí!

- Soy el capitán de este comando - repuso la muchacha Me corresponde saltar en ultimo lugar.

- ¡Tonterías! - exclamó Fernando -. ¡Salte!

Leonor Aznar continuó inmóvil. Mientras tanto, los miembros del comando seguían cayendo en la cubierta de botes e introduciéndose por la escotilla hasta la falúa. Fernando asió a Leonor Aznar de la cintura, la empujó hacia la escotilla y la forzó a bajar.

La cabeza de Leonor desapareció por el agujero. El último de los comandos se descolgó del piso superior y llegó junto a Fernando.

- ¿Queda alguien más?

- Nadie.

- ¡Salte!

El soldado se tiró por agujero y Femando le siguió. Cuando se introducía por el agujero vio descender por la escalerilla las garras de un hombre de cristal. Pero el joven no se entretuvo siquiera en disparar contra el monstruo. Se acabó de descolgar y apretó el botón que cerraba la escotilla. La trampa de metal caía cuando brilló el fogonazo de una explosión atómica. Esta no hizo más que ayudar a la compuerta a cerrarse.

Fernando se dejó caer de pie dentro de la falúa. La luz habíase encendido también automáticamente en la falúa al abrirse la escotilla de acceso. Femando pudo ver que la distribución interior era lo único que se diferenciaba de las aeronaves de este tipo, utilizadas por los buques de la Armada Redentora. En las aeronaves valeranas, los botes de salvamento tenían filas de sillones con cinturones de seguridad. Pero los hombres de cristal desconocían el uso de las sillas. Ellos no se sentaban jamás, y por este motivo la falúa carecía de asientos. En cambio tenía unos pasamanos a los que los monstruos debían asirse mientras la embarcación navegaba.

- ¡Cierren la escotilla! - ordenó Fernando. Y abriéndose paso entre los comandos fue hasta la proa del aparato.

El piloto tenía asiento. Su puesto estaba situado por una especie de palquillo, rodeado de un pasamano de cristal. Fernando se introdujo en el palco y empezó a mover las palancas y botones del cuadro de mandos. Leonor Aznar fue a situarse tras sus espaldas.

- ¿Cree que sabrá poner en marcha este chisme? - preguntó.

- ¡Oh, desde luego!, - aseguró Fernando distraídamente.

Se escuchó el zumbido del motor atómico al ponerse en marcha. Fernando movió los mandos. Una compuerta se abrió debajo de la falúa precipitándola al espacio. La luz del sol irrumpió en la cabina acristalada.

- ¡Oh, miren! - señaló Leonor a través del cristal.

Fernando miró y vio que estaban cayendo sobre una gran ciudad de cristal, donde los edificios adoptaban las formas de cúpulas, de las que sobresalían altísimos y esbeltos minaretes rematados de afiladas agujas. Los caparazones, que no medirían menos de un kilómetro de diámetro, formaban dibujos geométricos sobre la superficie del suelo. Por entre los edificios se velan calles, brillantes como espejos, por las que circulaban gran número de automóviles.

Mas aunque la ciudad era muy original, y hermosa, Fernando Balmer sólo le dedicó una superficial mirada. Echando adelante la palanca aceleradora miró al través de los cristales de la cabina hacia el crucero del que acababan de desprenderse. Este estaba suspendido en completa inmovilidad sobre la urbe y, al menos por entonces, no daba señales de ponerse en movimiento.

La falúa partió como un rayo sobre la línea de la costa, en cuyo litoral estaba enclavada la populosa ciudad de cristal.

- ¿Cree usted que encontraremos una salida hasta el mundo exterior? - preguntó la capitana.

- Si esta ciudad es la misma que yo vi al emerger a este endemoniado mundo, creo que sí. Nosotros vimos una ciudad costera desde las montañas y luego volamos mil kilómetros hacia la izquierda hasta dar con el punto de reunión.

- Las montañas podían ser aquellas, de la izquierda - señaló Leonor Aznar.

- Sí, eso espero. Porque si no damos en los próximos diez minutos con el túnel por donde usted llegó, no tendremos oportunidad para buscar una nueva salida. El crucero se pondrá a perseguirnos, a menos que lancen tras nosotros sus chalupas, en cuyo caso no es probable que nos alcancen.

La ciudad y la aeronave de la cual acababan de es capar quedaban rápidamente atrás, empequeñeciéndose en la distancia. Volaban a unos cinco mil kilómetros y treinta mil metros de altura, siguiendo desde lejos el contorno de la costa. Leonor Aznar golpeó ligeramente, el brazo de Fernando, llamando su atención hacia una gran isla que acaba de surgir frente a ellos y hacia la derecha. Toda la isla era a modo de un gigantesco portaaviones. Sobre una dilatada llanura se veían millares y millares de aeronaves, cuyas características eran fiel copia de los buques de la Armada Sideral Redentora.

Esto confirmaba los recelos de los valeranos. La humanidad de silicio, evidentemente no sólo se apropió la técnica aeronáutica de los terrícolas, sino que había encontrado alguna fuente de dedona, habilitando con este prodigioso metal una fuerza aérea realmente formidable.

La isla, con sus millares de buques siderales, quedó prontamente atrás. Fernando sugirió a sus compañeros que miraran atrás por si les perseguían.

- No - dijo la sargento María Luz -. Nadie nos persigue por ahora.

Fernando hizo virar a la falúa hacia la cadena de montañas. Redujo la velocidad para poder observar el terreno. Unos instantes después veían centellear en el suelo una ancha cinta plateada que reverberaba a los rayos del so1 ultravioleta.

- Debe de ser la autopista por la cual me trajeron a mí - arguy6 Leonor.

- Si es así no tendremos más que seguirla para dar con el túnel.

Fernando redujo todavía más la velocidad y descendió a sólo mil metros de altura. A esta distancia del suelo, y a mil quinientos kilómetros por hora de velocidad, la tierra parecía una rueda de amolar que girara en sentido inverso a la dirección de marcha de la aeronave. La carretera seguía en escrupulosa recta a través de un terreno ligeramente ondulado y cubierto de bosque. La lejana cadena de montañas parecía crecer en altura ante los angustiados ojos de los fugitivos. La autopista abandonó su monótona recta y empezó a serpentear por entre las estribaciones de la cordillera.

Casi de repente, Fernando vio surgir ante él la pared de un acantilado de cuyo pie, y de la boca de una gruta, nacía la autopista.

- Ese es el túnel por donde yo salí - aseguró Leonor señalando a la gruta.

El teniente tiró de la palanca aceleradora reduciendo la velocidad a quinientos kilómetros por hora e hizo descender a la falúa hasta que la quilla de ésta pareció tocar la carretera. El boquete abierto en el acantilado se ensanchó como la boca de un gigante que fuera a tragarles en un bostezo. Unos segundos más tarde, la aeronave entraba como un bólido en un enorme túnel, fastuosamente iluminado por una séptuple hilera de focos de luz ultravioleta.

Fernando puso en funcionamiento el radar para que éste le avisara con alguna anticipación de las curvas del túnel. En esto vieron venir en dirección contraria una riada de automóviles y camiones eléctricos que rodaban hacia el Reino de Silicio. El volumen y el desorden del impotente tráfico tenía todas las trazas de una precipitada retirada.

- Yo diría que aquí va a pasar algo gordo - refunfuñó Femando -. Me escama mucho que nadie nos haya perseguido ni cortado el paso.

Leonor Aznar permaneció en actitud meditabunda durante un minuto. Al cabo alzó la cabeza y dijo:

- Tal vez haya tenido lugar una gran batalla en tierras de Nueva España y nuestras fuerzas se dispongan a penetrar por este camino.

- Esa podría ser la causa por la cual nadie se preocupa de seguirnos - repuso Fernando -. Si los hombres de silicio han sido derrotados y se retiran perseguidos por nuestras fuerzas, la acción inmediata de nuestros enemigos será cegar este túnel, volándolo con un explosivo atómico.

-¿Quiere decir que si no nos persiguen es solamente porque saben que no tendremos tiempo de atravesar este túnel ni llegar a la superficie del planeta?

- Sí, eso es lo que creo - repuso Fernando lúgubremente.

El vuelo prosiguió en mitad de un opresivo silencio.

No se escuchaba más ruido que el sordo zumbar del eyector atómico que impulsaba a la falúa túnel adelante. Fernando Balmer tuvo que hacer una considerable reducción de su velocidad al comenzar las tortuosidades de la subterránea rata. Continuaban pasando en dirección contraria densas columnas de automóviles y camiones atestados de tropas y nutridos escuadrones de infantería aérea equipada de "backs".

Los tripulantes de la lancha cohete aérea miraban ansiosamente ante sí a través del parabrisas, temiendo ver a cada recodo del túnel la cola de aquella interminable sierpe guerrera que discurría por las entrañas del planeta. La interrupción del tráfico habla de significar forzosamente la inminente voladura del túnel, era por esto por lo que sus corazones aceleraban y retardaban los latidos cada vez que la pequeña aeronave doblaba una curva.

Pero el tráfico parecía interminable. Al cabo de una hora, de vuelo empezaron a escasear los automóviles y los escuadrones de infantería aérea., Un torrente de esferas metálicas que flotaban' en el vacío, moviéndose con asombrosa ligereza, sustituyó al tráfico rodado.

Blindados - murmuró Leonor Aznar. Por lo visto, los hombres de silicio equiparon su ejército con toda suerte de máquinas copiadas de las nuestras.

Entre las esferas de dedona pasaban también plataformas volantes, sobre las que se veían unas grandes cúpulas metálicas de las que sobresalían un par de cañones. Era artillería atómica, plataformas para el lanzamiento de proyectiles cohete.

- Ahora sí que se acerca el final - dijo Fernando.

Y no se equivocó. La columna en retirada llegaba a su término. De pronto dejaron de pasar máquinas guerreras. El túnel se ofreció ante la falúa limpio, silencioso, brillantemente iluminación y desierto. Unos kilómetros más allá se cruzaron con algunos grupos de blindados y un denso escuadrón de infantería aérea que no prestó la menor atención a la aeronave.

- ¿No podemos ir más deprisa? - preguntó uno de los soldados.

- No - repuso Fernando sin volver la cabeza- El túnel es por momento más tortuoso. Si aumentamos la velocidad es casi seguro que nos estrellaremos en una de las revueltas, y en tal caso habremos perdido incluso la remota esperanza de salvación que nos queda ahora. No sabemos cuándo se producirá el estallido de los explosivos atómicos. Si se retrasara un poco... solamente un poco...

Fernando calló, y el más mortal de los silencios volvió a imperar a bordo de la aeronave. El joven teniente comenzaba a sentir los efectos de las descargas de neutrones en su sangre. Una fiebre altísima comenzó a dominarle. Sin embargo, calló. Leonor Aznar había recibido una descarga peor y nada decía. No iba a ser él más débil que una mujer.

Pero se equivocaba respecto a la fortaleza de Leonor.

Esta comenzó a mover los pies nerviosamente. Sus largas manos enguantadas en vidrio asiéronse desesperadamente a la barandilla que rodeaba a Fernando... y de pronto exhaló un fuerte suspiro y cayó redonda al piso.

Los comandos se precipitaron hacia ella.

- ¿No podríamos quitarle la escafandra, señor? - preguntó la sargento María luz Rodrigo.

Fernando ladeó la cabeza prestando oído a un suave murmullo que parecía llegar del exterior.

- Sí – dijo -. Creo que, sí. Me parece que oigo silbar el aire... lo que significa que ya estamos más cerca de la superficie del planeta.

Mientras las muchachas atendían a su capitana, Fernando vio deslizarse bajo sus plantas un grupo de rapídísimos automóviles. Tal vez se tratara del grupo de demolición que los hombres de cristal habían dejado atrás, entretenido en preparar la voladura del túnel...

El tiempo, que antes se le antojara larguisimo, le pareció a Fernando ahora que se inmovilizaba. Tiritaba de frío y sudaba a la vez. Pensó en los glóbulos rojos de su sangre como unos pobres bichitos que se caían de espaldas unos tras otros, y experimentó una honda amargura al pensar que, después de tantas fatigas, iba a morir de todos modos sin tener la dicha de ver cómo acababa todo aquello.

Conducía de un modo puramente automático. El túnel pareciale un pozo. Un pozo en el cual caía sin hallar nunca su fondo... Curva a derecha... curva a izquierda... frenar... acelerar... volver a frenar... Y rechinaba los dientes con rabia, diciéndose que había de llegar al final pese a quien pesare.

De pronto la carretera pavimentada terminó. La falúa dejó atrás una gruta, pasó por un túnel donde el piso era de granito y se encontró en un espacio ancho... volando sobre un largo puente.

Era el precipicio por cuyo fondo corría el río que, unos kilómetros mas abajo, arrastró a Fernando Balmer y a su sección. Allí fue donde la capitana Leonor Aznar cayó en una emboscada. Allí también donde el bravo teniente Ricardo Albert fue alcanzado por un disparo y precipitado al hondo río para acompañar de cerca a Fernando en su larga peregrinación por el cauce subterráneo.

Al otro lado del puente estaba la boca del túnel, negra como boca de lobo. Fernando encendió los focos de proa de la falúa y se internó por el corredor sintiendo que el corazón le golpeaba fuertemente en el pecho. ¿Dónde habrían puesto los hombres de cristal la carga atómica que hundiría el túnel? La lógica le decía, que en la bifurcación de los pasadizos... y la bifurcación estaba cerca. Si la explosión se retrasara un poco... si aguardara un poco más... sólo unos, minutos...

Pero la explosión no podía retrasarse. Se produciría exactamente cuando los abominables hombres de silicio hubieran dispuesto. Y la razón decía que, este momento estaba inminentemente cerca.

La fiebre le hacía temblar de pies a cabeza, ponía gotas de sudor en su frente y corría y descorría ante sus ojos un velo negro. Sintió que iba a desmayarse e hizo un sobrehumano esfuerzo de voluntad. Casi no veía la pantalla de radar... notaba duros y tenaces, pesados, los mandos del aparato...

El radar le avisó que había delante un objeto obturando el camino. Dio marcha atrás, frenando el impulso que llevaba. Ante los focos de luz ultravioleta apareció la bifurcación del túnel y, en medio de ella, una gran esfera metálica rodeada de extraños bulbos.

- ¿Es la bomba atómica. ? - gritó María Luz Rodrigo.

Fernando detuvo la falúa.

- ¡Pasemos! - gritó un soldado con los nervios deshechos por la larga tensión. ¡Hay espacio suficiente entre la bola y el techo!

Fernando no se movió. Contemplaba como hipnotizado el fatídico artefacto en el cual estaba encerrada y pronta a desatarse toda la colosal energía de los átomos.

- Es inútil - dijo abandonando los mandos y saliendo de aquella especie de palco la bomba va a estallar. No nos dará tiempo a salir... hemos de, inutilizada.

- ¡¡¡INUTILIZARLA!!! - chillaron varias voces histéricas.

- Si eso he dicho - murmuró Fernando haciendo un esfuerzo para sostenerse en pie -. Abran la escotilla.

Los soldados se miraron unos a otros con terror mientras el teniente cruzaba la cabina hacia popa.

- Bueno - dijo María Luz Rodrigo con voz fina -. Si hemos de desarmar ese chisme no hay tiempo que Perder... ¡Hala, abajo!

Los infantes del aire se pusieron instantáneamente en movimiento. Saltaron con la agilidad de gatos por la escotilla y tiraron desde el techo del desmadejado Fernando. Este lo veía todo a, través de una nube gris. Movía las piernas y, le parecía andar sobre una nube, sin experimentar ninguna sensación. La voz de María Luz le pareció que llegaba desde una remota lejanía cuando preguntó;

- Bueno. Y ahora... ¿cómo se desarma esto?

Fernando sintió que se le doblaban las rodillas. Cayó sentado en el suelo. Los soldados - tiraron de él para ponerle en pie.

-¡ Por todos los santos del cielo! – Gimió María Luz sollozando, rota súbitamente la maravillosa entereza de que diera muestras hasta aquí. - ¡Por la Virgen..!,¡ No se desmaye ahora, señor! ¡Que nosotros no sabemos cómo se desarma ese trasto, teniente Balmer!

- Hagan lo que les diga - suspiró Fernando. Pronto... no pierdan el tiempo.

Y allí, en mitad del túnel, sentado en el suelo y con la espalda apoyada en el infernal artefacto, empezó a dictar órdenes por radio con voz cansada,... arrastrada.. desfallecida. Dentro de la esfera, sus bravos muchachos y muchachas iban desconectando alambres sin saber en qué momento estallaría la bomba atómica, reduciéndoles a polvillo cósmico...

- Creo que ya está... - Oyó Fernando que decía la lejana voz de María luz Rodrigo.

- Ya no hay nada que temer... - suspiró Fernando. Y se desmayó.

Cuando volvió en si se vio en una habitación blanca, limpia y totalmente aséptica. Tenía parte del rostro envuelto en vendas, a excepción de los ojos. Un hombre, cubierta la cabeza con un gorro, y la cara con una mascarilla blanca, se inclinaba sobre él. Los ojos eran la única parte visible del hombre, y estos ojos le sonreían.

- ¡Vaya! - exclamó el hombre -. ¡Por fin se despierta usted!

- ¿Dónde estoy? - preguntó Fernando con voz débil.

- En el hospital de un disco volante.

Sólo le quedaban dos o tres glóbulos huérfanos en su sangre y hubo que trabajar mucho en usted para que continúe viviendo. ¿No se acuerda usted de mí?

- Usted es don Marcelino Aznar, el comandante jefe del Octavo Batallón...

. ¡Ajá, exactamente! - rió el comandante -. Una patrulla de voluntarios que habla entrado en el túnel con la esperanza de llegar a tiempo para evitar la voladura le encontró a usted roncando junto a una bomba atómica lo bastante grande como para hundir medio mundo. ¡Buen trabajo, muchacho! Nuestras fuerzas acorazadas pudieron penetrar por esa gruta, hicieron correr a los zapadores de silicio que se disponían a colocar otra bomba y derrotaron a una división blindada enemiga, tan limpiamente como antes habíamos aniquilado aquí arriba a otra división acorazada. Mantenemos expedito el túnel y lo estamos ensanchando para que puedan pasar las unidades de la Armada.

- ¿Entonces todo acabó bien? - pregunt6 Femando estupefacto ¡la bomba no llegó a estallar!

- No.

- ¿Y nos salvamos todos?

- Usted, la capitana Leonor Aznar y los chicos y chicas que les seguían es todo lo que queda de la Tercera Compañía - informó el comandante con tristeza. La sección de la teniente Juana Aznar parece que se perdió también... No hemos vuelto a saber de ellos.

Las restantes compañías regresaron con algunas bajas, pero también con una copiosa información que nuestro Estado Mayor está poniendo en orden.

Fernando movió lamentándose la cabeza. Hubo una corta pausa, y luego.

- ¿Cómo se encuentra Leonor... quiero decir, la capitana Aznar? - preguntó Fernando.

- Tumbada en una cama de la tienda contigua. Su caso era todavía más desesperado que el de usted. Sufrió graves quemaduras en el rostro y otras partes del cuerpo y ha sido intervenida quirúrgicamente. Tal vez salga de esto con una cara distinta, pero seguirá igual de guapa. Ella está muy animada. Preguntó por usted.

No sabe cuánto le ha elogiado. Dice de usted que es un oficial de una valentía y una entereza como no hay igual en el mundo...

- ¿Ha dicho eso? - interrogó Fernando interesado.

- Exactamente. Y ya sabe usted, amigo, que cuando una mujer encuentra a un hombre distinto de los demás, suele cometer la tontería de casarse con él.

- ¡Oh! - protestó; Fernando -. No exagere. Leonor... es decir, la señorita Aznar... no debe... en fin, no es posible que sienta hacia mi tanto afecto como para... para casarse.

- ¿No? ¿Y por qué? - preguntó el comandante -. ¿Se casaría usted con ella mañana mismo?

Fernando no contestó. Se detuvo un momento recordando las horas vividas al lado de Leonor.. - la conversación que sostuvieran cuando encerrados en una habitación aguardaban ser interrogados por los hombres de cristal... el descubrimiento de que tenían idénticos gustos y aficiones... las peripecias de la fuga...

- Bueno – farfulló -. En mi caso es distinto.

- Exactamente igual, capitán Balmer.

- ¿Capitán?

- Se me olvidaba decírselo - dijo el comandante poniéndose en pie -. Acaban de ascenderle y creo que hay papeleo para que le pongan en el pecho la más voluminosa condecoración que se conoce... ya sabe: la laureada de San Fernando.

- ¡Ah! - exclamó Fernando Balmer maravillado. Y tras una corta pausa añadió: - no creo merecer tanto.

- Hable con la señorita Leonor. Ella no piensa así. Le ha preguntado si hubo algún casó en la Historia en que un soldado recibiera dos laureadas a la vez... Vaya a verla en cuanto pueda, o si no entrevístese con ella por televisión. Aunque las cosas del amor, naturalmente, deben tratarse muy cerca...

- Don Marcelino Aznar hizo un guiño dejando oír una risita irónica.

FIN